Mi Mr. Hyde. Por Andreu Martín


El quinto timbrazo rompió en dos una palabra que empezaba por «imp», y al mismo tiempo, hizo añicos la frase, el concepto e incluso el argumento de lo que escribía. Levanté la vista, exasperado y, cuando la devolví  a la pantalla del ordenador, «imp» ya no significaba nada y yo ya no sabía adónde iba ni de dónde venía ni mucho menos quién era. El timbre de la puerta sonó por sexta vez y expiró mi inspiración, fuera lo que fuera lo que yo estaba describiendo (un asesino impávido, un policía impotente, un crimen imposible, un juez impaciente, un botín importante, una violencia imprescindible, un delincuente impetuoso, una rubia impresionante -ésos son mis temas preferidos: el horror urbano, el miedo cotidiano).
Fuera lo que fuera lo que yo estaba escribiendo...
Salí del despacho y recorrí la casa preguntándome, entre dientes, dónde coño se había metido la canguro que, además de cuidar de mi hija, se suponía que debía cumplir otras funciones como, por ejemplo, la de abrir la puerta si alguien llamaba. Pegué un portazo excesivo para demostrar mi furor a la niñera negligente y para dar a entender al visitante insistente que ya acudía, que lamentaba mucho haber tardado tanto pero que tenía poderosos motivos para ello. Al pasar frente al cuarto de baño, vi a mi hija de dos años sentada en la taza del wáter, con cara de penosos esfuerzos, y a una canguro que la sujetaba y se excusaba con la mirada.
Abrí la puerta y me sacudió, como una descarga eléctrica, un ataque de pánico.
No porque el tipo que estaba ante mí tuviera un aspecto inquietante, que lo tenía, sino por algún motivo más profundo que, de momento, fui incapaz de analizar. En aquel instante sólo pude comprender que aquel individuo me daba mucho miedo porque tenía mucho que ver conmigo mismo, porque se parecía mucho a mí, porque tal vez fuéramos incluso de la familia. Un nexo profundo y sólido me unía al sujeto de niqui blanco sucio, vaqueros gastados, zapatillas deportivas, tatuaje en el bíceps, barba de días, palidez carcelaria (o quién sabe si sidótica) y mirada inyectada en sangre alcohólica.
-Qué tal, tronco -afirmó, inexpresivo-. Hoy me han soltao. ¿Puo pasar?
Algún motivo que fui incapaz de analizar.
La respuesta era «No», naturalmente. Pero me sentía tan crispado y amedrentado como si el individuo me estuviera amenazando con una navaja. Pensé «la nena», al mismo tiempo que la oía venir corriendo por el pasillo. Pensé «No, que no se acerque, que él no sepa que existe». Pero era demasiado tarde. Los ojos sanguinolentos sonrieron al verla. Y, peor aún, también mi hija sonrió al ver los ojos sanguinolentos. Ella, que apartaba la vista y escondía la cara ante cualquier desconocido, se iluminó con la sonrisa de los domingos, abrió los brazos y corrió al encuentro del aparecido con un chillido de placer. La tomó él en brazos antes de que yo pudiese hacer nada por impedirlo, la levantó en alto y la besó, y a mí me estremeció la repulsión que ella no sentía, pero ya no pude cerrarle el paso por más tiempo, claro está, ya tuve que hacerme a un lado y aceptar que las amistades de mi hija tenían que ser bienvenidas en mi casa.
-Qué mayor se ha hecho en un año, la jodía -comentó el visitante-. En un año que me he pasao nel talego.
-¿La conocías? -pregunté al fin-. Perdona, ¿nos conocemos?
-¿Si nos conocemos?  -me echó una ojeada casi ofendida-. Yo no sé si te conozco a ti, pero tú a mí me conoces de sobras. Me he leío tos tus libros en el maco, y coño si me conoces. Te pasas la vida escribiendo lo que hago. Que si doy un palo a un banco, que si me cargo a un colega a sirlazos, que si me entalegan... Como si me hubieras parido. Yo me lo curro y tú te ganas la vida con mis aventuras. -Miró a mi hija, que le acariciaba las mejillas rasposas-. Que si nos conocemos, me pregunta tu padre. Yo a vosotros, no, pero vosotros a mí, tela, anda que no me tenéis clisao ni na. Pero no te preocupes, muñequita, que ya nos conoceremos. Las cosas van a cambiar, de ahora en adelante.
Me sentí aplastado por una losa de culpabilidad. No era la primera vez que experimentaba aquella sensación agobiante. Más de una vez había pensado que me alimentaba y alimentaba a mi familia a base de miserias ajenas. Mientras hubiera chorizos sueltos por la calle, navaja en mano, agresores de ciudadanos desprevenidos, yo tendría material para mis novelas. 
-¿Qué pretendes?  -pregunté, como si sólo quisiera informarme-. ¿Qué quieres de nosotros?
-Lo que se me debe. Sólo mi parte en los derechos de autor.
Hace de esto más de un año. Mi mujer dice que es un atraco a mano armada. Yo todavía soy incapaz de negarle a míster Hyde lo que me pide. 

Andreu Martín

    

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