Los Crímenes del Filósofo Rey. 1ª entrega

Así comienza este relato por entregas de David G. Panadero. El vínculo con el crimen empieza a cobrar matices íntimos...



Dedicado a David Serafín,
porque no quiso darse a conocer



Se puede ver sólo lo que se observa y se
 observa sólo lo que ya está en la mente

ALPHONSE BERTILLON


Dallas Potter, antiguo miembro del FBI al que su ex mujer llamaba “menú whopper completo” cuando discutían, decidió un buen día que pasaba demasiado tiempo fuera de casa. Así había sido siempre, por eso Stella acabó por cansarse y pedirle el divorcio, pero ya no quedaron excusas para demorarlo. Aunque tampoco era eso; excusas tenía todas las del mundo si se empeñaba en buscarlas bien hondo, allá donde los recuerdos seguían en carne viva… Era sólo la necesidad de un cambio.


la cerradura no parecía haber sido forzada


Sin trabajo, sin mujer, sin verdaderas raíces, pensaba en su hogar como un naúfrago en un bote salvavidas. Acordarse de ella le hacía sentirse ausente. Ahora se abría una nueva etapa en su vida, sin compañía y apartado de la profesión. Pero tenía ahorros; trataría de meter sus demonios en cintura.

Se dirigía a Moonlight Cove, un pueblecito costero de California. Llevaban un año divorciados, y pensó que si el sonido del mar acompañaba sus momentos de descanso dejaría de culpabilizarse por sus fracasos y podría reconciliarse consigo mismo.

Antes de abrir la puerta del garaje notó un extraño olor, como a basura, pero no tardó en abrir la puerta. La imagen se presentó tan rica en detalles y meditada en su concepción que hubo de pasar varios minutos observando el cadáver y la disposición casi artística de todo lo que lo rodeaba.

Era un niño de siete años, más o menos, pelo marrón, complexión delgada. Desnudo del todo. Se hallaba postrado de rodillas en el suelo. Un delgado alambre de espino perlado por goterones de sangre cuajada unía sus muñecas a los tobillos.

Lecturas precoces
Frente al cadáver había un atril con un ejemplar de La República, de Platón. Lector precoz. El niño había sido destripado. Un preciso tajo le recorría de la pelvis al esternón. Dallas se sentía ligeramente mareado. Vio algo fugazmente que no le dio tiempo a asimilar. Los párpados habían sido arrancados, y los globos oculares lucían en toda su amplitud.

Dallas hizo repaso detalle a detalle de todas las opciones con que contaba. Él se sabía muy intuitivo para asuntos como éste; era capaz de comprender a la perfección el comportamiento criminal. Esa cualidad no le complacía, pero no podía luchar contra sí mismo. Hace años que aprendió a vivir con ello. Junto con esa intuición volvieron de nuevo aquellas ideas extrañas del “sentirse perseguido”, el recuerdo de tantas ocasiones en que, antes de subir al coche, dejaba caer las llaves para ver si bajo éste había algún explosivo... Y el rencor que tantos le pudieran guardar parecía haberse cebado en aquel niño desnudo. Esa y no otra era la razón de que su cuerpo mancillado se encontrara en su garaje. No podía ser de otra manera. La mente de Dallas funcionaba como descargas eléctricas, imágenes de dolor —el dolor de las víctimas y también el de sus verdugos, entre rejas gracias a sus averiguaciones que apuntaban a su desestabilización.

No quería que la investigación tomase los cauces habituales; estaba cansado de la lentitud de los métodos del FBI, pero más aún de la publicidad que conllevaban. Cuando resolvió el caso del “Taxidermista de Sunset Boulevard” —un coleccionista de cine que llegó al extremo de incorporar a su tesoro cuerpos de actrices disecadas—, Francis Carver, un periodista del National Tattler, le fotografió y sacó su imagen en primera plana. Eso no se repetiría. Sabía que su trabajo fascinaba tanto a los lectores más morbosos como a los verdaderos enfermos a los que debía dar caza, y él siempre luchó por pasar desapercibido para poder desarrollar su trabajo con total intimidad. Porque, y esto lo había aprendido a fuego, de la fascinación a la envidia, y de ahí al odio, solo había unos pocos pasos, que además no admitían vuelta atrás.

Pero precisamente ahora, que había abandonado el FBI, era cuando su vínculo con el crimen estaba adquiriendo matices íntimos. Ahí es donde su estabilidad personal entraba en juego una vez más, y esperaba que no fuera la definitiva. Lucharía porque no lo fuera.

Seguía observando la escena del crimen. ¿Cómo logró entrar y salir el agresor? Las ventanas y puertas del garaje estaban selladas por dentro, y la cerradura de la entrada principal no parecía haber sido forzada.

Muchos psicópatas siguen los ciclos lunares. Es muy frecuente en ellos el iniciar extrañas danzas rituales a la luz de la luna, bañados en la sangre de sus víctimas, que bajo esa luz adquiere un tono negruzco. Dallas salió al asfalto, pero allí no había el más mínimo rastro de sangre. No. Esta vez no es sólo un demente, se trata de alguien (¿una sola persona? ¿cuántas...?) que sabe o saben lo que están haciendo, que quiere acabar con todo, hasta con sus peregrinos problemas de amor.


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