El humo en la botella. Juan Ramón Biedma



 
Querido Biedma:

No es fácil para mí hablar de tu nueva novela, y no lo es por muchos motivos. Porque la vi gestarse, la vi imaginarse casi, y te vi escribirla, y me vi leyéndola. Me vi dándote la paliza con mis ocurrencias e incluso me vi sufriendo porque la quiero como mía, porque te vi dolido y porque te hicieron sufrir (bien lo sabes). No obstante, no habiendo mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, también es cierto, hermano, amigo, que lo bueno no puede ocultarse, que el talento desborda límites, rompe costuras y se impone. El talento sabe más que los mortales, y se muestra a los que saben escuchar sus susurros. Y la gente de la editorial Salto de Página ha sabido. Hurra.

El humo en la botella es, como siempre, una novela de novelas que viene a cerrar un ciclo, a culminar una trilogía. Esa que comenzaste con El espejo del monstruo (donde la pesadilla se nos presenta en mitad del sueño), y que continuó con El efecto Transilvania (donde todo se precipita hacia el delirio). Ahora del delirio surge una loca realidad en la que todo converge y de la que nada puede decirse más allá de la sensación de estupefacción, la sorpresa, el misterio. Por supuesto, y ahí está la mayor ironía –tal vez magia– de todo esto, se puede arrancar la lectura por cualquier parte porque las locuras siguen cursos en espiral y todo principio viene de un final que se transforma en comienzo. En efecto. Estamos ante una odisea psicológica repleta de giros, laberintos, avances y retrocesos. Durante un tiempo la llamé “realismo alucinatorio”, y creía que era una buena descripción, pero he terminado por entender que no he entendido casi nada. Que todo es más profundo e insondable.

Y en ello estoy. Buscando el final de la caída libre.

Algo he aprendido sin embargo: que nadie puede estar cuerdo en un mundo en el que “los asilos de lujo para enfermos psiquiátricos son tan relajantes que termina siendo casi imposible resistirse a incendiarlos con sus cuidadores dentro”. En efecto. Nadie. Quizá la locura no sea otra cosa que excentricidad maldisimulada o puede que la enajenación ni tan siquiera exista. Que sea un invento más de entre los muchos con los que nos ha venido a alumbrar esa falacia llamada Ilustración. La luz. Sólo porque hay iluminadores, iluminados e iluminación, es que hay sombras, penumbras, recodos negros. Quizá ilustrar e ilustrarse solo sea posible por comparación: enfrentándose a los necios. Quizá la cordura sólo exista por reflejo, como negación de todo aquello que no nos gusta reconocer en nuestra naturaleza. El humo que flota en el interior de nuestras cabezas (botellas).

No sé si tú, visitante, eres un lector habitual de mi querido Biedma. No tengo ni idea.  Si lo eres no habrá nada que yo pueda decirte al respecto, pero si decides intentarlo te aseguro que no te vas a arrepentir, que no podrás probar sólo una, que no te faltarán las emociones intensas, que vas a enfrentarte a las páginas de uno de los mejores escritores actuales –sin duda alguna- en lengua castellana… Que vas a disfrutar de veras haciendo eso que a ti y a mí nos gusta hacer: leer y gozar leyendo. 

El humo te está esperando dentro de la botella. En tu librería. Sin duda me lo vas a agradecer tanto como yo se lo agradezco al bueno de Juan Ramón. Muchas cosas le debo como lector y como escritor. Tantas que no se las puedo pagar con palabras. Espero, amigo, que te conformes con la profunda admiración que experimento al leerte. 

El placer siempre es mío.

Francis P. Fernández

Nota del editor: hace tiempo que sigo las conversaciones que mantienen Biedma y Paco en la Red.  Deben creer que están solos y nadie los escucha... Por respeto a sus intimidades, leo puntualmente pero nunca intervengo, pero en esta ocasión me he tomado la libertad de extraer la presenta carta de su página: El Subcultural.

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