La cocina de Plinio

El lector encontrará recetas comunales –su significado y sus rituales inequívocos porque la comida en nuestra tierra, por sencilla y honrada, debe compartirse, como las humildes gachas, las elaboradas migas, o los espectaculares gazpachos galianos


La comida debe compartirse


De un tiempo a esta parte, cabe percibir en los aficionados a lo policial un cierto desdén, ojeriza o rechazo hacia aquellos escritores que, como bienintencionado elemento narrativo, incluyen en sus novelas recetas, usos y costumbres de raigambre gastronómica.


hablamos de cocina sincera, normal y honrada

Quizás debamos ser un poco comprensivos con los nuevos escritores que se han criado a los pechos (literarios) de Vázquez Montalbán, y para quienes el ciclo de Pepe Carvalho no es una saga de novelas más, sino un influyente clásico, una referencia y modelo del policial español. No es extraño que se recurra a todo lo que rodea a los fogones para dar veracidad, sabor y textura a los guisos literarios. 

Lo curioso de todo esto es que, en mi humilde opinión, Vázquez Montalbán no utilizaba la gastronomía como un elemento descriptivo de la cotidianidad o caracterizador de la realidad novelesca, sino como un recurso más o menos llamativo para hablar por boca de Carvalho y realizar reflexiones socio-existencialistas. 


¿Cómo calificar si no esos inverosímiles platos -como salmis de pato a la salsa de arándanos
cocinados a las cuatro de la madrugada en una lejana masía mientras en la hoguera se calcina, pongamos, un ejemplar de la Crítica de la Razón Pura de Kant, que sirve de trampolín al detective para, mientras crepita el fuego y borbotea el guiso, elaborar una contundente teoría sobre, pongamos, la reverberación del impacto cultural a cuenta de la jerarquía de fuerzas sociales correlativas y, a la par, divergentes, en la Barcelona de los 80? 

Y el caso es que, en mi humilde opinión, todo esto de la comida y sus aledaños tiene mucho, pero mucho que ver con las sociedades, sus costumbres y su tiempo. Es, y disculpen la pedantería, un signo de identidad y elemento cultural. Y no hablo de la gastronomía cursi y sobrevalorada del cansino Adriá o la mediáticamente casera del (muy, pero que muy) enervante Arguiñano


No. Me refiero a la cocina sincera, normal y honrada. La, como quiera que se llame, cocina casera, de la abuela, de toda la vida, en la que cada plato tiene su historia, procedencia o razón de ser. Un significado para los que cocinan, para los comensales, o tal vez, un motivo para reunirse o celebrar, y, quizás, para compartir. 


El gran Francisco García Pavón la incorporó de forma habitual y natural, como un elemento más de los tantos que le ayudaron a pintar ese extraordinario fresco de la sociedad española del último franquismo que, en última instancia, son las novelas protagonizadas por Manuel González Plinio.


Quizás
, la cocina manchega sea la más creativa de cuantas conviven en España, y, no sé, será la tierra extenuada, la pobreza cruel o la desalmada penuria de sus vidas las que obligaron las mujeres de La Mancha a suplir, con tan pocas oportunidades como ingredientes, esas carencias con ingenio e imaginación y hacer una cocina tan personal, como variada y sabrosa.
No de otra cosa se trata en La Cocina de Plinio, el libro, primorosamente editado (¡y van!) por Rey Lear en esa excelente colección de delicatessen literarios que Jesús Egido ha dado en titular Breviarios. 


En el libro, cuya impecable edición está a cargo de Sonia García Soubriet (cuya, dicho sea de paso, infatigable labor para mantener viva la memoria de su padre es digna de alabanza y gratitud) se reúnen, esquilados de las novelas de Plinio, una serie de pasajes en los que la acción se narra mediante recetas manchegas, los usos para cocinarlas certeramente y las viandas, aliñadas con la perfecta y exacta prosa de García Pavón, cuajada y sazonada, en punto y sabor, con la característica y soterrada socarronería de La Mancha; cualidad ésta -imperceptible para extraños, inevitable para quienes de allí provenimos- que expresa tanta sabiduría como escepticismo (que no resignación); tanta sensatez como aceptación (que no, abandono). 


El lector encontrará recetas comunales –y su significado y sus inequívocos rituales- porque la comida en nuestra tierra, por sencilla y honrada debe compartirse, como las humildes gachas, las elaboradas migas o, los espectaculares gazpachos galianos. Recetas con que la gañanía celebraba una nueva oportunidad para reunirse junto a una tajada de queso, una macerada berenjena de Almagro y un cuartillo de vino. 


Completa la edición una descripción de la receta a cargo de Miguel López Castenier, con prosa coloquial (que exuda bonhomía y disfrute) encabalgada entre la cháchara y la retahíla que ahorma los platos al gusto del comensal del siglo XXI y, por si fuera poco, el legendario Kim espolvorea cada guiso con esas –entre la línea clara y la escuela Bruguera– ilustraciones, marca de la casa. 

¡Y mira tu por donde! El guiso literario va... y resulta magnífico...

¡No podía ser de otra manera! 


¡Que aproveche!




Luis de Luis


   


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