El caso del anillo de los filósofos. Randall Collins

   
La imagen de las legendarias ciudades universitarias Oxford y Cambridge, no deja de tener, para el común de los mortales, un cierto atractivo, un cierto aire a parque temático de altura: nobles edificios victorianos que irrumpen severos, en praderas de césped recién fresco y cortado, que recorren a paso urgente sabios atribulados intentando aprehender la (pen)última ecuación, implacable y atroz, facturada por sus neuronas, mientras impecables hijos de lores, ataviados con bombachos, chalecos y pajaritas recién planchados, fulminan impasibles el último record de remo en el lago adyacente mientras esperan la hora de recluirse en sus habitaciones para degustar sándwiches de pepinillo y amores inconfesables sin ofender jamás a la flema ni al té de las cinco.

Ese, tal vez, y no otro ha sido el planteamiento de Randall Collins al escribir El  caso del anillo de los filósofos. La primera parte del libro es una visita guiada por los colleges de  Cambridge en la que el lector sería el turista y Holmes y Watson los guías que sirven de excusa para presentar a los míticos sabios de los turbulentos primeros años del siglo pasado: Russell, Keynes Wittgenstein, Ramanujan, Strachttey que se describen levemente caricaturizados, con manías, achaques y rencores, y cuyos descubrimientos y teorías se presentan al lector de forma comprensible y didáctica.

Es revelador el quinto capítulo en el que, en un explícito homenaje a la Alicia de Carroll, los personajes se comportan como los del inmortal libro durante un paseo del detective y el doctor por los jardines de la universidad. Si se paran a pensarlo, el País de las Maravillas es el primer parque temático. Este capítulo es, a mi modo de ver, una declaración de intenciones.

Y si la Primera parte es un tour guiado por un recinto cerrado, la segunda equivaldría a las excursiones programadas en todo pack turístico que se precie, en la que Holmes y Watson recorren las sociedades secretas de Londres de pre-guerra para encontrar al mítico Aleister Crowley, el legendario mago, místico y charlatán cuya figura (aún hoy en día) sigue suscitando curiosidad y admiración.

Todo lo anterior no tendría mayor o menor importancia, si la novela no fuera tan bienintencionada y correctamente narrada como magníficamente plúmbea. Nunca remonta el vuelo. Lastrado por un exceso de didactismo que obliga a que los personajes suelten, a la primera de cambio, espesas lecciones magistrales, el libro consigue la indiferencia del lector a base de renunciar a toda naturalidad, frescura o estructura narrativa para convertirse, poco más o menos, en una larga chuleta apta para aprobar el examen de Filosofía de la selectividad.

Siempre, eso si, que no rebusquen mucho las preguntas.

Editorial Valdemar, 1992
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Luis de Luis
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