China girl


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Confidencial y secretito...
Olloqui es batería del grupo tecno-punk Igor Spengler. Macarra sideral y mostoleño de nacimiento –evitaremos buscar relaciones causa-efecto entre ambas condiciones–, en su columna de opinión “El cowboy japonés” nos ofrece su óptica sobre el género negro, el crimen organizado y sus suburbanas referencias culturales. Leer para creer.

Si la vida real fuera como las pelis porno, además de constatar que a las mujeres les gusta acostarse en la cama con zapatos de tacón, llegaríamos a la desconcertante conclusión de que los hombres chinos no existen. Las chinas sí, pero los chinos no. Y es que, el mundo chino está lleno de misterios: su milenaria cultura, sus ancestrales tradiciones, su enigmática belleza, cómo consiguen llevar siempre el pelo tan liso (aunque llueva), o por qué bautizaron a un plato con un nombre tan asqueroso como “hormigas suben al arbol”.
Hay una leyenda en Móstoles que, como casi todas las leyendas, debe ser falsa: Un chino había pillado de traspaso un bar de los de toda la vida (otro misterio chino: se hacen con un bar y ni le cambian el nombre, se sigue llamando “Bar los toreros”, con dos cojones). Un día, casi a la hora de cerrar, entró un tío con una navaja y le exigió al chino toda la pasta. El chino le dijo que tenía la caja guardada debajo de la barra, y que la sacaba de inmediato. Bueno, en verdad me contaron que dijo: “Espela un momento, no te pongas nelvioso, que ahola te doy todo el dinelo” (humor mostoleño, ustedes sabrán disculparnos…). Cuenta la leyenda que, en lugar de un jugoso botin, lo que salió de debajo de aquella barra fue un hacha que, en las expertas manos del chino, fue a clavarse en la mitad del melón de aquel infortunado caco. Aquel justificadísimo homicidio, habría convertido al humilde camarero en una especie de semidiós para la comunidad oriental. Como no podía ser de otra manera, movido por la curiosidad, visité aquel establecimiento, acompañado de mi señora y de mi mostoleño y heavy amigo Edurocks. El chino seguía, modestamente, despachando a la parroquia desde su barra, ajeno a la leyenda que se había forjado a su alrededor. Pedimos unos botellines, servidos con diligencia, y amablemente acompañados de un platito de panchitos rancios. Evidentemente, la leyenda tenía que ser falsa, porque, de haber sido cierta, aquel hombre estaría en prisión, y no despachando cafés con leche. A pesar de eso, no pude dejar de sentir cierta emoción al imaginar a aquel heroe de ojos rasgados, hacha en mano, como una suerte de Conan oriental, defendiendo su patrimonio.
Y es que, a poco que divagues, te puedes imaginar a cualquier chino defendiendo la caja del día como si defendiera el honor de una madre. Les va la vida en ello. Si son ciertas las noticias que se dan en los medios, cada chino contrae una deuda con la mafia china, deuda que debe pagar puntualmente. Y hablo de “las noticias que se dan en los medios” porque un chino jamás suelta prenda. La ropa sucia se lava en casa. Y ese es el gran poder de la mafia china: su discrección, su invisibilidad. El resto de las mafias, basan su poder en hacerse muy presentes, en el miedo, en el ruido de sus cargadores al vaciarse. La mafia china es, por el contrario, silenciosa. Sus actividades delictivas se desarrollan, principalmente, contra sus propios compatriotas. Por ese motivo, cuando ese sonriente hombrecillo de la tienda de la esquina me da el cambio despues de comprar el pan y una lata de anchoas, fantaseo imaginandolo como una encarnación moderna de un guerrero de terracota de Xian, y la trastienda decorada con las cabezas de sus enemigos.
Para este artículo se me ocurrían un montón de canciones que hablan de chinos y chinas: podría haber hablado del “White china” de Ultravox, del “Chinese rock” de los Ramones, podría haber hablado de China crisis, incluso podría haber comentado el simpático “Super disco chino”, de Enrique y Ana. Pero, por respeto a todos esos amigos de ojos oblicuos que nos venden hielo para los cubatas a las once y media de la noche, traigo esta canción que habla de una chica china de porcelana: “China girl”, del enorme David Bowie.
De Bowie me gustan hasta los andares. Es, seguramente, uno de los mayores artistas que quedan vivos. Su capacidad para asimilar por donde van a ir los tiros, y ser siempre tendencia, de una manera natural (y no de una forma forzada como, por ejemplo, le pasa a Madonna), le han hecho tener mil caras: empezó en el glam, siguió en la psicodelia, pasó por el tecno, por la new wave, por el krautrock, el soul, el funk, incluso le dio por hacer hardcore (con Tin machine) o drum´n´bass. Todo ello, por supuesto, poniendose hasta el culo de sustancias (legendario es su apego a la farlopa). Y como ya se ha explicado miles de veces lo grande y genial que es, yo, por llevar la contraria, voy a decir dos cosas malas de él: primera, que él fue quien inventó aquel horripilante peinado, que adornó las cabezas de un buen montón de gañanes en los ochenta, y que consistía en llevar el pelo corto y de punta por adelante, y largo y liso por detrás; y segunda, que el tema “Under preassure” lo hizo con el grupo mas odioso de todo el orbe musical (y mira que hay donde elegir): Queen. Por qué el Duque blanco se rebajó a trabajar con esos pseudo humanos con tendencia al sudor, el punteo y la teatralidad mas zafia, es algo que se escapa a mis cortas entendederas. Sólo puedo encontrar dos explicaciones: sexo o drogas. Y no diré más, porque me estoy calentando.
¿Qué tiene “China girl”? Puro Bowie de los 80: pop elegante y sofisticado, toques de electrónica, voz sensual… y Marlon Brando. El tema, como no podía ser de otra forma, fue otro melocotonazo del pasadisimo Bowie de la época, y recibió entre otros, el premio MTV del año 84 al mejor intérprete masculino por esta canción.
Y para terminar, un chiste que me contó un inglés: ¿Por qué las bragas de las chinas tienen dos agujeros? Para meter las piernas. Prometo que no me lo acabo de inventar, es totalmente cierto que me lo contó un tío de Birmingham. Para que vean ustedes que la tontuna no entiende de nacionalidades.

Olloqui

Olloqui lleva muchos años vinculado a la cultura popular, y vive en el extrarradio madrileño. Es amante del cómic y el cine de marcianos. Ha tocado en varios grupos pop, como Bishop, Ill Planet, Criaturas Celestiales o Moscú. Ahora, junto con Carol Spengler, Sergio Igor y Javi Olloqui, hace lo propio en Igor Spengler. Llegó a la literatura por casualidad, cuando decidió escribir sus memorias. "Vivo en Móstoles y eso explica gran parte de mis fracasos". Así empezaba el manuscrito que nunca acabó. La insistencia de sus amigos de Prótesis le ha llevado a escribir esta columna de opinión, El cowboy japonés, desde la que denuncia realidades dolorosas e injusticias sociales, siempre con Móstoles como tema central, y sus canciones favoritas como principal herramienta crítica.
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