Dejadme ser confusa

Una sabiduría narrativa que encubre falta de inspiración y vacío de ideas

Ya que no puedo ser compleja...
Una tarde como cualquier otra, me puse a escuchar la radio. Di con una emisora cuyo nombre no voy a desvelar, más por miedo a querellas que por educación. En ese punto del dial, entre defensas de la clase media, e insultos a la "clase parásita" –así llaman a funcionarios, jubiletas y desempleados–, alguien soltó una de esas frases magistrales que cada cual puede aplicar a lo que le apetezca. La frase, dirigida a algún responsable de la situación, era: "Ya que no puedo ser compleja, dejadme ser confusa".
Cosas de la vida: como cada cual arrima el ascua a su sardina, a mí me dio por acordarme de muchas películas, muchas novelas, que salen adelante gracias a la sabiduría narrativa de sus responsables. Una sabiduría narrativa, que se despliega en castillos de fuegos artificiales y malabares literarios, que hace que estemos en vilo mientras dura la función, pero que en realidad encubre falta de inspiración y vacío de ideas.
En su día, muchos nos entusiasmamos con Casa de juegos (David Mamet, 1987), pero la fórmula ha sido imitada tantas veces que no tardaría en convertirse en parodia de sí misma. Si A engaña a B, y B engaña a C para que C engañe a A (obsérvese que nos referimos a los personajes sólo con una inicial, restándoles todos los atributos, lo mismo que Paul Auster y muchos otros)... En definitiva, si todos engañan a todos, el espectador está en su derecho de sentirse engañado.
Pasemos revista a Sospechosos habituales (Bryan Singer, 1995): si gracias a un trepidante giro final, resulta que durante casi dos horas hemos estado escuchando las mentiras de un tío superdotado que nos torea como quiere, se me ocurre que podríamos sentirnos nosotros también, al igual que los protagonistas, víctimas de una estafa.
Mucho ha llovido desde que Arthur Machen escribiera la excelente Los tres impostores. Y la impostura sigue al orden del día. La diferencia con Machen es que, cuando uno termina de leer un Harlan Coben, una Patricia Cornwell, un Alessandro Baricco (por ponernos fisnos), no queda claro adónde lleva el engaño, qué nos pretenden contar, obviando lo obvio, claro está.
Por eso mismo, una frase escuchada al azar en cualquier emisora de radio, puede arrojar luz sobre el asunto. Ya que no puedo ser compleja, dejadme ser confusa.


David G. Panadero
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