Primera impresión


Este no debe ser tu taxi.
No sé si ella se había fijado en mí pero yo llevaba ya un tiempo siguiendo sus pasos. Llevaba un tiempo observándola, viendo cómo trataba de tapar con el maquillaje y con esas ropas delicadas su ansiedad, su nerviosismo. La falta de tranquilidad se dibujaba en sus rasgos con precisión. Esa noche había cenado en un restaurante de fachada inconfundible, las vidrieras de aire medieval y un pórtico alto cuyo final casi escapaba a la vista. Y al fin salió. Salió sola, así que me di cuenta de que era el momento idóneo.
            Un taxi la esperaba en la puerta, y ella se dirigió hasta éste sin titubear. Entonces me acerqué, con naturalidad, como quien pasea sin prisas y sin rumbo fijo. Y me dirigí a ella directamente.
            -Este no debe ser tu taxi. No puede serlo –Yo lucía una sonrisa discreta y quizás fuese eso lo que hizo que no desconfiara de mí.
            -Te debes equivocar de persona –En su gesto se mezclaban la diversión y el desconcierto. Fue la primera vez que la vi sonreír y salir de su gesto apesadumbrado.   -No creo que me confunda. Déjame que te lo pregunte una vez más: ¿es este tu taxi? –Ella asintió y extendió las manos, dando a entender que no era el momento, que se debía marchar. Y así lo hizo, entrando en el taxi con movimientos suaves, ágiles, aún sonriendo para sí misma, a la vez que desconcertada por lo que ella consideraba un malentendido. El taxi arrancó y yo quedé atrás, de nuevo caminando sin prisas, hacia ninguna parte, disfrutando el silencio de la noche.

Pocos días después, pasaba la tarde en una cafetería del distrito de negocios de la ciudad. Una de esas cafeterías en las que el cliente se puede servir y elegir la comida en función de su dieta y sus necesidades.
            Llevaba cerca de dos horas allí sentado, apurando un té helado, y seguramente ya había visto a todos los trabajadores de las diversas empresas de la zona, pues éstos entraban rápidamente, comían algún sándwich y una infusión, y salían pletóricos de energía, a continuar con esa hoja de cálculo que se resistía, con esa factura pendiente de sellar, qué sé yo. Con todo, imagino que debí pasar desapercibido a las camareras, que hacían cualquier cosa –reponer cámaras frigoríficas, sacar otras modalidades de comidas- con tal de no pasar mucho tiempo frente a los clientes.
            La prensa económica nunca me ha resultado interesante. Aunque, a decir verdad, no sé si llegaría a resultarlo, pues no la comprendo demasiado bien. Pero allí estaba, hojeando un tabloide de papel salmón, que no dejé de mirar ni cuando apareció ella. Noté su mirada fija en mí y decidí corresponderla, así que estuvimos mirándonos unos segundos. Yo le dedicaba un gesto de fingida sorpresa y ella estaba a punto de sonreír.
            -¿Entonces trabajas por aquí?
            -Como tantos otros –le dije.
            La conversación distaba bastante de ser fluida. Indecisa, se alejó ligeramente de mí hasta alcanzar la nevera en la que estaban las bebidas; cogió una botella de agua mineral.
            -¿Te espera hoy otro taxi?
            -No. Me esperan en casa.
            -Podría acompañarte.
            -Sospecho que no podría hacer nada por evitarlo –dijo en un tono que se pretendía hostil sin serlo.
            De esa manera salimos a la calle. Seguramente ella había hecho alguna hora extra, pues poco quedaba del bullicio, del ajetreo de maletines y ordenadores portátiles.
            -¿Nos conocemos de algo?
            -¿Crees que es esa la pregunta más oportuna? –Con mi sonrisa hubiera conseguido hacer triunfar la peor pasta dentífrica.
            -Entonces, ¿todo esto?
            -Te ganaste mi atención; estas cosas son así.
            Seguimos caminando hacia su garaje. Entonces su actitud cambió; la broma se alargaba más de la cuenta. Desenfundé mi pistola con silenciador y disparé contra ella, que se convulsionó y tembló ante el disparo. Fue muy rápido, pero tuve la sensación de que se prolongaba el tiempo; pude ver sus espasmos, la sangre brotar, los ojos mirando, ojos de miedo, su último aliento.
            No me dio tiempo a decirle que no era nada personal; obedecía órdenes igual que obedece un peón de albañil o una secretaria eficiente. No pude decirle que para mí no fue una fuente de satisfacción matarla, aunque tampoco me pesará en la conciencia. No pude decirle que le había correspondido el papel de víctima.

David G. Panadero


      

Publicar un comentario en la entrada