Con la pata quebrada y en casa (Cuatro cosillas que yo pienso a propósito de La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock)


Así querían ver antes (y ahora también) muchos hombres a sus mujeres: con la pata quebrada y en casa. Sin poder moverse, sin poder hacer nada que ellos no pudieran controlar

Un poquillo misógino 
Pero, ¿y si la pata quebrada es la de un hombre, qué ocurre entonces? Pues ocurre que la pata ya no es una pata sino una pierna, y esta pierna está convenientemente escayolada para que se cure pronto y bien, y el orgulloso poseedor de la tal pata (perdón, pierna) pueda volver a utilizarla para lo que guste. Entre estos gustos lo mismo puede encontrarse el pateo (o como se diga) de un pepino de béisbol que la patada en el trasero a la fulana (o sea, una mujer cualquiera; cualquier mujer) a la que el pierna sana acaba de dar riego. Cochino machismo.

ponerse hasta las pestañas de cine

No consta en los anales de Hollywood que Alfred Hitchcock o James Stewart fuesen especialmente machistas. Un poquillo misógino parece que sí que lo era don Alfredo. Eso al menos cuentan los cotillas disfrazados de historiadores del cinema en sus conspicuos escritos amarillentos (traducción: propios de la prensa amarilla) sobre el genio del suspense.

Pero lo que no podemos negar ni los más acérrimos defensores de las libertades individuales y del derecho de cada cual a ser como es –uno mismo, por ejemplo, tiene el derecho a ser el tarado mental que es, y si lo enarbola como bandera aquí y ahora, nadie debería quemársela (a la bandera de la taradez mental, nos referimos), alegando que la defensa de tarados y taradeces es una provocación que raya, si no sobrepasa, los sensatos límites que marca nuestra Carta Magna; nadie, pero nadie, ¿eh?, tiene derecho a quemar el derecho de otro a llevar bien alta la bandera de su taradez; dicho y escrito queda, y que no cunda mucho el ejemplo, no vaya a ser que los tarados, tarados mentales, acabemos siendo lo que ya parece que somos: el Sostén de la Patria–, pero lo que no podemos negar, y voy al grano (no caerá esa breva), es que Hitchcock era mirón. Sí, mirón, ¿o es que acaso no miraba nunca por el visor de la cámara y planificaba a ojo de buen cubero? No, él no era de esos directores –la mayoría, si queremos ser paquitos francos, perdón, un poquito francos–, que le decía a su operador: “Pon la cámara donde te salga de los cojones, y con que se vea algo me conformo”. Cualquiera que haya visto las películas, incluida, cómo no, La ventana indiscreta, sabe que eso no es así y que planificar planificaba el Hitchcock como Dios. Así, con “D” mayúscula y todo, para que nadie me acuse de ser un ateo descreído que no cree ni en el Hacedor.

¡Y cómo las hacía el Dios Hitchcock! Cualquier espectador que se precie –es decir, ése al que la estulticia ambiente no se le haya inoculado en las venas, ay, para siempre, y se haya convertido en lo peor de lo peor: un espectador depreciado; depreciado y despreciado por los ricachones de presupuesto, del tipo J. Cameron y compañía, esos mosquitos gigantes de la más terrible, terrible y temible, de las epidemias: el botaratismo. Enfermedad, el botaratismo de los botarates, todavía sin combatir por los Gobiernos ni las organizaciones internacionales, con la Organización Mundial de la Salud a la cabeza–, cualquier espectador que se precie, decía, escribía, sabe que el que salía tan orondo como figurante en sus propias películas era más listo que el hambre.

Pero para hambre la que cada vez sufrimos más los mirones, los espectadores que, aún no siendo gourmets, no llegamos a la categoría –si es que de una categoría se trata, y no de una perversión de las pestañas– de coprófagos. En cristiano, comedores de mierda. La mierda en forma de filmes que nos endilgan en cuanto que nos dejamos seducir por los cantos de sirena con que nos los venden.

Yo, y quizás otros como yo –pobres de ellos, pobres de vosotros, si aún queda por ahí alguno como yo; lo que os queda que pasar; las hambrunas de la Edad Media que tendréis que merendaros viendo lo que vemos; las vomitonas y los escalofríos que os sobrevendrán, que nos sobrevendrán, después de comer el pienso peliculero que nos echan de un tiempo (que ya parece eterno) a esta parte–, yo, y quizás otros como yo, decía, escribía, tendremos un consuelo en medio de la desolación y el hambre a los que nos están llevando los mercachifles del cine. El consuelo de volver a calentar la comida que algunos, tal que Hitchcock, nos dejaron echa.

Y para calentarla, sólo hay que pillar un canal donde pongan La ventana indiscreta, como hice yo un día de estos. Mano de santo contra la anemia. Un potaje de vitaminas que te deja, si no nuevo, sí por lo menos con las fuerzas suficientes como para seguir tirando, aunque sea balones fuera, lo que no es poco.

He dicho y escrito hace un momentito, y he dicho y escrito malamente, que la comida hitchcockiana –el gran banquete ferreriano, se podría añadir, adornando la cosita con su toque cinéfilo; por cierto, ¿quedan, quedamos, ya muchos que se acuerden de Ferreri, otro orondo como don Alfredo? La madre que me parió; lo que no devaste el tiempo, ese hijoputa–, he dicho y escrito hace un momentito, y he dicho y escrito malamente, repito, que la comida hitcockiana se podía calentar. Que cómo se va a poder calentar, si viene ya calentita, conservada en su punto. Sólo hay que mantener los ojos abiertos, y no cerrarlos, no, ni siquiera en la escena de la ducha de Psicosis, y ponerse hasta las pestañas de cine.

Releer lo que había dicho y escrito de tan obtusa manera –es lo que tiene tener la mollera más que flojilla y amortizada, consecuencia, sobre todo, de ver películas pajilleras del tipo Los abrazos rotos–, releer lo que había dicho y escrito de tan obtusa manera –y no me refiero, no, a la rotura de los tales abrazos–, releer lo que había dicho y escrito sobre recalentamientos hitchcockianos –borro lo de “tan obtusa manera” para no ser confundido con los obtusos profesionales; yo, un simple amateur, un aficionado; bético, por demás–, releer lo que había releído –y no quiero, aunque me gustaría, ponerme pesado– me ha llevado a tener, una vez más, que envainármela.

Entre unas cosas y otras, cuántas veces me la habré envainado hoy. Me hago la pregunta, pero no la respondo, no me la respondo, porque no quiero ni deprimirme ni, mucho menos, ensorbebecerme en mi envainamiento. ¡Ensorbebecerme! Llevaba años –¡años! ¡que no quede por exclamaciones!– deseandito utilizar esto de ensorbebecerme, y al fin lo he conseguido. Misión cumplida. Que no, que soy un tío que cumple sus objetivos. Que no tengo por qué deprimirme. Con lo de ensorbebecerme tengo ya bastante. 

Y después de explayarme a gusto, concluiré como pensaba concluir desde que empecé esto, cualquier cosa que sea esto: mirones somos todos, Hitchcock, el director; James Stewart, el protagonista, y tú y yo, los espectadores. Todos espectadores. Todos esperando a ver qué pasa. Pero si me admites un consejo, no mires tanto. Sobre todo, para arriba y para abajo. Si miras para arriba, te caerán las cagadas de los pájaros (incluidos los hitchcockianos), y si miras para abajo, verás los charcos en los que vas a meterte y las cagadas –no, no hay quien escape de ellas; a las cagadas me refiero; incluida ésta, que ya has pisado bien pisada si has llegado hasta aquí, y que estás a punto de terminar de leer–, y si miras para abajo, reitero, verás los charcos en los que no sólo vas a meterte, sino en los que ya te has metido, y en las cagadas que van dejando los perros en sus paseos, que, por esas cosas que tiene la vida, coinciden con los tuyos, igualmente perrunos.
Te aconsejaría mirar al frente si no supiera que mirar al frente supone ser una persona decidida, que sabe tomar decisiones, justo lo que tú no eres. Para ti el frente, o por mejor decir, la frente, ay, es el lugar de la cabeza, si es que todavía la conservas, con la que te vas dando contra las paredes. Incluidas entre las paredes, las ventanas indiscretas que nadie abrirá por ti y que permanecerán cerradas para siempre si no vas y las abres y dejas de ser de una puñetera vez un mirón con la pata quebrada, y en casa.

Merinero, febrero 2010
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