Los huéspedes. Rubén Sánchez Trigos

Los huéspedes son un grupo de personas que siempre aparecen en el momento oportuno, cuando va a tener lugar un crimen. No pretenden participar en la orgía de sangre más que como mirones. Y todo aquello que ven, la violencia desatada, la sangre brotando, no despierta en ellos emoción alguna.


Rubén Sánchez Trigos, periodista, guionista de cine y escritor, ha tenido la suerte de dar con una idea que aúna sus tres facetas profesionales. Y no es otra que esa leyenda urbana –queremos pensar que inventada–, la relativa a “los huéspedes”, que sirve de leitmotiv para su novela. Porque, aún habiendo en estas páginas personajes de interés y situaciones intrigantes, son esos hombres anónimos, que casi nunca llegan a tener voz propia, los que centran el interés de la obra.
Sánchez Trigos ha acuñado un mito que, de puro inverosímil, parece extraído de las páginas de sucesos. Que, precisamente, por ser fruto de una imaginación tan certera como la suya, desearíamos que fuese eso y no más que eso, una ficción peligrosamente cercana que desaparecerá de nuestra vida una vez hayamos cerrado el libro.
Según la leyenda urbana inventada por el autor, los huéspedes son un grupo de personas que siempre aparecen en el momento oportuno, cuando va a tener lugar un crimen. No pretenden participar en la orgía de sangre más que como mirones. Y todo aquello que ven, la violencia desatada, la sangre brotando, no despierta en ellos emoción alguna. En realidad, sólo buscan presenciar algo auténtico, más auténtico que la violencia que ofrecen los telediarios.
Por todo esto, decíamos, Rubén Sánchez Trigos ha sabido aunar sus tres facetas profesionales. Quizás imagina que el periodismo se está quedando corto a la hora de conmover a los espectadores, y por eso mismo, cada vez emplea técnicas de mayor impacto y menos escrúpulos. No faltan los que, como los huéspedes, buscan formas extremas de satisfacer su ansia de emociones fuertes. Y para ello no bastarán las películas de Dario Argento o el cine de terror japonés. La nueva forma de acercarse a la imagen consiste en romper el último tabú, acercándose al dolor ajeno con distanciamiento, disfrutando de las muertes como si fuesen un asunto trivial que no va con nosotros.
Uno empieza a sospechar que, sin que nos diéramos cuenta, con su novela, Sánchez Trigos ha roto la cuarta pared, transformándonos a nosotros también en huéspedes, ya que, una vez concluida la lectura, no dudaremos en acudir a la librería de turno para buscar con qué saciar nuestras ansias de truculencia.
Quede, por tanto, como gran acierto para la novela, la reflexión que nos brinda sobre los medios de comunicación, y también sobre nuestra propia actitud, centrados como estamos en disfrutar del espectáculo, aunque totalmente impermeables, desde un punto de vista humano, hacia lo que se nos cuenta. Por supuesto, esta habilidad para analizar lo que nos rodea por medio de metáforas siniestras, podría hacer equiparable a nuestro autor con un Clive Barker.
Pero Rubén Sánchez Trigos es consciente, como lo es Stephen King, de que todo argumento, por alucinado que sea, ha de partir de la realidad más inmediata y la vida cotidiana. Y cuanto mayor sea el anclaje en la experiencia común, más fuerte resultará el impacto final. Así, Los huéspedes se inicia siguiendo las andanzas de Álvaro Tostado, un cincuentón sumido en la crisis que está tramitando su divorcio. Su matrimonio no ha sido un lecho de rosas, pero tampoco se puede decir que le haya ido bien en el trabajo. Con los años ha tenido que resignarse, y aceptar que jamás llegará a ser un buen escritor –ni siquiera será “un escritor” a secas–, y vive corrigiendo las novelas del superventas Ignacio Arjol, autor de best sellers terroríficos.
Muy en la línea del Shutter Cane de En la boca del miedo (1995), de John Carpenter, Ignacio Arjol es un hombre misterioso que despierta pasiones enfermizas. Nunca se ha visto una fotografía suya, no concede una sola entrevista, no deja que nadie le conozca… Pero un día cita a Álvaro Tostado.
Hasta ese momento, la novela se había desarrollado, con gran fluidez y amenidad, de forma cotidiana, centrándose en los pequeños detalles del día a día. Y ese retrato de la vida cotidiana, lejos de suponer mera paja, revelan oficio y mantienen sobradamente el interés. Pero la narración se va viendo invadida por elementos extraños y el entorno va volviéndose irreconocible, inquietante…
Llegados a este punto, consideramos que cualquier comentario más supondría una traición a la obra. Rubén Sánchez Trigos guarda muchas sorpresas para el lector; quién mejor que él para desvelarlas.
Sólo añadiremos una única reflexión: no dejéis de leer Los huéspedes. Os divertirá, os inquietará y os intrigará. Y lo que es más, cada uno podrá llegar a sus propias conclusiones y aprender algo porque, como las grandes novelas de terror, aunque no lo parezca, ésta también nos habla de nosotros. Sí, es cierto, emplea metáforas oscuras, complicadas, pero es de nosotros de quien habla, y se adentra en nuestros miedos, explora esas partes que preferimos ignorar…

Drakul editorial, 2008
David G. Panadero
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