Estar en las nubes –A propósito de Centauros del desierto–

Lo confieso aquí, en público, y sin avergonzarme. Sin que se me caiga la cara de vergüenza, vamos.
Me confieso, padre, de que me gusta estar en las nubes. “¡Pero, ¿qué me dices, hijo?!”, me parece oír al confesor laico que me está leyendo, ese lector, tú, que bien podría añadir: “Pero, ¿cómo se te puede ocurrir ese disparate de que te encandile estar en las nubes, con lo precioso –“una auténtica preciosidad”, sería la expresión no sólo más adecuada para el caso, sino la más fetén–, con lo precioso, insisto, que es estar con los pies en la tierra, pisando los mismos charcos que tus compadres los humanos?”
Merinero, el iconoclasta de la novela negra española.
Eso: ¿cómo se me ocurre estar en las nubes y no pisando charcos realistas en los que se reflejen chorradas. Chorradas que luego dejan los ojos con unas ganas locas –pero locas, ¿eh?; nada de ansiedades ansiolíticas ni otras mandangas; locas, coño, locas, las ganitas–, que dejan, porque es que esas chorradas los dejan, que dejan, sí, los ojillos con unas ganas –ahora ya sin adjetivos– de frotárselos con agua de azahar, a ver si así, con el azahar y la poesía que el solo hecho de escribir la palabra “azahar” (lo juro por mi madre: es la primera vez que lo hago en mi vida; si un día hubiese venido alguien, alguien que me quiere, y me hubiese soltado que una tarde de abril, como ésta, iba yo a escribir la tal palabra, lo borro de la lista de mis conocidos. “La palabra azahar, le hubiera dicho, convertido en un basilisco, no existe para mí. Yo, sí, yo, si yo oigo mentar la palabra ésa, me pongo malito del oído”), a ver si así, quería decir, quería escribir, antes de que la azaresca poesía invadiera el espacio este tan prosaico del que ni tú, lector, ni yo, fantasma que escribe, convendría que saliéramos, a ver si así los dos volvemos al redil.
Ese redil prosaico del que me había escapado –y tú conmigo, pillín– y al que ahora vuelvo, apestando como tú a azahar. Quería, ¿queríamos?, escapar del manicomio de la realidad, y si me descuido acabo en la clínica psiquiátrica en la que dan cobijo a los poetas en prosa.
¡Yo, un poeta en prosa! Si se da el caso, si los síntomas fueran eso, que me encierren. Sería un caso clínico. Un caso clínico en la clínica. Lo que me trae a mi distraída memoria una peliculilla –Caso clínico en la clínica se titulaba precisamente, de Frank Tashlin y Jerry Lewis, año 1964, que deberíais ver sin falta, si no la habéis visto, pero que no os la aconsejo. No, al final, y a pesar de lo antes dicho, no os la aconsejo, no vaya a ser que os dé algo al mezclarla con las porquerías que seguro que os lleváis a vuestros ojazos –no precisamente gitanos ni embelesadores–, esos ojos que, día a día, visión de una mamarrachada tras otra, os estáis echando a perder. Ciegos os vais a quedar de ver gilipolleces. Se van a forrar los oftalmólogos a vuestra costa.
Vuelvo al redil –trabajito ha costado; las ovejas negras somos así, qué le vamos a hacer; ¿darnos una pinturita de blanco?; amos, anda; bético hasta la muerte; madridista, ni muerto–, vuelvo al redil, decía, escribía, y me pregunto cómo se me ocurre estar en las nubes, si la tarde en que esto, cualquier cosa que sea esto, escribo, está despejada.
Pero despejada, ¿eh? Ni una nubecita en el cielo. Será la primavera. Esa cosa –la primavera– de la que tanto hablan –y, sobre todo, ay, escriben– los poetas. Y no sólo los poetas en prosa, no, sino los poetas poetas. Sí, hombre, sí, esos que cagan y vomitan poesías.
Pero fue la primera vez que me fijé en las nubes.
A lo que iba, que si me descuido me salgo otra vez del aprisco: Estoy en las nubes, queriendo escribir sobre ellas, porque una noche de éstas he visto Centauros del desierto, de John Ford.
No era la primera vez que la veía, ni, por supuesto, espero que sea la última, pero fue la primera vez que me fijé en las nubes. En las nubes, sí, que aparecían en un plano, y en otro, y en otro.
En Fort Apache, que volví a ver no hace nada, pasaba lo mismo. Nubes por aquí, nubes por allí. En este plano, y en este otro, y en el de más allá. Y no por el capricho de que aquello quedara bonito, que bien bonito que quedaba, sino que las nubes estaban allí, en el cielo, como elemento dramático.
He leído, no sé si mucho o poco, pero sí creo que he leído bastante sobre las películas de Ford. Pero que yo recuerde, nunca se han mentado lo suficiente, es decir, nada, lo que le gustaba al maestro hacer planos con nubes.
Nubes, repito. Nubes que no están allí como simple decorado, sino que forman parte –todo lo secundario que se quiera, pero forman parte– de la historia que se está contando. Y es que todo cuenta en una historia, hasta las nubes que parece que sólo están allí, al fondo, para hacer bulto. El bulto que os hacía en los ojos por no haberos dado cuenta de lo que las nubes cuentan en las películas de John Ford. A contarlas os ponía como castigo, pero no. Con que las veáis de nuevo –a las películas de Ford, me refiero, y con ellas a las nubes– me conformo. Yo, ay, el Conformista, película, antes novela, de nueva cita cinéfila: El Conformista, de Bertolucci/Moravia, de la que ya nadie se acuerda. Hace tanto que no la veo, que ni me acuerdo de si aparecían en ella nubes o no. El nubarrón del fascismo sí que salía. De eso no me olvido. Como para olvidarse de según qué nubes.
Pero volvamos a Ford. Los historiadores del cinema y los críticos que se han marcado el folio sobre él no se han fijado, o no se han querido fijar, cegatos y topicotes como acostumbran, en esto de las nubes, pero a partir de ahora yo –y espero que no sólo yo– me ocuparé de ello con la insensata determinación de un descubridor. Un descubridor que ha descubierto que estar en las nubes no es tan nefasto como nos dicen los que dicen cosas.
Veré, seguiré viendo, las películas de John Ford, y me fijaré en sus nubes. Y no para escribir un sesudo –viniendo de mí, poco seso tendría el potaje que saliera– tratado sobre tan apasionante tema, sino sólo por el gusto de verlas. Las películas y las nubes que llevan dentro.
No, no escribiré ningún tratado, ni sobre John Ford, ni sobre las nubes, ni sobre nada. Con haber levantado la liebre con estas líneas me conformo. Si a partir de ahora uno de ustedes se fija en esas nubes, y las disfruta como yo las he disfrutado, misión cumplida.
No ha sido una misión de audaces, pero en algo tenemos que entretenernos. Digo –digo y escribo– yo.

Merinero
Primavera 2010

P.S. Pergeñando lo que antecede, veo Los Pájaros, de Hitchcock, y, oh, sorpresa, me encuentro con más nubes.
Recordemos la escena: Tippi Hedren huye de los pajarracos que la atacan –a ella y a otros pueblerinos; la mayoría infantiles; niños de pueblo, para entendernos–, y en su huida, el plano, los planos, nos dan nubes en el cielo y, de propina –se agradece la propinilla en tiempos de crisis–, el culazo, no precisamente infantil, de la Hedren.
Gran dilema el que se le presenta al admirador de nubes que es uno: si cuando Tippi huye de los pajarillos, hay que fijarse en las nubes o en el culo serrano de la rubia que el maestro nos enseña –al culo, no a las nubes, me refiero– con toda la delicadeza de la explicitud.

P.S.2. Por estar en las nubes se me olvidaba mencionar que en la edición española de la novela en que está basada la película (Centauros del desierto, de Alan Le May; Editorial Nebular, 2003), la portada y la contraportada están llenas, ay, de… como no sé cómo llamarlas, diré, escribiré, aun a riesgo de parecer lo que nunca pensé que sería, o sea, un cursi, aun a riesgo, sí, de parecer lo que quizás sea, la portada y la contraportada del mencionado y recomendable libro están llenas de bonitas nubes.
Era eso de “bonitas” lo que no quería escribir y que ahora, por fin, he escrito. Seré gilipollas. No, no por fin. Lo era ya, gilipollas, desde hace tiempo. Me refería a no querer escribir la susodicha palabra. ¡Con lo bonitas que son las nubes en las que uno está!
Publicar un comentario en la entrada