Los Crímenes del Filósofo Rey. 2ª entrega

   
Continúa el relato por entregas de David G. Panadero. Para la anterior entrega, pincha aquí

—Te vuelvo a decir que no me llames Rick, he de acostumbrarme a que me llamen Ricardo... Pues ya sabes... Gracias Brian... ¿Qué? ¿Un director de cine interesado en Los Crímenes del Filósofo Rey? Claro, flaco favor haría al FBI, ¿pero tú crees que a estas alturas a mí eso me importa algo? ¡Que les den por saco! Ya hicieron bastante con exprimir mi mente durante años, a cambio de mierda. Ya sabes, no vendería los derechos de mi novela si la pensión de inhabilitación me permitiese más lujos, pero me canso de comer a diario en un restaurante sucio de menú del día... ¡Joder! Ya son demasiadas condiciones: emigrar, publicar sólo cada diez años... Pues claro que no haría gracia a nadie... Convénceme si puedes para que no venda los derechos de mi novela, pero no me valen gestos amables. Dame una compensación de verdad, o de lo contrario seguiré adelante con lo que me salga de...

no son tus enemigos, piensa en positivo


Rick Giordani (ahora Ricardo Vaquero) colgó el teléfono sin esperar a que su interlocutor terminara de hablar. Sabía por la experiencia que dan los años que no sería capaz de decir nada que le interesara. Casi hace quince años que cambió de identidad. Quince o veinte, los que fueran... Dada su fisonomía latina, pensaron que en un país mediterráneo cada vez más frecuentado por inmigrantes pasaría desapercibido. Así llegó a Madrid.

Su estabilidad mental quedó muy debilitada con el caso de “Los Jíbaros de Nuevo México” —en este caso los periodistas se quedaron cortos, ya que las cabezas nunca aparecieron, quién sabe si se las comieron los perros abandonados—, y tuvo que dejar la profesión para pasar una temporada en una clínica, embotado por pastillas. Pastillas para desayuno, comida y cena, las suficientes para que vegetara hasta que los malos pensamientos quedarán sepultados y su personalidad volviera a ser firme y resolutiva, tal y como había sido desde que tuvo uso de razón. Pero no llegó ese momento, y a menudo su realidad se disolvía como gotas de agua, y las ideas más aberrantes se adueñaban de él y le llevaban a perder de nuevo el control.

Sí, en parte quedaron agazapados esos malos pensamientos, mejoraron las pruebas diagnósticas, aprendió a dar las respuestas que se esperaban de él en los test de personalidad y volvió a parecer el que era, al menos podía fingir una cordura que estaba lejos de sentir, y consiguió que la gente no le mirara con prevención. Pero esos pensamientos destructivos no tardaban en aparecer en las situaciones más insospechadas: haciendo la compra, de repente todo se volvía incomprensible y amenazante; la cajera parecía albergar dobles intenciones, y le miraba con gesto extraño, como si no entendiera nada; ese señor que llevaba únicamente comida para el perro y multitud de latas de cerveza mostraba aspecto, cuando menos, sospechoso; el vigilante de seguridad del supermercado parecía excesivamente atento... ¿pero atento a qué? ¿Qué coño miraba ese ignorante?

Llegó un punto en que, en medio de cualquier calle abarrotada, la gente empujándose y adelantándose, bullendo como moscas, cuando tenía a alguien pisándole los talones se formaba la idea de la conspiración que acabaría con su vida, y un buen día acabó sentado a horcajadas sobre el pecho de un sospechoso, atizándole con la culata del revólver —¿Quién te ha mandado seguirme? ¿Quién?—. Primero le daba cachetazos. Al no obtener una respuesta coherente le golpeaba en la boca, cada vez más fuerte, hasta que un diente se astillaba y la sangre asomaba a los labios. El nerviosismo de su presa aumentaba, que no acertaba a articular sonidos coherentes. Su silencio y perplejidad eran interpretados como parte del complot, y le golpeaba más fuerte, a la espera de tirar de la manta de una vez por todas. Él sabía cómo meter miedo en el cuerpo a esa escoria...

Cada vez más gente se agolpaba para disfrutar del espectáculo; todos a una distancia prudencial, formando un corro de cabezas que no querían perder detalle. Finalmente, Rick le disparó en una pierna para inmovilizarlo y asegurarse de que no le seguiría más, simplemente como aviso a sus superiores. Esto lo hago de buenas. Si queréis causarme problemas os puedo hacer mucho daño, daño de verdad... Pero no se trataba más que de un joven carterista que, en vista de lo sucedido, se lo pensaría dos veces antes de retomar su ilegítimo oficio.

Aún recuerda Rick las frases amables del psiquiatra: “no los veas como a enemigos, piensa en positivo...” Todo lo que escuchaba en esas sesiones le recordaba a las frases que vienen en las galletas chinas de la suerte, expresiones vacías de significado solo aptas para lectores poco exigentes que tengan buen humor y mucha confianza en el prójimo. Precisamente él había pasado su vida cosechando enemistades, y ahora lo que quería era llevar esa enemistad a las últimas consecuencias, destrozar con sus propias manos a los pervertidos que antes perseguía. Le había costado muchos años de trabajo, casi una vida entera, tener enemigos, y no iba a perderlos por los consejos de un petimetre con bata blanca. Las frasecitas del psiquiatra le parecían papel meado, pura inutilidad por parte de alguien que no sabía ni de lejos cómo había sido su vida.

Durante años había tenido acceso a muchos expedientes secretos del FBI, lo que despertó su imaginación. Eran a menudo casos incomprensibles, que ni el humano más tolerante podía concebir sin que se escapara una mueca desprecio y repugnancia o, cuando menos, extrañeza. Cuando se retiró, decidió, descartando entre las opciones que tenía —albañilería, bonsais, practicar yoga, citas a ciegas con mujeres de su edad— que escribir novelas era lo que menos le aburría, y de ahí salió La Furia de los Justos, un libro polémico que exaltaba la fuerza bruta y prácticamente legitimaba el uso de las torturas. 

En seguida, la Asociación de Escritores Policíacos Españoles se interesó por él, pero su editor, Brian Lovering, le impidió entrar en contacto a fin de que se mantuviera en el anonimato. Hubiera querido desobedecer las órdenes de Brian; deseaba conocer a esos escritores españoles que retrataban la España de la Transición: Andreu Martín, Juan Madrid, Carlos Pérez Merinero. Quizás hubiera sido divertido conocerlos y asistir a sus reuniones, siempre en restaurantes, y si les hubiera contado una milésima parte de las cosas que había visto y vivido, seguramente se hubieran quedado impresionados… 

Pero tuvo que aceptar su situación de aislamiento. Aquello tampoco le dolió, ya que en realidad sus intereses eran otros. Puede que le hubiera venido bien tener amigos, pero poco le interesaba, a decir verdad, la muerte de Franco, la situación de la extrema derecha o los barrios pobres de Madrid y Barcelona. Sinceramente, no tenía claro qué es lo que pretendía al escribir, aparte del evidente desahogo de su rabia. Una rabia que, más que curarse, se acrecentaba con el tiempo y le empujaba a seguir escribiendo, cada vez de forma más cruel.

Mientras rememoraba ciertos pasajes de su última novela se sirvió un whisky con hielo. La madrugada se hallaba algo avanzada y a excepción de su televisor, el silencio era total. Precisamente hablaban de su libro en un programa cultural de la segunda cadena. En resumen, la presentadora hablaba de la falta de sensibilidad del público actual, de la “cultura necrófila” de los jóvenes de hoy, de la necesidad de agredir al lector para superar su apatía. En un arrebato de humor cínico, le dio por pensar que su escritura cumplía una función social, que él podía ofender y herir a los lectores, tal y como necesitaban.

Tras unas horas de sueño, Rick bajó a por la prensa del día y abrió el buzón. Había recibido una carta de un tal Jacinto Vázquez, Doctor en Literatura Española por la Universidad Complutense de Madrid, según rezaba el remite.



Estimado Ricardo Vaquero,

Me ha costado gran esfuerzo conseguir sus señas, ya sé que no tiene ningún interés en conceder entrevistas o aparecer en público. No se preocupe. Mi interés por conocerle es exclusivamente privado. Sencillamente, admiro sus dos novelas.

¿Podría usted dedicarme unos minutos de su tiempo? Estaría encantado de invitarle a tomar un café.

Esperando que tenga en cuenta mi propuesta, se despide,
Jacinto Vázquez.

PD: Este es mi número de teléfono, por si decidiera llamarme.
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