El gran reloj. Kenneth Fearing


Kenneth Fearing acentúa, a menudo con humor, el absurdo de la vida cotidiana, y la fuerza de un azar que escapa a nuestro control

Había acabado la Segunda Guerra Mundial. Muchos escritores policíacos dejaban a un lado su afán contestatario para pasar a indagar en el comportamiento humano. Resulta curioso que en aquellos años, cuando se había popularizado enormemente el psicoanálisis, para muchos resultara más interesante el comportamiento de un ciudadano normal, antes que el de un policía o un delincuente profesional. La psicología criminal se estaba confirmando, ganando cada vez un mayor calado. Ahora cualquier hombre corriente podría ser víctima o autor del delito.


Pionero de la novela psicológica
Las novelas que siguieron este enfoque eran comúnmente llamadas "de suspense", pues más importante que la acción propiamente dicha, resultaba la tensión continua, el miedo a lo que podría llegar a suceder. A menudo, junto a este gran calado psicológico y la sensación continua de tensión, se daba también una mayor carga lírica e intimista. Autores destacados como William Irish, Fredric Brown, Bill Ballinger o Patricia Highsmith han aportado obras maestras a la corriente. Nos centraremos en esta ocasión en un autor especialmente llamativo, Kenneth Fearing, que tradicionalmente ha sido relegado a un segundo plano, cuando no olvidado. Repararemos así esta pequeña injusticia, pues Fearing podría incluso situarse entre los pioneros de la novela psicológica de suspense.

Con Fearing tenemos a uno de los mejores poetas norteamericanos del siglo XX. Ejercería el periodismo durante algunos años antes de dedicarse de pleno a la escritura, y además de seis volúmenes de poesía, nos legó diversas novelas de las que destacaremos sus tres aportaciones al género negro: The Dagger of the Mind (1941), que fue aplaudida por Raymond Chandler, La muchacha más solitaria del mundo (1951) y El gran reloj (1946), su novela más exitosa, que fue llevada al cine con un reparto espectacular: Ray Milland, Charles Laughton, Maureen O´Sullivan, Elsa Lanchester... En 1947, Boris Vian tradujo con entusiasmo El gran reloj para los lectores franceses, y con ese entusiasmo ayudó a difundir la novela.

Nos encontramos con la historia de George Stroud, editor ejecutivo de las empresas editoras Janoth, comandadas por Earl Janoth y su incondicional Steve Hagen, que dominan buena parte del mercado periodístico estadounidense. Pero el negocio no es tan boyante para Janoth como pudiera parecer, y su relación con la bella Pauline Delos no está en su mejor momento. Cuando Stroud inicie una aventura con la Delos no se estará dando cuenta de que está abriendo la puerta a un sinfín de casualidades, que está despertando la vasta maquinaria de un gran reloj, en cuyos latidos van a quedar todos atrapados. Entonces los cazadores se convertirán en presas, y al revés.

Resulta apasionante la manera en que Kenneth Fearing sabe sacar provecho a situaciones cotidianas, exprimiéndolas hasta el límite de lo posible, llevándolas al filo de lo verosímil de manera imaginativa. Y el resultado es mejor aún cuando vemos el dominio que el autor tiene de la técnica literaria. Su uso del multiperspectivismo aún hoy resultará innovador para muchos. La novela está contada principalmente por George Stroud en primera persona, pero se van sucediendo los capítulos así como los narradores, de manera que a lo largo de sus páginas encontramos siete narradores distintos.

Fearing resulta camaleónico al adoptar las voces de unos u otros indistintamente, al recrear los mismos hechos desde diversas ópticas, de manera que el lector puede apreciar la tensión psicológica, los contrapuntos, los distintos caracteres… Todo ello acentúa, a menudo con humor, la sensación de absurdo que la vida cotidiana suscitaba al autor, que aquí, ejerciendo el papel de demiurgo, dicta un azar que escapa al control de todos sus personajes.
"El gran reloj corría en todas partes, no perdonaba a nadie, a nadie omitía, no olvidaba a nadie, nada sabía. No era nada, me habría gustado añadir, pero yo lo conocía un poco mejor. Era más o menos todas las cosas. Todo lo que existe."


David G. Panadero
Publicar un comentario en la entrada