Triste, solitario y final. Osvaldo Soriano


  
Aún no hace tanto desde que, tan inesperada y felizmente, sin causa o razón; una joven Dama, adusta y encantadora, generosa y distante, me proporcionó un ejemplar de Triste solitario y final. Dado que hubiera resultado tan absurdo como petulante mendigarle excusa o explicación, acepté el regalo con dicha y humildad.


Osvaldo Soriano llega para quedarse, acompañando al vencido Philip Marlowe en un delicioso correcalles digno del mejor cine mudo, por el que desfilan de John Wayne a Dean Martin; de polis torpes a chicas descaradas; de Charlie Chaplin al fantasma de Oliver Hardy...



Conocí el libro hace ya, tal vez, demasiados años, en la edición de la legendaria editorial Bruguera en cuya irresistible portada de radiante azul cielo, destacaba, en primer plano, la inimitable sonrisa, pícara e ingenua, de Stan Laurel. El adolescente que era entonces lo disfrutó como un ilusionado y virtuoso pastiche, poco más y nada menos que un ejemplar ejercicio de estilo, una fabulosa nota a pie de página que añadir a la inconsciente e ilimitada adoración que, como tantos jóvenes de aquel entonces, sentía hacia la figura y modelo de Philip Marlowe. No muy diferente a la que, sospecho, profesaba Osvaldo Soriano.

Inevitablemente pasan los años, y emprendo la lectura, que resulta, también inevitablemente, otra y distinta. Leo Triste, solitario y final y encuentro la narración de un privilegio que se autoconcede Osvaldo Soriano antes de despedirse de esa infancia alargada y esa prolongada inmadurez que gastan quienes viven (vivimos) entre líneas y fotogramas. Y Soriano se otorga quedarse para siempre, como personaje, entre las páginas de esta extraordinaria novela, en la que se rodea de sus ídolos de infancia y celuloide, y adolescencia y letra impresa, acompañando al vencido Philip Marlowe en un delicioso correcalles digno del mejor cine mudo, por el que desfilan –entre dislates y euforias- de John Wayne a Dean Martin; de polis torpes a chicas descaradas; de Charlie Chaplin al fantasma de Oliver Hardy...

Al contrario de lo que afirma el título, el final de la novela no es, ni mucho menos, triste y solitario. Eso, desgraciadamente, vendría después, allá en la vida real, como Osvaldo Soriano, supo bien –y a su pesar- con la llegada al poder de Argentina de la Junta Militar. Pero eso es otra historia.

En lo que a mi respecta y, después de darle muchas vueltas, aún no sé qué quiso decirme, si es que quiso decirme algo, aquella Dama al darme el libro. Y mucho me temo que me quedaré con las ganas de saberlo. Quizás sea mejor así. Sea como fuere, en cualquier caso, siempre le estaré agradecido.



Edición comentada:

Seix Barral, 2010
Compra en Estudio en Escarlata


Luis de Luis

Publicar un comentario en la entrada