La fiesta de Orfeo. Javier Márquez Sánchez

Es bien sabido que la mejor manera de evitar que un dentista suelte al sádico que alberga y triture los molares ajenos hasta el tuétano, consiste en hacer un trato con el: agarrándole los cojones nada más desenfunde el torno y, mirándole con firmeza los ojos preguntas , “¿verdad que no vamos a hacernos daño?”


Respetando el canon


En cierto sentido, ese pacto existe entre el escritor de pastiches y los lectores, especialmente en el caso de Sherlock Holmes, el personaje en quien este subgénero de novela popular es toda una tradición. De acuerdo con ese trato, el escritor se da el gustazo de recrear al inmortal detective (para un escritor de género hacer un Holmes debe ser algo así como para un actor interpretar un Hamlet: llegar a la cumbre de la profesión) a cambio de respetarlo, con credibilidad, verosimilitud y coherencia,  y darle a los lectores una renovada dosis del placer que experimentaron con sus primeras aventuras de tan adictivo (en todos los sentidos de la palabra) personaje. Estos, a cambio de no ser defraudados, le premiaran con su fidelidad, aplauso y ventas. 

Londres, años 50: rastro del pasado victoriano

De acuerdo con lo anterior, el pastiche no es un subgénero de novela popular que se despache con una trama apañada, más o menos enterrada entre complacientes y aparentes guiños al lector sherlockiano, que suele ser difícil de conformar y está con la escopeta cargada al considerarse guardián de las esencias conandoylianas y no está dispuesto a que le toquen los watsons. Tengo para mí que Javier Márquez Sánchez era consciente de todo lo anterior y que por eso ha escrito La Fiesta de Orfeo con solidez y seguridad, sabiendo lo que hacía. El autor convierte en un protagonista más del libro al Londres de los años 50, recién ahuyentada la II Guerra Mundial, sin tiempo aún para llegar al esplendor superficial de los años 1960, ni a borrar el rastro del pasado victoriano. Una ciudad tan atractiva como tenebrosa.

Desde ese privilegiado escenario, Márquez Sánchez no pierde tiempo en disparar tres capítulos iniciales (el pavoroso asesinato de toda la población de una aldea a manos de niños; una bienhumorada exhibición de deducción holmesiana narrada con gusto y gana, y una secuencia de la intimidad doméstica y profesional de una actor de la BBC a punto de dar el “salto a la fama”: un tal Peter Cushing) que dejan al lector más esquinado en suerte, entregado y dispuesto a disfrutar.

Pues a disfrutar es a lo que se dedicó el autor al escribir La Fiesta de Orfeo y en lo que se empleará el lector durante las casi 400 páginas de la novela, recorriendo Londres, siguiendo las dos tramas paralelas de investigación; una “onírica” en la que el investigador es Cushing que recorrerá los ambientes cinematográficos asistiendo al nacimiento de la Hammer Films y se sumergirá en los cultos demoníacos y, por otro lado, una trama “racional”, guiada por Carmichael y Logan, trasuntos conscientes y asumidos, de Holmes y Watson.

Ambos argumentos que se narran con convencimiento y eficacia y se sazonan, con felices guiños al lector y afortunada e inadvertida erudición, confluyen en el último tercio del libro en el que la cuidada trama derrapa (en el mejor sentido de la palabra) y el deleite se convierte en festín cuando la acción se apodera de la novela y se convierte en un “pasapáginas” frenético, a mayor disfrute del rendido lector.

Si todo pastiche holmesiano implica un pacto entre autor y lectores, con La Fiesta de Orfeo, Javier Márquez Sánchez ha cumplido, con creces, su parte del trato. Los lectores no tardarán en hacerlo. No cabe la menor duda.

Almuzara, 2009
Compra en Estudio en Escarlata

Luis de Luis


    

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