El fantasma de Stalin. Martín Cruz Smith


Martin Cruz Smith utiliza una intriga que se enrosca sobre sí misma hasta el desinterés y el aborrecimiento


¡Vacaciones siberianas!


Para unas cuantas generaciones de caducos maltrechos, entre ellas la mía (ya que lo preguntan es la de los cuarentaycincuentones) la Caída del Muro significo que se nos cayeran, de paso, algunos palos del sombrajo, y por mucho que hayan pasado un par de decaditas (tiempo suficiente para asimilarlo) el final de la Guerra Fría sigue siendo algo traumático.

Arkady Renko, un justiciero
 apampanado, ciclotímico y pichafría

Me explico: allá por el entonces de nuestra dorada niñez, sabíamos que a este lado del Muro se ubicaba la Arcadia feliz y que nosotros, de mayores, seríamos sus BondsJamesBonds paladines de un idílico Camelot, abarrotado de libérrimas (y ubérrimas) tías macizas e irrigado por un inagotable caudal de Martini Tm. con Vodka (sacudido no agitado); al otro lado de la Muralla (dum dum, ¿quién es?) se cobijaba, claro, la infamia químicamente pura, transubstanciada en seres diabólicos y grisáceos, macerados en planes quinquenales, vacaciones siberianas, torneos de ajedrez, vodka de garrafa y crueldad infinita para maquinar una revolución tras otra que pusiera de rodillas nuestro Paraíso Terrenal.


Y mira tú por donde, el día menos pensado, va el puto Muro de los cojones y se cae sin avisar, dejándonos a todos los súbditos del Imperio Hacia Lincoln que vivimos a este lado de Occidente, como vacas sin cencerro, desubicados y desnortados, sin saber qué opinar, ni dónde posicionarnos (¡bonito palabro!) en la nueva situación geopolítica.


Como, afortunadamente, Dios aprieta pero no ahoga, especialmente a nosotros, la Comunidad lectora (bonito palabro, again) que siempre tenemos un escritor para un descosido como Martin Cruz Smith, nativo de Pennysilvania (región, como ustedes saben, lindante con la baja Ucrania), que ha tenido a bien tomar a su cargo la didáctica labor de ilustrar al resto de sus congéneres sobre la vida diaria en la Rusia actual, mediante una serie de novelas policíacas protagonizadas por el detective Arkady Renko, como El fantasma de Stalin (2007).


Utilizando una intriga que se enrosca sobre sí misma hasta el desinterés y el aborrecimiento, Cruz Smith narra las encuentros y desencuentros de una serie de personajes delirantes, a saber: una arpista que se pluriemplea como acróbata de striptease y como matona free lance, lo que le deja ratos libres para ejercer de modelo tía buena, y que es coleguita de unos policías que hicieron sus pinitos represivos en Chechenia e intentan hacerse camino en el azaroso mundo de la política reivindicado a la vieja y querida URSS. Con este propósito han encargado a dos hippies americanos una ingeniosa campaña de publicidad que consiste en que la wenorra de hace unas líneas grite en el Metro que ha visto a Stalin y que un montón de viejos que le están mirando las tetas, digan que ellos también. A esta tropa hay que añadir un carcamal senil y resabiado empecinado en mantener viva –junto a cuatro colegas del asilo- la llama del Partido Comunista, y un niñato aún más irritante y pedante que el Monchito de Jose Luis Moreno, que se pasa toda la novela agarrado a la perra de ver –en carne viva- al monstruo del Lago Ness (¡en mitad de Siberia!) y que es hijo adoptivo del detective del asunto: el citado Arkady Renko, un justiciero apampanado, ciclotímico y pichafría (para que se hagan una idea: como el Imanol arias de Cuéntame pero en ruso) que se pasa la novela recibiendo (merecidas) tollinas del resto del elenco.


Pues toda esta tropa se pasa el libro trotando por Moscú y dándose de bruces los unos con los otros (ya se sabe que Moscú es como Vitigudino, que no hace falta quedar, que es salir a la calle y encontrarse a todo el mundo) y lo celebran dando de comulgar al citado Renko, que para eso es el protagonista y para eso acabará desvelando (¿o qué se creían?) el gran secreto criminal que se agazapa detrás de tanta ida y venida: Una trama de contrabando de ¡¡¡alfombras!!!!


Aunque de la descripción anterior podría indicar que estamos ante una novela que inaugura una nueva era en la literatura de humor, una nueva manera de narrar que reúne en armonía las mejores virtudes de Tolstoi y las mayores cualidades de Mariano Ozores, el caso es que Martín Cruz Smith no quiso, en ningún momento, escribir una farsa vodevilesca sino una novela que taladrase hasta el tuétano de la sociedad rusa para mejor entendimiento y comprensión de lectores de todas las razas y colores, y mucho me temo que no lo ha conseguido, ni de coña. Ya dije que la caída del Muro resulto traumática para mi generación, lo que nunca imaginé, hasta leer El fantasma de Stalin, es que lo hubiera sido tanto.

Emecé, 2009

Luis de Luis
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