Aquella noche la lluvia azotaba el callejón

Como todos los días a esas horas, estaba asomado...
Julio, como todos los días a esas horas, estaba asomado al ventanal de su salón. Vivía en el primer piso de un edificio situado en una calle de poco tráfico. Justo frente a su ventana, al otro lado de la calle, había un pequeño y oscuro callejón donde eran depositados los cubos de basura.
Llevaba dos años en una silla de ruedas como consecuencia de un accidente de motocicleta ocurrido cuando volvía de unas cortas vacaciones cerca del mar.
Salía poco de casa, era ayudado varios días a la semana por María, una madura mujer colombiana, que le arreglaba la casa y le preparaba la comida. Las mañanas las dedicaba a escribir en su ordenador. Escribía novelas de intriga, de acción: una ironía del destino.
Aquel día ya había cenado, María se había marchado dejándole, como siempre, sentado junto a la ventana. Pasaba un rato observando la escasa actividad de la calle antes de pasar de la silla a la cama y ponerse a leer hasta que el sueño le vencía.
Encendió la lámpara de pie. La lluvia azotaba el callejón. Apenas pasaban personas o vehículos por la calle. Parecía que todo el mundo se había escondido en sus casas.
Iba a retirarse cuando un automóvil se paró junto al callejón, se apagaron sus luces y el hombre que lo conducía permaneció sentado junto al volante. Julio le observó con curiosidad. Nada ocurría. El hombre continuaba al volante. La única actividad que desarrolló fue encender un cigarrillo y fumarlo con parsimonia. Después de aplastar la colilla en el cenicero salió del coche y mirando a ambos lados de la calle se dirigió lentamente hacia el maletero, lo abrió y sacando de él un pesado bulto lo depositó en el callejón. Al volver al automóvil fue cuando se quedó un instante mirando a la ventana donde Julio se encontraba. Éste se sintió observado y apagó la luz. Su silueta en ese momento desapareció, pero el hombre volvió a mirar hacia él mientras subía al vehículo, arrancaba el motor y dejaba libre la calle.
Quedó paralizado mientras observaba el callejón queriendo distinguir en la oscuridad el bulto que el hombre había depositado. No era capaz de abandonar su lugar de observación. Finalmente se acostó aunque no pudo dormirse, una extraña sensación de placidez le invadía.
Habían pasado varias horas cuando el sonido penetrante de las sirenas de una ambulancia y de varios coches de policía le hizo volver a la consciencia. Se arrastró a su silla y se asomó a la ventana. Una veintena de personas se arremolinaban iluminados por las parpadeantes luces de diferentes colores de los vehículos parados junto al callejón. Al cabo de media hora transportaron en una camilla lo que parecía ser el cuerpo de una persona. Estaba amaneciendo. Los vehículos comenzaron a marcharse y poco a poco la tranquilidad volvió a la calle.

Ese día no pudo seguir su rutina. Cuando María llegó para arreglar la casa le encontró sentado en su silla y con una actitud reflexiva. A María le extrañaron los monosílabos con los que la atendió aquella mañana. Julio era, desde que le conocía, un joven hablador, pero María no dijo nada.
Por la tarde estuvo un rato en la ventana pero más distante que de costumbre para que su silueta no fuese observable desde la calle. Tampoco encendió la luz. El día pasó.

A la mañana siguiente María intentó saber que le pasaba ya que mantenía la misma actitud que el día anterior, pero Julio seguía ausente, absorto en sus meditaciones. María comenzó a preocuparse.
Repitió su presencia en la ventana. Al anochecer un hombre con sombrero se paseó lentamente dos veces por la acera de enfrente con un andar despreocupado. Julio se percató de que había pasado en primer lugar de izquierda a derecha y posteriormente en sentido contrario, pero no observó nada extraño. Al cabo de media hora volvió a pasar el mismo hombre, pero esta vez miró hacia la ventana y la señaló con los dedos índice y corazón de su mano derecha. A Julio se le cortó la respiración y echó para atrás su silla hasta alejarse de la ventana.

Pasaron dos días y seguía sin ponerse a trabajar en su novela. No sabía bien porqué mantenía esa situación, porqué no pedía ayuda a su amigo Antonio con el que, en ocasiones, paseaba por el barrio, porqué no decía nada a María. Se sentía solo y amenazado. Estaba paralizado. Decidió escribir en su ordenador lo que estaba viviendo desde el día en que el automóvil se paró frente a su casa. Ya no quería mirar por la ventana. No quería volver a ver a aquel hombre. Llevaba media hora de frenética escritura cuando sonó el teléfono. Lo cogió con temor. Nadie contestó al otro lado del auricular. Colgó. Envió el documento que había elaborado a su amigo. Luego, ya más tranquilo, retomó la novela que estaba escribiendo.
Llamaron a la puerta y Julio la abrió. Era el hombre que aquella noche conducía el coche que paró frente al callejón. Tenía un aspecto duro y decidido. El visitante quedó perplejo por un instante al verle en una silla de ruedas con sus piernas inertes. Ambos quedaron paralizados. El hombre entró en la habitación y cerró la puerta.
Se sentó en silencio frente a Julio. Pareció como si el discurso que trajera preparado ya no le sirviera. Julio tomó las riendas de la entrevista.

- ¿Qué quieres decirme?
- He estado escondido y después de dos días he comprobado que no has avisado a la policía de mi presencia en el callejón. ¿Por qué no lo has hecho?
- No vi nada.
- Muchacho, no puedes mentirme. Te vi perfectamente apagar la luz y retirarte de la ventana.
- Sí, pero lo que vi no tiene nada que ver conmigo. No pienso decir nada a nadie.
- Vengo dispuesto a acabar contigo. No quiero correr ningún riesgo y no puedo permitir que exista ningún testigo.
- Puedes estar seguro que no diré nada a nadie.
- No confío en ti.
- ¿Sabes quién era la persona que transportabas?
- No lo sé ni quiero saberlo. Sólo recibí el encargo de liquidarla y dejarla en ese callejón. Así lo hice. Y ayer cobré la segunda parte del servicio.
- Yo sí sé quien era. Se llamaba Luis Fernández y hace dos años me aplastó con su todo terreno cuando estaba parado en un arcén. Yo fui quien te encargó su eliminación a través de la persona que te pagó. Quería ver que su cuerpo fuese arrojado sin vida al callejón frente a mi casa. Puedes estar seguro de que no diré nada a nadie.

En ese momento volvieron a llamar a la puerta. Julio abrió. Era Antonio con cara de asustado.
- Antonio, te presento a Juan un amigo de la infancia.

Cuando María llegó a la casa a la mañana siguiente para realizar su trabajo encontró a Julio sentado en su silla mirando por la ventana, no contestaba a su saludo, dio la vuelta a la silla y vio aterrorizada que Julio tenía un orificio en la frente. La policía descubrió el cadáver de Antonio en un rincón, detrás de la cama.

Madrid, 25 de enero de 2010
Manuel Rodríguez

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