La versión del Minotauro: prólogo

En España se editan demasiados libros. Es una verdad como un templo. Hay más escritores que lectores, y siendo como son las cosas, que salga al mercado un libro más, pocas veces es noticia. Pero La versión del Minotauro es una de las pocas excepciones que confirman la regla; estamos ante un libro que sí es noticia, y que muy posiblemente va a despertar polémicas jugosas. Si queréis conocer los motivos, os invitamos a leer el prólogo, que generosamente nos ha permitido publicar la editorial NGC Ficción!



En la piel del Minotauro

Los policías entre nosotros.
Conocí a Francis P. Fernández en un ambiente que invitaba a la desconfianza y en unas circunstancias que nos obligaron a ser amigos. Corría la primavera del año 2006. Los dos éramos profesores en un curso de criminología, lo que no tiene nada de particular. Sin embargo, en aquel curso todo estaba cambiando de forma muy rápida, a la vez que imperceptible, y nadie parecía darse cuenta.
No hizo falta que habláramos sobre ese cambio. La complicidad entre nosotros surgió de forma inmediata, quizás porque a los dos nos gusta la música rock, por nuestro entusiasmo común por la serie B mediterránea y los viejos bolsilibros… El caso es que los dos hablábamos el mismo idioma. Estábamos en el “mismo bando”. Pero, ¿qué estaba cambiando en aquel curso? ¿Acaso había dos bandos claramente diferenciados? Nos permitiremos guardar las respuestas –que en realidad no pasan de ser suposiciones– para nosotros. Aunque me permitiré aventurar una conjetura: nos daba la impresión de que allí, cada vez había más policías de paisano que alumnos.
En nuestra condición de sospechosos habituales, nosotros sospechábamos que todos aquellos agentes no estaban precisamente para velar por nuestra seguridad. Qué propósito perseguían, era algo que se nos escapaba. Pero en vista de que el ambiente era cada más hostil, preferimos dejar aquel curso, y seguimos viéndonos en lugares donde nos pudiéramos comunicar de forma más distendida.
No pasaron ni dos meses desde que abandonamos el seminario, cuando Francis me citó en una cafetería de Manuel Becerra. Quería hacerme entrega de un manuscrito, el que ahora tenéis en vuestras manos. Me dijo que llevaba tiempo escribiéndolo, y que el entusiasmo que yo le contagiaba en nuestras conversaciones fue lo que le animó a terminarlo de una vez por todas. Quise ser sincero, y le dije que tardaría tiempo en leerlo. Por aquel entonces tenía mucho trabajo pendiente, y a mis manos llegaban un montón de manuscritos, que yo debía leer y seleccionar.
Sin embargo, una vez empecé, no pude poner freno a la lectura.
Me enganchó el estilo fibroso, exento de florituras, el aire naturalista, y la violencia y el humor que emanan de cada una de las páginas. A lo largo de estas páginas, Francis P. Fernández rinde un culto obsesivo a la acción, sin dejar puntos muertos, dedicando a cada parte de la novela la extensión precisa.
Básicamente, emplea tres elementos para elaborar una trama compacta, que no se pierde en detalles accesorios: un asesino profesional al acecho, que está eliminando a un grupo de militares; un militar que, traumatizado después de su estancia en Bosnia, debe poner fin a esta carnicería; un político –el expresidente del Gobierno, nada menos–, que quiere limpiar su reputación después de haberse embarcado en una guerra que supuestamente ocurrió en Siria, pero que imaginamos inevitablemente en Iraq, de la mano de los Estados Unidos…
Cualquier best seller norteamericano que abordase un tema similar, nos hablaría de alta tecnología y crímenes de diseño, aderezados con unas gotas de sana conspiranoia. El acierto de Francis es barajar estos elementos, tomando el pulso del mejor thriller norteamericano, pero asumiendo que en España estamos más acostumbrados al crimen rural que al de diseño, que en nuestro país es más fácil hablar de torpezas en cadena que de conspiraciones, y que con nuestros conocimientos en tecnología apenas llegamos a saber usar el iPhone.

Decía Paul Auster que cuando el escritor escribe sobre sí mismo, ese “sí mismo” se convierte en otro. He tardado años en darme cuenta, pero ahora, desde la perspectiva que dan los años que han pasado, me doy cuenta de que, en La versión del Minotauro, Francis no estaba viendo los toros desde la barrera, ni mucho menos. Quizás buscara metáforas algo complejas, y escribiera sobre personajes que parecían lejanos a él. Él, un profesor universitario especializado en el estudio de la mente criminal, por lo demás, de vida tranquila, casado y con niños; buen tío. Sus personajes, militares que encuentran la plenitud en la exaltación de la violencia.
Sin embargo, no dudaría en decir que Francis estaba escribiendo sobre sí mismo. Puede que le pase como a su protagonista, y a menudo le hayan asaltado dudas. Aquellas causas legítimas que cree defender, ¿podrían beneficiar a intereses distintos de los propios? Cada acto que realiza libremente, ¿no le acerca más y más a aquello que por todos los medios quisiera evitar? ¿Por qué a veces es tan complicado establecer una línea divisoria entre la víctima y el agresor?
Recurriendo a la frase hecha, para que todo siga igual todo tiene que cambiar. Cuando comprendemos que estamos atrapados en una contradicción, no podemos perdernos en los rincones del laberinto. La última porción de verdad que queda la encontraremos metiéndonos en la piel del Minotauro, sintiendo y respirando como él, tal y como nos sucedió a Francis y a mí cuando nos conocimos. Ahora os corresponde a vosotros adentraros en el laberinto y desconfiar de las versiones oficiales. Por más que os inquiete ese ser de apariencia monstruosa, no dejéis de escucharle. Atended con los cinco sentidos: Francis P. Fernández os va a contar su versión.

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David G. Panadero
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