Cero. Diagonal. Ascendente. Por Jesús Urceloy


Urceloy, el factótum de la poesía.
Jesús Urceloy nació en Madrid, el 7 de mayo de 1964, lugar donde actualmente reside. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, aunque abandonó la carrera tras el fallecimiento de su padre, al ser el mayor de sus cuatro hermanos, para ponerse a trabajar. Desde entonces encadenó una serie de empleos como auxiliar administrativo de banca, luego como auxiliar de topografía (casualmente junto al también poeta Eduardo García), oficial de contabilidad, administrativo de obra, operador de sistemas informáticos y vigilante de seguridad; para terminar ejerciendo de profesor en centros como la Universidad San Pablo-CEU, el Taller de escritura de Madrid, el Centro de Poesía José Hierro y los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja.
Su primer poemario, El libro de los salmos, fue publicado en la editorial Devenir en 1997. Con el segundo, La profesión de Judas, logra quedar finalista del Premio Nacional de la Crítica en 2000. A continuación aparecerían Berenice (Amargord, 2005), finalista del Premio Nacional de Poesía 2006, y Diciembre (2008), Premio Internacional Margarita Hierro de la Fundación José Hierro.


“¡Tú eres mi elegido!,


¡He estado esperándote desde el principio!”


  Ella.


Sir Henry Rider Haggard.


 
A1
 
Es martes. Sólo puede ser martes. Y Sepúlveda mira desde la cama las aspas del ventilador. Una y otra vuelta. Apoya su cabeza en las tetas de la puta, que no se mueve, que ya nada le importa. Quiere Sepúlveda imaginar que no es un sueño, que es un sueño, que la tarde avanza pe­gajosa. Y camina entre la soledad y el apetito.


El taxi espera. Siempre hay un taxi frente al hotel. Siempre hay un via­jero: la cama es grande y este no es un hotel de segunda. Sabes que si aún hoy estás vivo se lo debes a la observación, jamás a la experiencia -el mismo argumento, el mismo truco. No existe la suerte y el patrón ha sido ya trazado por otras manos: hay que cumplir lo pactado. No hay porqué salirse a la cuneta. No hay vía de escape: el taxista puede recha­zar la oferta más comprometida.


 


            -¡Rápido, al aeropuerto!


            -Disculpe, espero otro cliente.                                       


            -Yo soy su cliente.


 


Y dejas caer a su lado un buen fajo de billetes. Y te relajas, echándote lentamente hacia atrás, gozando el cuero negro del Mercedes.


 


            -Por favor, al aeropuerto.


            -Bájese, el sueño ha terminado.


 


Otra vez vuelven a girar las hélices del techo. Lentamente. Y Sepúlveda se sueña cabizbajo, volviendo al hotel, luchando con un insulto, aleján­dose del taxi. No hemos podido darle nombre al conductor: la escena ha sido muy rápida.


Casi tanto como el instante de descubrirse de nuevo inmóvil, tumbado en esa cama devoradora, gigantesca, pidiendo a gritos un movimiento. Así que el ojo, al abrirse, encuentra la triste mirada de la puta muerta, señalando inflexible los objetos afilados que aún Sepúlveda aguanta entre los dedos. El ojo y el lector recuerdan los detalles, los salvajes detalles de la muerte de Marge -la fulana. Y aunque las páginas fueron brutales pasaron con la rapidez del best-seller. El lec­tor conoce al au­tor, su estilo, pero permanece atento a las menores circunstan­cias.


Sepúlveda cree que no tuvo más remedio que matarla. Porque sí, por hacer realidad otro de sus sueños. Perderse por las calles, hacia la obs­curidad, y hallar una mujer desconocida, sola: no debe fallar un solo detalle, nadie debe ver el coche, nadie reconocer la matrícula.


 



¿Te gusto, guapo?
             -¿Te gusto, guapo? - dice Marge, que ha visto tu coche detenerse.





  -Hace calor -sacas unos billetes por la ventanilla- sube.


 


La mujer obedece envuelta en látex negro. Abres la guantera mostrando una bo­tella indefinida. Y corres al hotel, dejando que el aire os en­vuelva.


Nadie espera que, al cruzar la puerta de tu cuarto, te hayas girado brus­camente. Nadie espera el brutal puñetazo en el estómago, y mientras cae, ahogándose en un dolor inaudito, que levantes tu rodilla hacia su cara. Por eso el lector siente una náusea profunda y escucha el crujir de los huesos de la nariz mientras la chica, sin conocimiento, cae burda­mente al suelo. Y no se explica cómo el autor ha resuelto el drama en cinco líneas. Y porqué Sepúlveda ríe.


Todos menos Marge saben que la está desnudando, que la está subiendo a la cama, que la amordaza, que ata sus extremidades, bien abiertas, a los cuatro pun­tos cardinales. Luego todos, incluida Marge -que ha despertado- ven cómo Se­púlveda concluye la violación. Ven el dolor en los ojos de la muchacha, ven como el tipo clava pequeños alfileres en su pecho. Después la irá estrangulando con ambas manos, lentamente.


El sueño acaba. Más tarde, mientras se despierte apoyado en aquel cuerpo, so­ñará la huída: pues sabe que también los espejismos son posibles. Y el autor, despreciándose a sí mismo, comprenderá de qué manera se ha vendido.


 


B2


 


La ventilación es buena, pero esta mujer está muy fría. Debiera levan­tarme, acercarme a la puerta, ver si he echado el cerrojo. Puede que el taxista nos viera entrar. ¡A tomar viento el taxista!. No te pongas ner­vioso, tranquilidad, un error lo tiene cualquiera. ¡Qué importa un ta­xista! Se meterá en el bar, a pegar la hebra con el camarero, hoy no es buen día, hay poco negocio, media ciudad está de vacaciones, mira chico, el taxi es mi vida, me ha salido por un ojo, y mi po­brecita fre­gando casas, se me va de madrugada al taller de ese cabrón, que la ex­plota, y a veces, muchas veces de noche, y yo en el puerto, descargando, como un animal. Sin embargo esta mujer parece cada vez más fría y el tabaco tan lejos y estoy tan cansado. Puedo verme peleando con los pantalones, amenazar con un cuchillo a la camisa, agarrarme a los boto­nes. A ver chica, pórtate bien y déjame un tobillo. Es difícil, se ha re­torcido tanto que no puedo soltar los tirantes, es que soy la hostia ha­ciendo nudos. Bien, a por el otro. Ya está. El cinturón. En el suelo. Sepúlveda, tú podrías llegar a  escritor. Que el bárman no sos­peche, no te afeites. Vaya, el señor Sepúlveda, ya es raro a estas horas, y recién afeitado. ¡Tú estás tonto, a quién le importa si hueles a rositas! No hay un policía detrás de cada barra. Efectivamente eché el cerrojo. ¡Cuidado! Sí, sí, un momento, aquí tiene, no, no me apetece fumar ahora, gracias. Y ahora vete con esa niña a tu habitación, jovencito. ¿Has visto? Se ha creído que es un cigarro. Venga, pásamelo. Y ahora tranquilidad. Izquierda, derecha. Bien... Y aflójate el nudo de la corbata.





C3


 


Cero. Diagonal Ascendente.
A ritmo de marcha fúnebre parece caminar Sepúlveda por el corredor. Tiende el pasillo, a su paso, una alfombra de ocres y granates. Camina sin prisa, y un golpe de tristeza salpica sus labios. Muestra su sonrisa y la escalera de caracol le anima a bajar. Y lo hace, lento, girando las pun­teras, disfrutando la moqueta como si anduviera descalzo. Es posible que Sepúlveda tarde horas en bajar los cuarenta y siete escalones.


Y ahora a pensar. Vamos a jugar a los barquitos. Cerrando sus ojos, ocultando la cara ante un fingido periódico, Sepúlveda ensaya unos pa­sos de ballet. Toma la barandilla y comienza la fuga.


Cualquier precipitación es innecesaria: la cuadrícula es enorme, y lo im­portante no es hallar, acosar, hundir el barco enemigo. Lo importante es alcanzar “J-10”. En diagonal, paso a paso. Sin monsergas. Sin llamar la atención. No le interesa la refriega, sino el ir avanzando.


El fuego llama al fuego: suenan las bombas, llegan los mosquitos.


           Así que vamos a jugar al juego de la confusión. Ahogar el grito y sinco­par la muerte. El otro -los otros- intentarán encerrarle. Él, ya desde el principio, se encierra. El perseguidor impondrá velocidad a la trama. Él, sosiego y  lentitud: bajando la escalera, hacia el bar, sopesando con de­leite cada una de las huellas dejada atrás. Eternamente baja y el oído le anuncia un apagado tinte musical.


La visión ha sido perfecta: el hombre de pantalón caqui y camisa blanca aban­dona el taburete, casi sin ruido. Y con habilidad también la escena. Sepúlveda sonríe otra vez. El gerente lo ha advertido muy claro: no quiere taxistas en su hotel. El camarero oculta la cerveza a medias con propiedad y elegancia. Pero a Sepúlveda no le engaña la precipitación del rostro. Con parsimonia olvida el úl­timo escalón. Duda si guiñará un ojo al camarero: depende de la sed, y hay mu­cha.


Sepúlveda no abandona la sonrisa, que le hace dulce la boca, y al apo­yarse en la barra abre los ojos. Tararea algo sin duda sinfónico y pide un tequila dejando resbalar las sílabas por los dientes.


 


D4


 


Lo primero que vendrá a la memoria del camarero será la impecable presencia de Sepúlveda. Aunque no es recomendable la mirada minu­ciosa ha aprendido -norma acaso del oficio- la rápida observación hacia el detalle: barba recién afei­tada, pantalón perfecto, peinado impecable. Sospecha que los ojos de Sepúlveda no han perdido tampoco una sola minucia: el taxista no fue tan rápido. Es casi imperdonable, en los últi­mos años sabía captar los pasos que llegaban desde la escalera enmo­quetada: esta vez no fue así. Sin embargo sabe que Sepúlveda lleva tres días en el hotel. No será capaz de definir más tarde, cuando un rostro severo lo acose, en qué momento percibió su presencia. Un tremendo error sin duda, una informalidad que no puede perdonarse. Un buen camarero en el fondo es un buen detective de paisano.


 


           -Naturalmente, señor.


 


No es sorprendente que el tipo pida un tequila con mucha sal y limón. El bar se precia por tener de todo, cualquier licor fabricado en el mundo, aunque en este caso la distancia con México sea enorme. Los resultados que van revelando la cuadrícula no deben adelantarse, ya sa­bemos que el más pequeño error... El hilo musical recogerá un olvidado trío de Stamitz mientras Sepúlveda, casi con nos­talgia va tachando en un cuaderno dos nuevos cuadritos.


El camarero delicadamente coge el limón con los dedos corazón y pul­gar. El primer corte -limpísimo- del cuchillo lo divide longitudinal­mente: sin dejar caer las dos mitades efectúa un leve giro del fruto y traza rápido varios paralelos de fina cadencia. Esta vez los trocitos se deslizan sobre el frío mármol. Con un golpe breve con el envés los lleva al recipiente: uno, dos, tres... Unas pin­zas deciden unos pocos hacia un plato. Ahora el salero: ni muy lleno ni muy va­cío, para que caiga la sal con cierta soltura. El tequila es licor de ceremonia: no es bueno beberlo de un trago, sería irrespetuoso, demostraría insensatez y arrojo inútiles. Aplicamos la sal -así lo hace Sepúlveda- en exceso sobre el limón, y mor­demos este sin mucha fuerza, para que el jugo vierta lento entre los dientes, y esperamos un poco a que se amanse bajo la lengua. Mientras acercaremos la copa al labio inferior y con un gesto no demasiado brusco pasaremos una porción del líquido, sospechando que la copa tenga cuatro tragos más. Ahora dejamos que el limón y la sal se fundan al tequila  hasta permitir una sutil amargura. Entonces un golpe de lengua rápido lo lanza a la garganta, que la epiglotis salte como un gatillo engrasado. El bebedor se recuesta con gusto, de espaldas, en la barra, sobre el taburete.


Desde su rincón adivina el camarero por unas rendijas el taxi a la puerta. Parece que un hombre discute... El taxista le amenaza. Aparece otro hombre. Pero no es posible, hace un momento... Al volver la ca­beza encontrará en la barra una copa vacía, tres trocitos usados de li­món, un salero no muy lleno y un billete des­preocupado y suficiente. También, a un lado, una cuadrícula pintada en una ser­villeta: son cua­tro los cuadritos tachados a tinta azul.


 


E5


 


(Taxi. El lector observa la escena desde el interior del coche. El lector es el para­brisas posterior. Nucas, sombreros: de vez en cuando el rostro de uno de los ocupantes entrevisto y en sombras. Sepúlveda entra al vehículo. El lector no ha podido verle totalmente pues su apa­rición ha sido repentina. El lector -todo hay que decirlo- se hallaba ocupado intentando describir la fisonomía del taxista. Sepúl­veda, como en una sospecha, ha tirado de un cordón que pendía del techo y unas cortinas han cubierto nuestra visión, dejándonos tan sólo una hendidura. No hay tiempo siquiera para enfa­darse: el taxi arranca. El lector en definitiva se acurruca en un rincón, curioso)


 


SEPÚLVEDA:             Buenas noches.


TAXISTA:                  Buenas noches, señor.


SEPÚLVEDA:             Podemos comenzar dando una vuelta, no sé, diez minutos, después al puerto.


TAXISTA:                 ¿Al puerto? Bien, señor.


SEPÚLVEDA:            Vaya más lento, por favor.


TAXISTA:                  De acuerdo.


SEPÚLVEDA:            (Para sí) Muy lento, que la noche describa sus edi­ficios. Voy a cerrar los ojos. (Hacia el taxista) No quiero accidentes.


TAXISTA:                  No tiene de qué preocuparse.


SEPÚLVEDA:             Nada es perfecto.


TAXISTA:                  Se equivoca, señor. No es bueno esconder la ca­beza. Las cosas pasan.


SEPÚLVEDA:            Eres el mejor bebedor de la ciudad.


TAXISTA:                  A lo lejos puede ver el Arco. Lo construyeron hace dema­siado tiempo. Nadie lo ignora, cualquier día puede caerse.


SEPÚLVEDA:            Es grande.


TAXISTA:                 Está lejos.


SEPÚLVEDA:            Sin embargo fue demolido hace casi cien años. Al final de la Guerra.


TAXISTA:                  Hace más de cien años, señor: queda el fantasma.


SEPÚLVEDA:            He oído de hombres que saben las distancias, los caminos, las casas y las estaciones sin nunca haber estado en ese lugar preciso. Tienes suerte.


TAXISTA:                  Otros hombres miden el tiempo.


SEPÚLVEDA:            No era necesario, aunque te agradezco el saludo. Sólo hay un misterio.


TAXISTA:                  ¿Leer, señor?


 


(Pausa. Vemos aparecer tras nosotros las luces de las estrellas . Por el parabrisas delantero se aprecian luces rojas de clara intensidad, lejanas, cercanas, parpa­deando. Vehículos que se cruzan, líneas de una mano indefinible, oscuridad: la ciudad del futuro)


 


SEPÚLVEDA:            La noche...


TAXISTA:                 Calle, por favor.


 


(Pausa. Sólo gestos breves. El lector se pregunta si nuestros dos viajeros se ha­blan telepáticamente. Después de pensar un poco rechaza la idea. Absurdo)


 


SEPÚLVEDA:            Disculpe.


 


F6


 


El grito es terrible. Los dientes, entrecruzándose hacen brotar chispas. La boca se contrae. La epilepsia, el primer contacto con la muerte. Duele tanto que re­sulta impronunciable. Y la lengua se refugia en el fondo del paladar, como en los ahogados.


¿Porqué?. Es un acontecimiento irreversible. No vio el automóvil hasta que lo tuvo encima. Intentó saltar. Casi parecía a salvo cuando recibió el impacto. El parachoques le retuvo un instante en el aire. Rechina la cabeza frotada contra el asfalto. Cae. Está reventado por dentro. No hay solución. La rueda trasera, como un tiro de gracia, pasa por su crá­neo: destruyéndolo. Son dos segundos, son doce segundos. Hay rastros esparcidos por la acera.


¿Porqué?. Sin embargo la muerte acudió rápida. ¿Tardan más en morir los ahor­cados?. ¿Es más feliz el gas? ¿Cubre mejor el tiempo el negro desdén del alto voltaje?. Se dice que el paro cardiaco es inmediato. Pero, ¿qué sabemos de la muerte cerebral?. ¿Qué otro miedo observa desde el coma? El horror paulatino del final cercano, sentir apagarse una célula tras otra, como una ciudad sus luces ante un intenso amanecer.


¿Porqué? ¿Y qué velocidad llevamos?. Treinta, cuarenta a lo sumo. No hay fallo en el plan: sigue su curso... El golpe suena repetidamente en los oídos, aunque avancemos dejando pasar distancias más y más leja­nas. Pero podría no ser real: una figuración, un pasaje inventado. Bien, digamos que no ha sido. Es tan fácil.


En este caso no hay coche, ni conductor, ni unas cortinas a la espalda. Ni estuve en el bar, ni bajé las escaleras: no abro puertas, no duermo, no asesino. Aban­dono la escritura y doy paso a la memoria.


Si en todo hay conciencia también el tiempo pasa, accidentalmente. Y la mano no engaña: sostiene una cuadrícula. ¡No! ¡Quisiera no abrir los ojos! Pero debo mirar, convencerme. Tomar conciencia de lo externo, tomar los datos que me hacen existir. Todas las historias son reales: todo ocurre necesariamente.


 


          -Fin del trayecto, camarada.


          -¿Ya?, ¿Qué?


          -El puerto a sus pies. Tenía usted razón.


          -¿Cómo?


          -Su premonición. Su duda. Todo se cumple.


          -No le entiendo.


          -Sepúlveda, no nos engañemos. Miré el retrovisor y usted abrió los ojos. Perdí el control, un segundo, pero lo perdí. Aceleré, con un fuerte golpe al volante. Fue muy rápido, pero eficaz. Debimos dejarlo muerto. Es muy probable.


          -¿Dejamos?


          -Ya veo que no se dio cuenta. No tiene importancia.


          -¿Qué?


          -Un perro, señor Sepúlveda, hemos atropellado un jodido perro. Baje, dese una vuelta, respire.


          -Si... ¿Cuánto...?


          -Señor, hoy la casa invita.


 


G7


 


Desde el siglo XVI ó XVII la diferencia entre el espectador y el lector ha adqui­rido un nuevo elemento: la estupidez del primero frente al segundo.


Sepúlveda deja su cuaderno de notas: ha llegado a su destino. El calor imprime en su paso un movimiento defectuoso. Amanece. Pero hasta este momento la acción podría haber ocurrido en cualquier parte, siem­pre que esa parte tuviera puerto de mar, siempre que hubiera una ciu­dad con puerto, siempre que al puerto llegaran paquebotes, siempre que un ferry estuviese a punto de partir.


Hasta aquí el lector advierte el paisaje. Pero hay otros indicios que lo avisaban, por ejemplo la respetuosa conversación entre el señor y el criado, entre el taxista y su cliente.


Otra serie de datos han venido con su marca contradictoria. ¿Qué sa­bemos del hotel? Conocemos una habitación, posiblemente grande, aunque


individual. Hay un ventilador de paletas en el techo, los arma­rios y las contraventanas son de madera: el ruido externo no amenaza el interior. El barrio es céntrico pero no popular. El pasillo nos muestra una moqueta y en las paredes puede haber cua­dros o fotografías. Una pareja, a altas horas de la madrugada, se dirige a su habitación. La esca­lera conduce directamente al bar.


Hemos definido un hotel de tres o cuatro estrellas. Aunque el camarero sea un especialista sólo nos demuestra su capacidad de hombre experi­mentado, acaso algo maduro, sólo acaso: nada más.


¿Y el taxi? Ha sido muy astuto el autor: nos ha colocado en su interior, en una postura incómoda. La percepción queda limitada a los hechos, a la conducta de los personajes. Pero usan sombreros. ¿Qué ciudad del mundo obliga a sus taxis­tas a llevar gorra? Ya vamos delimitando, a no ser que la empresa sea privada, y esa condición figure en su régimen. No. El taxi es de su propietario: no lleva gorra por comodidad -es un país caluroso. Será entonces uso común, no se plan­tea su conveniencia nunca. Pero podríamos estar en los años veinte.


¿Y de la furcia?, ¿Porqué el autor elige a esta mujer -Marge- y no a otra? Una camarera también habría servido. ¿Qué sabemos de ella?. Trabaja en el barrio chino, va por libre. No hay proxeneta, ella no advierte a nadie de su partida. Sepúlveda y Marge han sido presentados por la ca­sualidad: el azar que un autor plantea desde la incertidumbre, acaso en este instante intentando confirmar la irregularidad con un planteamiento a posteriori. Marge no es sino una mujer arruinada, miserable; no hay hotel concertado: no tiene protector que la siga. Marge no tiene más remedio que aceptar el viaje.


El autor se vio impelido a colaborar con ellos, a continuar el relato consciente de sus vacíos: dispuesto a llenarlos con el imposible de una malaventura. El lector, que los sigue de cerca, presiente la solución pues conoce la pauta: Sepúlveda acaba de emborronar un nuevo cuadrito.


Y más adelante sus ojos leen, perdón, suben con el protagonista la pasarela de un barco.


 


H8


 


Y va subiendo. Fijándose detenidamente en cada banda de la pasarela. A los pies los segmentos se esparcen apretados en horizontal. Y no pen­sar. Bajo ellos el mar en el endeble último contacto, puente, tablón con la tierra. Aguas oscuras, orín y grasa, bajo el pie, bajo las tablas, bajo el aire. Sería terrible morir ahí, aho­gado.


Hay motivos más que suficientes para hacer a Sepúlveda subir a este barco. Desde el punto de vista del lector el buque se dispone a salir del puerto. Es un ferry de mediana longitud, algo bajo, con una sóla hilera de camarotes extendidos alrededor de la bodega. Ideal para medias dis­tancias. El aire se enfría, el sol se difumina en ocres y rojos hirientes.


 


He aquí el final del viaje.


Levan las anclas.


El rompeolas, mar abierto.”


 


Sepúlveda se sienta a fumar frente a la puerta de un camarote. El balan­ceo, leve; los ojos bien abiertos. Puede escuchar el crepitar del tabaco, el golpe vacío de la ceniza al caer en cubierta. Y un preciso taconeo avanzando. Y puede aspirar el humo deleitándose en el ruido, y dejarlo caer soplándolo sin fuerza. Frente a él, mira la mujer el mar.


Mientras el cigarro se suicida tras la borda, Sepúlveda analiza su deseo. Ha dete­nido sus ojos en las sandalias rojas de la hembra, degustando el pie femenino: colorado en el talón, sonrosado en el empeine, otra vez colorado en los dedos: las uñas lacadas en un negro durísimo. Ambos pies, muy juntos, se frotan uno con otro a cada leve temblor. Y no es preciso ascender por las piernas: Sepúlveda puede enamorarse con tan pocos datos.


Los pies abandonan el calzado.
Una mano de largas uñas suelta los broches y los pies abandonan el cal­zado. Uno de ellos avanza, posándose en la rodilla del hombre sentado. Abraza la mano de éste el talón, cerrándose con fuerza en el tobillo, esposándolo. Sepúlveda besa cada rincón, desliza su boca entre los de­dos, soltando su presa... La mujer recoge el pie, y aleja ambos, de pun­tas hacia atrás, hacia la puerta. Y el hombre, sin levantar la vista, los sigue. Un soplo de aire se lleva su sombrero hacia el fondo y las olas. Ella, sonriendo, pasa al camarote mientras él recoge las sandalias del suelo, preciso: avanzando hacia la puerta entornada.  


Quien ahora lee ha venido siguiéndonos. Localiza en la amura de babor el cama­rote, y la ventana que da al cuarto. En el suelo, en la silla, puede ver la ropa de los amantes. Y puede ver -sorprendido- un primer plano de Sepúlveda, que por imposible le mira frío, silencioso, inútil.


 


I9


 


Cae una invisible lluvia sobre el cuerpo desnudo de Sepúlveda. La cuadrícula -casi completa- se va reconociendo. El tiempo en su re­ducto, la ver­dad en su cajita de porcelana, con su mesita y su trocito de papel. Cien cuadritos, una línea diagonal. Todo infinito y pequeño.


He aquí el fin del viaje: no sé si vivir, si matarla: es muy hermosa y duerme. Verla y disfrutar la imagen. Como si corriera a cien por hora, como al escribir por escribir: si la miro su rostro es el tequila y la impe­riosa necesidad de no beberlo. El mayor borracho de la ciudad está can­sado. El mayor bebedor invita a alzar la copa.


Ha dejado de escribir. Las paletas del ventilador, definidas y lentas mi­ran los ojos abiertos del observador y el aire sumerge al personaje en la meditación y el olvido. El reflejo de la cuadrícula juega repetido en la historia y en los muertos. El reflejo huidizo contempla el silencio sin descanso. Todas las bocas abiertas suplican una única verdad.


Sepúlveda cree que el tiempo es figurativo, que solo existe una ley ina­ceptable. Y el combate debe ser lento, hasta destruirla. Divaga, pues no cree siquiera en los conceptos. Juega con los senos de la mujer acariciando un pezón que duerme cercano a la yema de su anular. Al bajar la triste mano hacia el rostro tropieza en el cuello, rodeándolo, sin fuerza. Algo le obliga a tensar los múscu­los: como llamado por la única verdad posible.


Y quien lee cae definitivamente en la trampa. Comprende el complot contra su lectura. No es imposible juzgar: lo imposible es seguir siendo íntegro.


 


J10


 


Y el relato -si es que hubo alguna vez relato- se detiene. Hay que pensar acelera­damente antes que el autor concluya, que el relato gire hacia la sorpresa.


Gima el autor ence­rrado en la sílaba, pelee por su sentido, avance a sobresaltos. Que sufra tanto cambio de estilo, tanto personaje, tanto trazo paralelo. Que intuya. Que acoja el pensamiento fugaz del homi­cida, la complejidad de los objetos, los diálogos absurdos, el cadáver del perro muerto. Que se zafe si puede del abrazo doliente de Sepúlveda.


Pero no, pueden atraparme, y debo reflexionar, porque yo soy el relato, porque soy parte principal de la aventura. Aunque intenten golpearme. Aunque exista, imperturbable, la parcialidad del tiempo.


 


 


VOZ 1:           No ofreció resistencia.


VOZ 2:           Se volvió loco, decía palabras sin sentido.


VOZ 3:           No hizo falta usar la fuerza, estaba como atontado, acos­tado sobre el   cuerpo de la mujer.


VOZ 4:           (Al teléfono) Repito: sólo sabemos sus nombres. Ella debe ser nueva, es de las que rondan por el puerto. Marge, como suena: “eme”, “a”, “erre”, “ge”, “e”, Marge, con “e” al final. Que busquen en el registro del centro. Sí. No tardéis.


VOZ 5:          ¿Habéis localizado al marido?... Un momento. ¿Que está aquí?, ¿Cómo que está aquí?. De acuerdo, no hace falta que le busquéis. Decidle que suba... Dejadlo, bajaré yo.


VOZ 6:            No, parece que no sabe nada. Sí, taxista.


 


...


Y el pequeño teatro de la vida. Una y otra vez: una y otra voz.


...


 Adiós, adiós.


...


Cero. Diagonal. Ascendente.


 


 

In memoriam Italo Calvino.

 Jesús Urceloy /1999  
      















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