Mis hermanas coloradas (a propósito de Francisco García Pavón)


  
Dos ancianas pelirrojas de buena familia han desparecido de su casa de Madrid. A Plinio le piden ayuda para encontrarlas dado que eran originarias de su pueblo, Tomelloso.

Del amor al odio dicen que hay un solo paso. Y yo ya no sé dónde me encuentro al hablar de García-Pavón. Porque este buen hombre te regala un caramelo pero luego te pone un espejo que refleja tu carita de idiota babeante. Y entonces comienzas a entenderte. A ti y a los demás. Al mundo. Labor de humanista, supongo. Por eso le odio. Por eso le amo.
Yo soy del año 69, como esta novela. Yo viví en el barrio de Chueca, como esta novela. Y conocí a estas dos ancianas, hermanas coloradas, canosas en realidad. Se llamaban Alicia y Amelia. Vecinas dos pisos más arriba. Aroma a naftalina, primeras ediciones de Guillermo el travieso, caramelos de anís de la República, muñecas, muletas, moños…
Elementos del natural con los que Mr. Pavón se monta un entramado policial misterioso, hilarante, terrorífico, social, tierno, y siempre regado con sus enormes dosis de humanidad, de gran conocedor de nuestra condición.  
Y como me es imposible hablar más sin sufrir un ataque de Stendhal, os copio un par de párrafos para que os desmayéis conmigo contemplando cómo es capaz de cambiar de registro con tanta naturalidad, anulando el misterio de un plumazo para entrar en el alma de los personajes, sin cortarse un pelo en sus elucubraciones.


Había conseguido abrir el gran armario. Estaba totalmente lleno de muñecos y muñecas de distintos tamaños épocas y calidad. Todos limpios, bien trajeados y colocados con un orden casi aburrido. Docenas de ojos de cristal mirando a aquellos hombres. Manos alzadas con los dedos abiertos. Sonrisas congeladas. Labios rojos y muchas cabecillas rubias. Plinio contemplaba aquel muñequerío con ternura. Allí estaba, en múltiples figuras de china, cartón y plástico, simbolizada la maternidad frustrada de las hermanas coloradas.
Y a sus sesenta años largos, se las imaginaba en las tardes solaces, junto a aquel almacén de peponas, canturreándoles, mudándoles vestidos, durmiéndolas con nanas reviejas y quizás en un descuido, arrimándoselas al calor de sus tetas pasas, a sus labios barbecheros o acunándolas en sus haldas sin pecado. Tal vez por la noche se llevaban alguna, la preferida, hasta el embozo frío de su cama para intentar calentarlas con sus costillares tallados, con el blancor de su camisón, con la pelirroja oquedad de sus sobacos. Todos los niños y niñas que no parieron y pensaron estaban multiplicados en aquel armario. 


 Olía a lugar cerrado y a naftalina

Pero ahí no queda la cosa, porque en la siguiente página nos entra de lleno en el terror más puro cuando los investigadores descubren el cuarto de los espíritus tras un armario:


Era un cuartichín mal iluminado por un ventanillo alto que daba al cuarto del carbón y olía a lugar cerrado y a naftalina. Dieron a un interruptor que había junto a la puerta. Y resultó que el cuarto era mucho mayor de lo que podía apreciarse a la luz lavácea del ventanuco. En él no habla otra cosa que ocho o diez maniquíes dé cartón y alguno de mimbre, cubiertos con ropas de distintas épocas. Lo curioso era que sobre el cuello de cada uno, a manera de cabeza, habían puesto la fotografía ampliada de una cara. Formaban un pelotón absurdo, de invención pueril. Un maniquí correspondía a don Norberto vestido de chaqué, sepa Dios por qué. Otro, a doña Alicia con abrigo negro de pieles. Otros, de familiares barbudos o con bucles, que ya habían visto en los retratos que cubrían el cuarto de estar, vestidos de levita o faldas hasta los pies. Entre todos destacaba el maniquí cubierto con un uniforme militar de los años treinta, que tenía por cabeza el retrato ampliado de un joven con los ojos un poco de lechón. Sobre el pecho del uniforme entre algunas insignias republicanas habían cosido un corazón de almohadilla, en el que se leían bordadas con letras amarillas estas razones: «María Peláez, mi amor eterno».


Bueno, supongo que eso es siempre lo que he intentando pintar: el misterio del desván de Alicia y Amelia.



© Fernando Cámara

Y para cerrar, sus gotitas finales de reflexión:


Plinio, para contrapesar su lástima, las recordó jovencillas, en la Glorieta del pueblo, con sus padres, ante la fuente de Lorencete, tal como aparecían en aquella vieja fotografía que vio en la casa de Augusto Figueroa... «Los padres deben morir jóvenes para no ver en sus hijos, en sus mayores amores, las mismas frustraciones, las mismas angustias, las mismas penas. Hay que dejar a los hijos en la flor. Cuando todavía creen que la vida es como ellos piensan. Cuando nosotros mismos llegamos a pensar que para ellos "puede ser diferente". El que no se realiza espera vagamente realizarse en sus hijos, pero el milagro se da pocas veces.»


Esta semana acabo de sufrir mi primer cólico nefrítico (y espero que último, recen amigos), y mientras atisbas tu lenta decrepitud, las carnes de tus hijos se estiran, tersas. Sus energías están encaminadas a descubrir tantos secretos durante un día como tú en todo un mes.
Y es que al final, Las Hermanas Coloradas… somos nosotros. 



Publicar un comentario en la entrada