Los asesinos en serie. A propósito del libro de Mesrine


Reproduzco tal cual el texto aparecido en Liberty.

Mi amigo Pino Maio, de la librería Enclave de libros, me ha remitido un extenso artículo, que ha dividido en cinco partes, sobre los asesinos en serie. Son unas reflexiones sobre la novela negra a propósito de la presentación del libro de Mesrine, Instinto de muerte y una especie de preparación para unas jornadas sobre novela negra que se impartirán en la librería el próximo curso. Con él quiere abrir un debate sobre la novela negra. Están ustedes invitados a participar.

Transcribo aquí el artículo presentado en dos etapas.

Etapa primera


Primera parte

Un periodista americano, Devon Jackson, escribía en los años ’90, en el popular semanario de NY The Village Voice, que los “asesinos en serie” parecen estar por doquier, entran en el mecanismo y en el plot de cualquier cosa, desde los seriales de televisión a los muchos thrillers cinematográficos, aparecen en las exposiciones de las galerías de arte, en los tebeos y en los cromos. Un fenómeno del cual la profesora de estudios americanos en la Universidad de Nuevo México Jane Caputi, autora del libro The age of sex crime, intentó una síntesis de esta manera: “Los asesinos en serie son el emblema de nuestra misoginia cultural y, a nivel de microcosmo, el equivalente de la tecnología que producimos: bombas de neutrones vagantes por las calles en busca de victimas.”

En un sistema uniformado por normas de control cada vez más estrictas y una caracterización de la desviación como sombra del Mal, el criminal común ha sido desplazado por el terrorismo (la verdadera pesadilla pánica del sistema), en un limbo mítico/mediático. Hoy se configura como anticuerpo publicitario y literario. El cine, las novelas, las autobiografías lo retratan como antihéroe, explorador de los límites, encarnación de la sombra, del inconsciente.
La evidencia cultural de la Sombra se revela en presencia de la máxima luz. La Sombra, en virtud de esa luz se ha transformado culturalmente en el Mal Social, un humus pervasivo. La Luz…¿qué es? Es el máximo de la visibilidad. Entonces, sobre todo, luz mediática. En el máximo de visibilidad hoy hay el riesgo de vehicular los mayores engaños para el hombre – ese hombre que no quiere descubrir ese lado oscuro positivo, nacido neutral por lo que nos cuenta la filosofía de Jung – y de consumir delitos monstruosos, a partir de aquellos que filósofos como Jean Baudrillard han definido “el delito perfecto de la desaparición del real” o de la desaparición de los eventos, o sea alucinaciones mediáticas a ojos abiertos, millones de ojos abiertos a la vez, sincrónicamente fijos. Esa luz mediática es la luz del consumo y de la conexión infinita entre los seres, de la velocidad evenemencial y de la sincronicidad epitelial, de cuerpos cuyos sentidos se han visto suplantados por un sentido de la vista macrocefálico.

Segunda parte

Los criminales cuyas gestas vienen mediatizadas entran a formar parte de una alucinación mediática consensuada. Por ejemplo, las entrevistas a Bin Laden: aunque diferente o disfrazado, el espectador siempre creyó que fuese él mismo delante de la cámara. Y es que vemos tan solo lo que queremos ver, sobre todo cuando nada se interpone entre nosotros y la verdad a nuestro alcance.
Más allá de la Luz Filosófica del Mal, que es la de la máxima visibilidad-expuesta (al punto de volverse invisible y no percibirse), el periodo del nacimiento de la luz mediática se puede bien ilustrar con un par de singulares coincidencias temporales: Dr. Jeckill y Mr. Hide y Jack el destripador, respectivamente de 1886 y entre 1887 y 1889, que coinciden con la definitiva afirmación del periodismo profesional, dirigido a todas las clases sociales, sobre todo hacia la cultura de la noticia como mercancía, totalmente volcada a despertar la máxima emotividad (paradójico como de los asesinatos de Jack vienen suministradas las descripciones más espeluznantes). Es el nacimiento también del moderno homicidio ritual, como desafío narcisista a la pulsionalidad de uno mismo, que nace como lenguaje cifrado para ser enviado más allá de este inmenso reflector. El homicidio como representación de la sombra de quien lo perpetra y de quien lo degusta desde las páginas de los diarios; de aquí nace el subgénero de los asesinos en serie, de la conciencia de la complicidad-inevitable como involuntaria- mediática de parte de quien infringe la ley, complicidad borderline entre imaginario y crónica: como si la misma luz iluminara al mismo tiempo la realidad y la ficción. Los asesinos en serie, además de un epifenómeno literario de gran éxito, son un fenómeno auténtico de la civilización moderna, urbanizada, hipertecnológica, nacida en contemporánea con el periodismo profesional, el psicoanálisis y la expansión de aquellas que Paul Virilio llama ciudades pánico.

¿Cual es el elemento mítico más acuciante del concepto de Apocalipsis? Pues el contagio- concepto no solo referible a las varias SARS, gripes aviarias, Ebola, Sida- como contagio psíquico, morbo pervasivo de la mente, que a la luz extrema del sistema mediático mundial, puede multiplicar exponencialmente las bombas-serial killers dejadas libres de vagar por el planeta.

Ejemplo del contagio comunicativo incluido en la matanza de Bel Air, el síndrome casi terrorístico que tuvo por protagonistas maniacos y asesinos en serie tomando en préstamo-con la complicidad de la inevitable luz mediática- la finalidad comunicativa y aterradora.

Después de la catástrofe, del sentido y de la realidad a través de su súper exposición informacional y visual, el criminal excepcional, quien nunca pasa por el estadio común, y se produce de inmediato como descomunal, reiterativo, frío y determinado (como en todo momento Mesrine), se pone como apóstol del Apocalipsis, anticristo, rechazo de cualquier redención que no sea la suya, inmediata, pulsional, liberada del tiempo y de sus mecanismos de control y servidumbre.

Tercera parte

La figura de Mesrine, erguida a pre-texto, se constituye como seductora intersección de distintos niveles de rechazo y evocación de un imaginario hecho pedazos: del tiempo (explícitamente, como epidérmica intolerancia a los lazos de la normalidad vivida como monstruosidad y servidumbre, la histeria de los desplazamientos, el recorrido por medio mundo); del territorio (la huida, la invasión, la evasión, el atraco); del cuerpo y de la identidad (el disfraz, la transformación, el camouflage); de la palabra (transformando con su autobiografía la realidad en ficción, novela negra). La palabra, reconducida a forma de reconstrucción mítica de la norma infringida, sirve para dar cuerpo a esa vertiginosa carrera en competición y seducción inevitable con la visibilidad mediática. Mesrine es vanidoso sobre medida, adora su propia exposición en los medios, es consciente de su cautividad fatal a esa luz: entre el arrepentimiento y la modulación sentimental de sus fechorías, elige la aceleración, en respuesta a la inmovilidad del real, en la que le parece todo estancado, elige la aceleración exponencial de los eventos, se nutre de hechos audaces, trae placer de la adrenalina y del olor a pólvora. En definitiva de su propia imagen, una imagen de acción total y de pocos esenciales principios: honor, venganza, seducción, fuerza, dinero. La honda sensualidad de la misma muerte.


Pino Maio. Librería Enclave


Fotografía: Mesrine entrevistado para

Paris Match
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