Politeísmos. Álvaro Naira


Dice Rubén Sánchez Trigos, haciéndose eco de las palabras de Stephen King, que da igual de qué hables una vez que te encuentras ante el papel en blanco. Da igual mientras digas la verdad. Siguiendo esta máxima, Álvaro Naira ha escrito Politeísmos, una novela urbana sobre el animal interior que llevamos dentro

Un debut más que curioso

Todo ocurre en el Madrid de 2001. Pero Naira nos ofrece una visión muy personal de la ciudad, y nos acerca a calles, ambientes y personajes que para muchos pasan desapercibidos.

El centro de la capital, los bares que frecuentan los góticos, las tiendas de esoterismo, donde se agolpan libros de crecimiento personal con toda suerte de amuletos… Tampoco nos olvidamos del cementerio de la Almudena, la noche en los jardines de Sabatini o en el parque junto al planetario –donde tienen lugar misteriosas reuniones–. Estos son algunos de los sitios que nos invita a conocer el autor.

En alguna de las entradas de su blog Politeísmos, Álvaro Naira califica a la novela de  “bisoña, adolescente y rabiosa”. Basta con leer unas pocas páginas para darse cuenta del exorcismo de fantasmas personales, incluso del ajuste de cuentas –para qué andarnos por las ramas– del autor hacia determinadas circunstancias. El argumento puede parecer sencillo: Alejandro tiene veintiséis años y ve cómo la adolescencia, y buena parte de sus sueños y ambiciones, quedan atrás. Hace tiempo que decidió desaparecer sin dejar rastro y empezar a hacer las cosas a su manera. Además, su ex novia sale con su mejor amigo, y la cosa va en serio: viven juntos y en el momento menos pensado, podrían tener un niño…

Pero Alejandro prefiere mantenerse al margen de todo y seguir alimentando sus extrañas fantasías adolescentes de poder: culto al animal, el lobo que lleva dentro. No faltará quien comparta esas creencias: un matrimonio argentino regenta una pequeña tienda de esoterismo, en cuyo interior se destilan drogas naturales. Ritos de inicación donde los profanos son invitados a hacer crecer su animal interior, fantasmas y espíritus que se proyectan en el interior de aves, que vuelan sobre nuestros tejados y se posan en nuestras ventanas…

Pues bien, lo que algunos podrían considerar como defecto, acaba siendo la gran baza de la novela: la absoluta implicación y visceralidad del autor, que borbotea animosidad por los cuatro costados, y más que buscar amablemente la complicidad del lector, nos empuja a leer, integrados ya plenamente en esos ambientes. Y sorprende muy gratamente el punto de vista del autor/personaje –no conozco a Álvaro Naira pero me atreveré a decir que entre él y su Álex no debe haber mucha distancia–. Más desencantado que cínico, y más sentimental de lo que le gustaría admitir, es un personaje en transición al llamado mundo adulto, que, como los viejos cowboys o los más queridos antihéroes, defiende sus ideales con uñas y dientes, aún cuando los ve cada vez más lejanos.

Y es ese desencanto el que hace que Álvaro Naira, pese a contarnos su historia a pleno pulmón, se permita el lujo de la ironía y el distanciamiento. Y que gracias a la observación y un perspicaz retrato de personajes, se sitúe en las antípodas de la “romántica paranormal”, para lograr un fresco generacional autocrítico, y menos complaciente de lo que pudiera parecer.


David G. Panadero
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