Entrevista con Javier Casis

Javier Casis, autor de Un ático en Westcliff (El Tragaluz, 2010) ha sorprendido a propios y ajenos con esta novela que derrocha entusiasmo y sabiduría acerca de la literatura victoriana. David G. Panadero le entrevista, para quedar con la sensación de que esa conversación podía dar mucho más de sí, y que continuará. En cualquier taberna. De Logroño, Madrid, o Westcliff...


Javier Casis de puño y letra
Un ático en Westcliff nos habla de tu pasión por la literatura victoriana. Una pasión, además, basada en tu experiencia, en tus viajes. Casi diría que esos personajes y situaciones te han rondado durante muchos años. ¿Cuándo tuviste la primera idea para escribir la novela? ¿Hasta que punto nos cuentas en sus páginas cosas que te han sucedido? ¿Cuál es tu grado de implicación con estos hechos?

El mejor club literario
Vamos a ver, querido amigo, todas estas preguntas te puedo asegurar que me las he hecho yo mismo. Desde muy pequeño he ido confeccionando unos archivos con temas referentes a escritores victorianos, lo cual quiere decir que material no me falta. Yo no tenía el proyecto de escribir esta novela, sino de acabar otra que tenía empezada. La idea comienza a fraguarse en mi cabeza cuando visito Westcliff en compañía de un amigo (Méndez es su segundo apellido) y veo que se alquilan y se venden muchas casas, y pienso que quizá yo pudiera ocupar una por un par de meses y acabar esa novela que tenía empezada. Allí nadie me iba a molestar ni a interrumpir. Como podrás ver todo lo descrito en la novela tiene un gran fundamento de realidad. Luego, mi amigo que conduce maravillosamente por la izquierda me va llevando por todos los lugares que yo le indico y que describo en el libro.
    Todos los sitios visitados van aportándome algo interesante para un nuevo y futuro proyecto. Pero llega un momento en que visitando Rye (el retiro rural de Henry James), entramos en un pub que podrás ver en las fotos adjuntas y cuando me sacaban una instantánea con una excelente cerveza en la mano, Stella (hija de Méndez y cuyo nombre real es Mónica) me dice: fíjate en los nombres que figuran en esa viga del techo. Me di la vuelta y atónito pude ver que aquel pueblo, y quizá aquel pub, había sido un lugar visitado por: Henry James, H.G. Wells, Kipling, los hermanos Benson, Belloc, Chesterton, Conrad…
   Aquella misma noche, de vuelta a Westcliff, charlamos con un portugués, dueño de un restaurante (Alvaro’s) y nos contó cosas muy interesantes relacionadas con el pueblo. En ese momento llego a la conclusión de que me estaba equivocando de novela y que la que debía escribir era otra que ya casi habitaba en el interior de mi cabeza.
   La idea de los “negros” literarios es un temo que siempre me ha fascinado y era la pieza que me faltaba para completar el rompecabezas. Como puedes ver mi implicación en los hechos es total y la novela vino directamente hacia mí.

Ya en la dedicatoria se ve tu simpatía y admiración por Arturo Pérez-Reverte. ¿Qué te parece su novela El club Dumas? ¿Podría ser Un ático en Westcliff una variante british de esa novela.

Pérez-Reverte es mucho Pérez-Reverte, es un escritor que si no existiera habría que inventarlo. Es el hombre que le ha dado un toque de frescura a toda la novelística actual, es una especie de genio, ha sabido pulsar la tecla adecuada para caerle bien a casi todo el mundo. De paso es el hombre de la Real Academia que puede salir al quite de cualquier estupidez sin involucrar a la Institución. Y de hecho lo hace sin ningún reparo. Mi novela va dedicada a tres personajes que admiro mucho, el ya citado Pérez-Reverte, Juan Manuel de Prada, un hombre que sabe tanto de literatura que parece un enciclopedia ambulante (Quizá sepa tanto como Luis Alberto de Cuenca, a quien amigablemente denomina: el hermano risueño de Borges) y John King, un buen amigo y profesor de Eton, otro diccionario con cuerpo humano.

No faltan a lo largo de tus páginas alusiones a literatos como Wilde, Henry James, Bram Stoker o M. R. James. ¿Te has planteado la idea de escribir un ensayo sobre la literatura decimonónica? Pienso que entusiasmo y conocimientos no te faltarían. Y seguro que sería más divertido que tantos trabajos académicos…

Quiero ver las cosas antes de describirlas
De momento no me he planteado hacerlo, creo que carezco de conocimientos suficientes. Además, al intentar ser tan minucioso, me tendría que gastar una fortuna en viajes y  libros. Cuanto escribí el Ático… tuve que comprar un montón de ejemplares, entre ellos la primera edición americana de The Hound of the Baskervilles y los Strand Magazine de 1901 y 1902, entre otros muchos, para ver si las referencias a las dedicatorias relacionadas con Mr. Fletcher Robinson eran tan cicateras. Yo, personalmente, opino que todo ese asunto estuvo correcto. En la primera edición americanaza la dedicatoria es generosa. Además Doyle era un hombre de una nobleza natural. Cada novela que escribo me cuesta un montón de dinero en documentarla con libros y por supuesto entablar relaciones con las personas que me pueden facilitar información de primera mano a cualquier precio. Cuando en Cartas Muertas escribí un par de páginas sobre Ganivet tuve la suerte de conocer a un catedrático granadino que se parecía mucho a él, creo que se creía su reencarnación, hasta quizá lo fuera, pero aparte de esos detalles tenía una extraña caja llena de información de primera mano sobre el gran escritor también granadino, hasta cartas de su puño y letra con bordes de luto. En Eton me mostraron los manuscritos de M. R. James y mi sorpresa fue grande al ver las pocas correcciones que hacía. En una palabra, quiero ver las cosas antes de intentar describirlas.

Te habrás fijado en la pasión que despierta lo victoriano: novelas con el personaje de Sherlock Holmes, como las de Rodolfo Martínez; superproducciones hollywoodienses  como La liga de los hombres extraordinarios, Val Helsing o El retrato de Dorian Gray, incluso fantasías historicistas como La fuerza de su mirada, de Tim Powers. ¿Te interesan estas actualizaciones de de ese mundo literario tan querido por ti?

Todo lo que has citado me interesa, y algunas cosas las valoro mucho, pero luego hago como Holmes, es decir, almaceno en la cabeza lo que me resulta útil y olvido lo inútil, o lo que yo considero como tal. Dice Prada de él mismo: “yo soy, entre otras cosas (y tal vez más que ninguna otra cosa), un cinéfago insomne y un letraherido impenitente”. Respecto a lo victoriano es algo inexplicable, en cincuenta años se escribieron las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos, es lógico que todo lo que tiene que ver con el tema despierte interés.

Si exceptuamos la sumaria mención a una conexión a Internet, en Un ático en Westcliff no encontramos demasiadas referencias al presente. Visitas a librerías de viejo, lujosas bibliotecas, coleccionistas de rarezas… Todo parece hablar de otra época. O de personajes de nuestra época que están más ligados al pasado.

Lo cierto es que todas mis novelas y relatos tienen ese nexo de unión, me aterra ponerme a escribir algo construido con materiales de actualidad, enseguida mis personajes huyen hacia un escenario misterioso. Quizá sea una deformación o una peculiaridad de mi carácter o a lo mejor todo tiene que ver con mis lecturas de juventud.

Tu editor, Fernando García, me ha hablado de los tesoros que hay en tu biblioteca. Háblanos de algunas de esas joyas, por favor.

Entre libros anda el juego
A mí una de las mejores cosas que me han ocurrido en la vida es conocer a Fernando García. A parte de un gran amigo, deseo con toda el alma que llegue a ser un gran editor, pues se lo merece porque huele a distancia una buena novela y no tanta mediocridad que circula hoy por las listas de novedades, novelas planas que no agudizan el ingenio del lector.
   Respecto a mi biblioteca tiene algunas cosas buenas y otras menos buenas. Tengo gran aprecio a unas primeras ediciones de Julio Verne, a los Strand Magazine, a una primera edición de El mundo perdido, a una muy buena edición de Moby Dick, a la primera edición ilustrada de La isla del tesoro (por Walter Paget), y luego a muchas novelas dedicadas de Aghata Christie, Simenón, Patricia Highsmith, P.D. James y a una primera edición ilustrada del poema de Tennyson  Miller’s Daughters. Quizá también a un libro dedicado por Macedonio Fernández a Ignacio Quiroga Molina sea una de las piezas más raras. La dedicatoria ocupa toda una página y Macedonio no era muy amigo de dedicar.

Parece la tuya una postura rebelde: en unos tiempos de posmodernidad, donde las modas son efímeras antes de salir al mercado, nos hablas de clásicos de la literatura, de películas antiguas…, ¿Cómo te están recibiendo, o cómo te gustaría que te recibieran los lectores más jóvenes?

Sí, es una postura rebelde. Un alto porcentaje de jóvenes son recuperables para la literatura, pero es preciso que se la expliquen bien, que los seduzcan. Conozco clubes de mujeres lectoras donde da gusto hablar, las mujeres, no me cansaré de decirlo, son muy receptivas a todo este tema, tanto jóvenes como maduras. Me gustaría que me recibieran los jóvenes como lo que soy, un hombre que no puede vivir sin los libros.

No faltan en tu obra críticas y comentario irónicos hacia el mundo cultural y la crítica literaria. Quizá editoriales modestas como El Tragaluz sean la plataforma perfecta para hablar “sin pelos en la lengua”. ¿No te parece?

Claro que me lo parece, si tú haces una crítica mordaz (relativa a una novela que sabes que es una clara copia de otra y obtuvo un gran éxito hace unos años y encima fue muy bien reseñada, eso significa que el crítico no ha leído nada o muy poco en su vida o que hay intereses por medio) estás perdido.

Recuerdas unas palabras de José Carlos Somoza; creo que pertenecen a La dama Número Trece: “La poesías es una arma. Las palabras matan”. ¿Tú piensas que la literatura es tan poderosa?

Si he de serte sincero no recuerdo esas palabras, sólo me suenan vagamente, pero te diré que T. E. Lawrence en una carta que le dirigió a su madre le decía “Si tenemos el libro adecuado en el momento adecuado, saborearemos goces que nos llevan mucho más allá y muy por encima de nuestro miserable yo”. Ya lo creo que las palabras matan y también salvan.

Me despido deseándote buena suerte, y a la espera de que vengas a Madrid. Por cierto, hablando de clásicos: en un momento determinado de la novela, tu protagonista descuelga el teléfono empleando las palabras del locutor de radio Carlos Pumares: “Si, buenas noches, dígame”. ¿Tú también seguías su programa, “Polvo de Estrellas”?

Pienso que la buena suerte la he tenido al conoceros a vosotros y a Fernando.
   Respecto a la manera de contestar por teléfono, pues la verdad no había pensado en Pumares, es una costumbre que tengo siempre al coger el teléfono. En algunas ocasiones seguí su programa, pero yo creo que el hábito lo tengo desde joven, lo mismo que cuando soy yo él que llamo me identifico inmediatamente y no juego a que mi interlocutor lo adivine.





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