El buscador obsesionado

Palabras por anuncios en la época del destape. Tributo necesario a Bárbara Rey, Nadiuska, Ágata Lys, Susana Estrada y otras viejas conocidas. El buscador Obsesionado, la novela de Andrés Campillo Bárez, puede ser entendida como una crónica generacional del despertar sexual de los ingenuos, boquiabiertos y ojopláticos adolescentes que vivieron esa “explosión de sexo” que ha venido a llamarse, la “Época del Destape”
 Esas publicaciones que nos trastornaron

Por mucho que a las nuevas generaciones les suene a neozelandés o a batallitas de malfollaos y tendrán, mucho me temo, razón, lo cierto es que los hoy cuarentones largos disfrutamos de un pasmoso y deslumbrante periodo de fascinación voluptuosa en el que las expectativas y perspectivas eróticas que, como un epicúreo abanico, se desplegaban ante nosotros parecían infinitas, inacabables e insondables.

Aquellos días ocurrieron en esa mítica época, hoy bautizada como los Albores de la Transición, cuando los varones de mi generación habíamos cumplido unos escasos 12 o 13 años y, de repente, nuestro quiosco de toda la vida apareció encapotado por publicaciones (seudo) eróticas –más de lo primero que de lo segundo– que trastornaron, tal vez irremediablemente, nuestro equilibrio físico, mental y emocional.

En las inolvidables páginas de las no menos inolvidables cabeceras de aquel tiempo (Yes, Clima, Papillón, el impagable Lib) legendarias starlettes como la hoy locuaz Bárbara Rey, la desgraciada Nadiuska, la desaparecida Ágata Lys, y la indescriptible Susana Estrada -mientras exhibían sus rotundas y lozanas carnes- se deshacían en veraces confidencias sobre lo fácil que era conquistarlas y prometían inenarrables placeres. Ni que decir tiene que, en este caldo de cultivo de aparente tolerancia, desmadre y depravación colectiva, las páginas de anuncios por palabras de los periódicos sufrieron una transformación propia del Dr. Jekyll prometiendo paraísos sexuales -dignos del Valhalla nórdico, la Arcadia griega o el Edén judeocristiano- al alcance de cualquiera que tuviera un teléfono a mano y unas pesetas de sobra.

La monserga anterior viene a cuento porque creo que El buscador Obsesionado, la novela de Andrés Campillo Bárez, puede ser entendida como, en cierta medida, una crónica generacional del despertar sexual de los ingenuos, boquiabiertos y ojopláticos adolescentes que vivieron esa “explosión de sexo” que ha venido a llamarse, la “Época del Destape”.

Así, Andrés Campillo narra las peripecias de Iván Sauquillo, quien emprende una tenaz caza y captura de la relación sexual perfecta: carnal, erótica, sin compromisos o ataduras, excitante y excitada y sensorial. Como Guía Michelín de su peregrinar, a Sauquillo no se le ocurre mejor ingenio que dejarse llevar por las promesas ingenuas y grandilocuentes contenidas en los anuncios de los periódicos. La novela consiste en la narración de los distintos episodios que le suceden del ingenuo protagonista en la búsqueda de la mujer perfecta, con las redactoras de los citados anuncios.

Como cabría imaginar, la sucesión de citas con las casadas insatisfechas, solteras en ayunas, drag queens, liberales ad hoc que esconden los anuncios no trascienden en cataclísmicos nirvanas sexuales sino en encuentros con personas más o menos patéticas, cariñosas, tiernas y desconcertadas. Más o menos como usted o como yo.

Narrada con naturalidad, utilizando una prosa intencionadamente coloquial y sencilla, El buscador obsesionado se hace un libro próximo y reconocible. La andanzas de Iván Sauquillo (un españolito “liberado” triscando entre españolitas “liberadas”) buscando su particular quimera erótica resultan, en el mejor sentido de la palabra, entrañables.

Por fín, claro, el protagonista acaba por encontrar a su Gran Amor y le sobrevienen, también claro, los inevitables y previsibles celos que le llevan a cometer un crimen pasional que le lleva a la cárcel.

Se me antoja que ese final, apresurado e incoherente con el tono y propósitos del libro, resulta innecesario. Además, si el autor quería castigar a su personaje hubiera bastado con haberle casado. Eso, si es una cadena: perpetua, atroz y devastadora.

Edición Personal, 2004

Luis de Luis

     

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