No hay quien entienda a las mujeres


   
Le regalé tres cajas de bombones y seis ramos de flores y aceptó salir conmigo.
La recogí por su casa en mi lujoso automóvil y la llevé a cenar al restaurante más caro de la ciudad, a la luz de las velas. Allí le conté mi vida de cabo a rabo, y ella lloró a moco tendido por mis penas, por mis innumerables penas. También ella me contó un montón de historias divertidísimas, y yo me reí a mandíbula batiente por la gracia que tenía al hablar. Sin duda alguna, estábamos hechos el uno para el otro.
Fuimos a bailar a la pista con más clase de toda la ciudad, y nos eligieron como la mejor pareja de la fiesta; todo el mundo nos felicitó; todo el mundo nos dijo que hacíamos muy buena pareja.
Después, al morir la noche, la acompañé al portal de su casa y ella me invitó a subir. Por supuesto, como un buen caballero decliné su invitación y quedamos en vernos al día siguiente. Y entonces, cuando nos íbamos a despedir con un casto beso, ¡zas!, un ladrón se nos echó encima y exigió a punta de navaja que le diésemos el dinero, las joyas, el bolso, la cartera... todo lo que llevásemos. De súbito, el mundo se me vino encima. Lo primero que pensé fue que toda la magia de la noche quedaría eclipsada por semejante incidente. Si no demostraba lo valiente y osado que era, ella seguramente me dejaría. ¿Quién va a salir con un hombre que se deja pisar por un piojoso delincuente? Sí, ella tembló al ver la destellante navaja y yo temblé al pensar en las consecuencias que reportaría el vaciar mis bolsillos en su presencia. No sólo le daría al ladrón mi dinero y mis joyas; también, de alguna manera, le daría mi integridad, y la confianza que ella había depositado en mí. Sí, un caballero no podía permitir que una dama fuera asaltada por semejante desalmado. Y en cuestión de un segundo, azuzado al pensar en la humillación que supondría para mi persona el no ofrecer resistencia, me lancé con furia sobre el delincuente. Le quité la navaja de una patada, la recogí raudo al caer al suelo y, hábilmente, le rajé con ella el cuello de lado a lado y le abrí el estómago de arriba abajo. Acto seguido, para asegurarme de que el ladrón nunca nos pudiera hacer daño alguno, le saqué los ojos de dos certeros navajazos. Después tiré la navaja al suelo y me volví hacia mi dama. Y ella, en lugar de abrazarme emocionada, en lugar de premiarme con un beso apasionado, se quedó quieta, como una boba, hasta que de pronto rompió a gritar, a insultarme, a decirme que estaba loco, que era un animal, una bestia, y que no quería saber nada de mí durante el resto de su vida.
No hay quien entienda a las mujeres.

Roberto Malo
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