Cadillac solitario



Mi relación con los coches es horizontal: yo no los entiendo, y ellos no me entienden a mí. Si yo miro el motor de un coche, es como si el motor me mirase a mí, ninguno de los dos saca nada en claro. Tengo carné y vehículo por necesidad. Pero, más allá de saber que mi automovil tiene un volante, tres pedales y cuatro ruedas, no me pregunten más, porque no tengo ni idea de coches. Ser así en Móstoles (donde transcurrió mi lamentable juventud), es poco menos que un pecado. Móstoles es la cuna del tunning, la meca de la adoración al motor. En Móstoles, darle un golpecito a otro coche cuando estás aparcando, es considerado, por el propietario del otro vehículo, una afrenta mayor que una violación materna. La gente valora su coche por encima de cualquier otro bien, y la escala social se mide por el coche que tengas. Puedes vivir en una infravivienda y comer un dia sí y otro no, pero debes tener un BMW la hostia de potente. Los propietarios de un coche dedican, según la última estimación del ayuntamiento, un 300% más a la limpieza de su vehiculo que a su propia higiene personal. Esta rara especie, dedica gran parte de sus ingresos a embellecer el coche (en lugar de, por ejemplo, ir al dentista, los tíos gorrinos): alerones, neones, vinilos adhesivos, pinturas mates o metalizadas de fantasía, llantas de aluminio, ruedas de no se cuantas pulgadas, parachoques de esos que rozan con el suelo en cuanto se frena, y, por supuesto, la joya de cualquier coche tuneado que se precie: un, a todas luces, excesivo equipo de música, con un subwoofer que ocupa medio maletero, y sonido envolvente… en el que luego escuchan mediocres canciones que se bajan en MP3 y que suenan como el culo.
A mí me gustaba el coche fantástico.
Teniendo en cuenta esto, tanto mi infancia, como mi paso a la edad adulta, pueden etiquetarse como asquerosos. La verdad es que, de niño, siempre fui el raro del barrio: no quería ser futbolista ni torero, era un manta en las chapas y en las canicas, y, por si fuera poco, los coches no me interesaban lo mas minimo. A mí, los únicos coches que me gustaban eran el coche de Batman o el Coche Fantastico. Pero los otros críos decian:

- El Coche Fantastico es un Pontiac Trans-Am.

Y yo contestaba:

- ¿Y a mi que me cuentas? ¡Es el Coche Fantastico! ¡Dispara misiles, salta sobre los edificios y es pedante! ¿Qué mas da qué coño de marca de coche sea?

Los críos no entendian mi falta de interés por los entresijos de la maquinaria, y siempre acababamos a hostias. Normalmente solía cobrar yo, más que nada porque ellos eran más. Así aprendí a desconfiar de los humanos, y a creer solo en los secuenciadores, más fiables y entretenidos que los anteriores.
Cuando tuve 18 años, mis padres me apuntaron a la autoescuela. A mí no me interesaba conducir, pero sí un lugar donde poder meter mano a las mozas sin escandalizar a los vecinos que paseaban tranquilamente a su perro por el parque, así que no protesté. Cuando tuve el carné, heredé un 124 de mi padre. El pobre coche había conocido tiempos mejores. Su problema más llamativo era que tenía el tubo de escape agujerado. Mis amigos sabían que yo llegaba al sitio donde habiamos quedado porque escuchaban el petardeo del motor a una distancia de quinientos metros. Se cachondeaban diciendo:

- Tío, como mola tu coche, suena como una Harley.


Sonaba como Metallica con muñones.
Menudos cabrones. Eso sí, cuando me pedían que les llevase a algun lado, no les importaba que el coche sonara como Metallica con muñones.
El final de mi primer coche fue de traca: un día se quedo tirado. Asi, sin más. Iba por la carretera, y al coche le empezó a salir humo. Empece a darle patadas y a blasfemar, cuando apareció la Guardia Civil. Debieron verme tan mosqueado que, en lugar de pedirme la documentación (como solía ser habitual), se ofrecieron a llamar por telefono a mi seguro e informar del incidente. Al cabo de un rato, apareció una grua y me acercó al taller más cercano. Bajaron el coche, y el mecanico y yo lo empujamos hasta el interior del taller. El tio abrio el capó y, abriendose paso entre la humareda, echó un vistazo.

- ¿Cuándo ha sido la última vez que le echaste aceite, chaval?- me preguntó

- ¿Perdon?- dije yo.

- Aceite- insistio él- … Ya sabes, para el motor…

- ¿Hay que echarle aceite? - yo flipaba ¡Aceite en un motor! ¡Como si fuera una puta ensalada!- Yo pensaba que este coche funcionaba con gasolina, no con aceite ¿no?

El mecánico me miraba como si yo fuera de otro planeta (entonces no sabía por qué, hoy sí lo se). Agitó su cabeza, y me pidió que intentara arrancar el motor. Yo lo hice, le di al contacto, pero el coche sonaba como si tuviera asma. El tío empezo a tirar de la varilla del aceite, gritando:

- ¡Esto está más seco que el ojo de la Inés!

No se quíen sería la tal Inés, pero en ese momento, el coche pegó un pedo, y la varilla del aceite salió disparada del motor, estampándose en la mitad de la frente del mecánico. Yo, desde el interior, pude ver como el tío caía, patas arriba. Salí, asustado, y me encontré al mecanico, tendido en el suelo del taller, con un tiznajo negro en la frente, y la varilla, humeante, unos metros más allá, como si no hubiera hecho nada, la muy cabrona. El tío recuperó el conocimiento segundos más tarde, pero yo ya le dije que por mí le podían dar por el culo al coche, y que se lo quedara o lo llevara al desguace, si quería. Lo malo fue cuando llegué a casa y le dije a mi padre lo que había pasado con su coche. Recuerdo que me miró alucinado, y me dijo:

- ¿En serio no le has echado aceite NUNCA? Pero hijo, ¿tú eres gilipollas?

Mi segundo coche fue un regalo de mi tío Paco. Se había comprado un coche nuevo hacía unos meses, y el viejo estaba aparcado en un descampado. Me dijo que no tenía batería, pero que, por lo demás, iba de maravilla. Así que, pasamos por una tienda de recambios, compramos una batería nueva, y nos dirigimos al descampado, donde nos esperaba mi nuevo coche. Se trataba de un Citroen GS, azul pitufo, algo dañado por los años y la corrosión. Cuando llegamos, levantamos el capó para instalar la batería nueva, y nos encontramos que el coche tenía un nuevo propietario: durante los meses de abandono, una rata había hecho su nido encima del motor. La rata dio un respingo, y salió huyendo, de modo que renunció a su propiedad. Con mucho asquito limpiamos el motor de las guarrerías que había acumulado la rata, y que conformaban su vivienda. Lo que ignorabamos es que la rata habia montado su despensa entre los tubos del motor, donde no podiamos verlo, de manera que todo estaba lleno de comida podrida. Así, cada vez que el motor se calentaba un poco, el interior del coche se llenaba de un hediondo olor dulzón a carne pocha tostándose. Y si encendias la calefacción, te daban ganas de saltar del coche en marcha.
Es el único que me parece bonito.
Hoy tengo un Mini. Y la única razón para tener ese coche, es que es el único que me parece bonito. Los mendrugos de mi urbanización se rien de mí, me dicen que es un coche de chicas, me llaman maricón, y se marchan, partiéndose, en sus monovolúmenes, donde tienen bonitas pantallas de dvd con las que atontar a sus hijos desde la cuna. Y a mí, francamente, me la bufa, porque me llevan llamando maricón desde que con 17 años me hice tecno-punk y me teñí el pelo.
Por todo esto que les he contado, entenderán que me entre la risa floja cada vez que escucho “Cadillac solitario” ¿Un artista que va del rollo “voz de la calle” o “poeta urbano”, y que cuenta en su canción que echa de menos a una chica mientras va montado en su Cadillac? ¡Por favor, en el Clot nadie tiene un Cadillac! Aunque, eso sí, reconozco que “Cientoventisite solitario” no tiene el mismo gancho.
A lo que vamos: “Cadillac solitario”, de Loquillo y los Trogloditas, independientemente de mis traumas, es una de las baladas rockeras más bonitas que se han escrito en España. Fue incluida en el disco El ritmo de garaje, junto con otros míticos temas como “Quiero un camión”, “Barcelona ciudad”, o el tema que da título al disco, y compuesta por el autor de las canciones de la “epoca dorada” de Loquillo, Sabino Méndez. De hecho, cuando se deshizo el binomio Loquillo-Sabino, y este último dejó de componer para el primero, la carrera del cantante barcelonés fue de lo ridículo a lo simplemente idiota. Bueno, hace poco ha sacado un disco titulado “Balmoral”, y la crítica le ha puesto muy bien, han dicho que Loquillo vuelve a estar inspirado, que vuelve a ser un rebelde… Pamplinas, es un disco de un señor viejo, cantando chorradas de señor viejo.
Cuando habla sube el pan.
Loquillo es uno de esos personajes imprescindibles dentro del rock patrio. Con él mantengo una curiosa relación amor-odio (como con casi todos los artistas que me parecen interesantes). Por un lado, Loquillo ha cantado algunas de las mejores canciones del rock en español (“Leyenda”, “Chanel, cocaina y Don Perignon”, “Coleccionistas”, “El rompeolas”, “Siempre libre”, “Rock´n´roll star”… la lista es interminable). Además, empezando en un mundillo tan sectario como el rock de tupé, supo abrirse camino a través de otros estilos, como el punk (siempre defendió a grupos como los Clash o los Ramones, e hizo un dueto con el cantante de los Stranglers, cantando “Heroes”), o el jazz y el swing (canciones como “En Dino´s a las diez” es todo un homenaje a los crooners de Las Vegas), en lugar de quedarse anquilosado en el rockabilly, como el tarugo de su amigo Carlos Segarra. Pero, por otro lado, Loquillo es un personaje insufrible, de esos que, cuando habla, sube el pan. A veces dice cosas interesantes, pero lo dice con tal chulería, autosuficiencia y rollo perdonavidas, que no atiendes al fondo y solo te quedas en la forma. Su actitud es de Macarra fino, o Barriobajero cultivado, como diciéndote “Tío, soy mejor que tú. Yo salí del gueto, a base de ser más listo que nadie, y ahora mi voz es la voz del pueblo, pero ten cuidado conmigo, porque sigo siendo un tipo duro y te puedo meter dos hostias”. Ah, y que no se me olvide su legendaria propensión a soltar perlas. Como aquel día en que se le ocurrió dar un concierto en la fiesta del PSOE, y un periodista le preguntó por qué había tocado allí. Nuestro amigo le contestó:

- He tocado para el PSOE porque mi padre militó en la CNT.

Con dos cojones, mi niño. Como si tuviera algo que ver la gimnasia con la magnesia.
De todas formas, a mí que no me jodan: prefiero mil veces personajes como Loquillo o Alaska, extremos, contradictorios, a veces tendentes al patetismo, el espantajo y la tontuna, sí, pero infinitamente mas divertidos e interesantes que esos huevos sin sal, políticamente correctos que existen ahora en el pop patrio. Y es que, si me dicen que el recambio de Loquillo es David Bisbal, me nacionalizo noruego pero ya.
Y para terminar, una reflexión ¿por qué Loquillo no puede cantar “La mataré”, por hacer apología de la violencia machista, y sin embargo, grupos como Los Chichos o Los Chunguitos van por ahí cantando sus alegres rumbas, que hablan de asesinar a su hembra porque les ha dejado por otro tipo, y no les ponen ningun problema? Lo plantearé de otra manera ¿Qué da más miedo en nuestro país, que te acusen de machista maltratador, o que te acusen de racista intolerante?

Olloqui

Olloqui lleva muchos años vinculado a la cultura popular, y vive en el extrarradio madrileño. Es amante del cómic y el cine de marcianos. Ha tocado en varios grupos pop, como Bishop, Ill Planet, Criaturas Celestiales o Moscú. Ahora, junto con Carol Spengler, Sergio Igor y Javi Olloqui, hace lo propio en nO!. Llegó a la literatura por casualidad, cuando decidió escribir sus memorias. "Vivo en Móstoles y eso explica gran parte de mis fracasos". Así empezaba el manuscrito que nunca acabó. La insistencia de sus amigos de Prótesis le ha llevado a escribir esta columna de opinión, El cowboy japonés, desde la que denuncia realidades dolorosas e injusticias sociales, siempre con Móstoles como tema central, y sus canciones favoritas como principal herramienta crítica.
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