Digamos que fue ayer, pero escribámoslo hoy

Carlos Pérez Merinero reflexiona sobre Alacant Blues (ECU Narrativa, Alicante, 2008), y no contento con hablarnos de la obra, también nos habla del autor, su viejo amigo Mariano Sánchez Soler.


Conocí a Mariano –Mariano Sánchez, qué otro Mariano va a ser– en los tiempos de la guerra del Golfo. Para los que no tengan memoria o no lean libros de Historia, porque Historia es ya aquello –cómo pasa el tiempo, y más si en medio hay guerras que todo, sí, todo, lo han ido asolando y aún hoy lo asolan–, diré, escribiré, que el golfo era Bush. Si no os suena el tal Bush, iros a carcárosla a otro sitio. Un sitio donde podáis toparos con Aznar, otro que tal baila en cuestión de golferías. Y si las golferías son en las Azores, mejor que mejor.

En las Azores yo nunca he estado con Mariano Sánchez –Mariano Sánchez Soler, qué otro Mariano Sánchez va a ser, me cago en la leche; aquí, por lo que se ve, hay que explicarlo todo–, no, yo nunca he estado en las Azores, ni solo, ni acompañado de ningún compadre o compañero –menuda santa compaña suelen ser; y no entro en detalles incriminatorios– que se dedique a la novela policíaca.

Porque Mariano –fuera ya los apellidos, fichadito como lo tenemos ya con su nombre completo; y esto a riesgo de que con el solo “Mariano” algún botarate lo confunda con un payaso del copón como Rajoy. Porque Mariano, decía, escribía, es de los que, como yo, se dedica a la novela policíaca.

Como yo. Y no sólo yo. No sólo yo comía. Él también comía en los almuerzos en los que, durante una temporada, nos reuníamos una vez al mes unos cuantos que nos dedicábamos a pergeñar novelitas de crímenes. Es decir, de policías, criminales y golfos. Golfos, los de la ficción, los de nuestras ficciones, nunca tan golfos como los golfos del Golfo, aquellos golfos de las Azores.

Mariano solía llegar a esas comidas echando el bofe y un tanto –un tanto, más bastantes grados– acalorado. Echando humo, vamos. Y pestes. Pestes de Bush, Aznar y demás azorinianos. Perdón, azorianos, que el tal Martínez Ruiz, don José, no pinta nada aquí.

Mariano solía venir de una manifestación, o de una reunión, o de un algo que tuviese que ver con su lucha contra la guerra que estaban liando los golfos de las Azores en el Golfo.

Su lucha contra la tal guerra era más militante y más intensa que la de los otros que allí estábamos, sentados ya a la mesa cuando él llegaba acalorado y echando el bofe, pero nunca nos reprochó nada. Por ejemplo, nuestra poca o nula implicación en hacer algo por detener aquella barbarie, aquella matanza, que entonces empezaba y que aún, ay, perdura.

Matanzas reales, no fruto de nuestra imaginación, empeñados como estábamos en escribir novelitas de crímenes –en muchos casos, ni siquiera novelitas, sino noveluchas infames; el que tenga curiosidad por comprobarlo que deje de hacer el canelo en Internet y que frecuente una biblioteca, pida esos libros y lo constate–, empeñados, decía, en escribir ficciones que nos llevaran a la gloria.

Del batacazo que sufrimos la mayoría en aquellas comidas –y en los copazos posteriores, si se terciaban, que solían terciarse– de novelas policíacas. De las suyas, que entonces empezaba a publicar, de las mías y de las de los colegas. Pero, sobre todo, bacilábamos y nos reíamos con el cómplice afecto que da la amistad recién iniciada. Una amistad que ha continuado a lo largo de los años –muchos, muchos años; nunca demasiados para la amistad– pese a la distancia. Él volvió a Alicante, desde donde llegó a Madrid, y allí sigue.

Nunca nos hemos visto desde entonces –ese “entonces” golfo de las comidas policíacas–, pero cuando hemos hablado por teléfono –pocas, pocas veces; nunca tan pocas, lo suficientemente pocas, como para que el silencio lo rompiera todo, incluida la amistad–, pero cuando hemos hablado por teléfono, decía, escribía, es como si fuese ayer la última vez que hablamos y no hubiera que llenar con torpes e impúdicas explicaciones –“Es que he estado liado y no he podido llamarte”, es que si esto o que si lo otro… – lo que las elipsis que impone la vida se han saltado, sin que los actores –en este caso, Mariano y yo– pudiéramos controlarlas. A las elipsis me refiero; a qué si no.


En una de nuestras últimas conversaciones telefónicas, a propósito de un libro colectivo en el que los dos colaborábamos –él más que yo; a él me lo imagino acalorado y echando el bofe, como antaño, en su condición de coordinador y editor del mamotreto–, le comenté que en la bibliografía que acompañaba a su texto había leído que era autor de un libro del que yo no tenía noticias: Alacant Blues era el título de tal obra.

Se lo comenté, ya lo he dicho, ya lo he escrito, y “a vuelta de correo”, como se decía antes –antes de que se inventaran aparatejos de vertiginosa velocidad y veloz vértigo–, ya tenía un ejemplar en casa.

Si la palabra “bonito” no estuviera tan desprestigiada –y la verdad es que no sé porqué–, ése es el adjetivo que le pondría al libro. Se lo pondría, y se lo pongo, porque es el que mejor cuadra con él. “Bonito” y “nostálgico”, otra palabra que tal. De echarse a llorar, vamos.

Sí, de echarse a llorar. Y qué. Hay retornos al pasado, como es el caso del libro de Mariano, que a uno le mueven a llorar. No de asco, ¡por favor!, ni siquiera un revoltillo de sensaciones, casi todas ellas placenteras –algunas, incluso, masoquistamente placenteras–, entre las que no faltan ni el regusto por volver al territorio ya lejano en el tiempo, pero presente todavía en la escritura, de la infancia, ni tampoco el deseo de atrapar por el rabo algunos momentos felices del pasado que hoy puede –¿sólo puede?– que no vuelvan a repetirse.

Y todo en el escenario de una ciudad que ha cambiado y ya no es la que vivió el protagonista, ese detective Terratrèmol al que un día le encargan el caso más jodido –jodido por lo que tiene de implicación personal y no sólo profesional– de su vida: encontrar Alacant, el lugar de la infancia y la memoria. Una infancia y una memoria que son también, y sobre todo, las de mi amigo Mariano, convertido él también en detective.

Un detective que rinde cuentas con el libro, su libro, Alacant Blues, como si el lector le hubiera encargado el caso. Y una vez que el lector ha leído el informe que es el libro no tiene por menos que reconocer –yo, que soy lector, lo reconozco– que el detective Mariano Terratrèmol ha cumplido con creces el encargo. Que se ha dejado la piel en el empeño, valga el topicazo, y que se ha aplicado a ello con la audacia, la tenacidad y la lucidez –no, no lo olvidemos– de los mejores.

Y al final, el desencanto. El desencanto que, en lo que ya es tradición en el género policíaco, le sobreviene al detective al cerrar el caso. Un caso que, como todos, nunca termina de cerrarse. Y el desencanto también del lector, de este lector, al terminar el libro y cerrarlo, como se cierran los casos.

Pero el desencanto no viene por lo que la finalización de la lectura del libro tiene de chasco o de decepción –¡que no se me malinterprete, que me conozco y estoy dispuesto a cagarme en los muertos del que lo haga!–, sino por la desilusión que sobreviene al comprobar que el libro ha terminado y ya no quedan más páginas que leer, pero sí muchas para recordar. No es que el que no se consuela es porque no quiere, no. Es que los libros, los buenos libros, no terminan cuando terminan, sino cuando han dejado de quedarse bien instaladitos en nuestra memoria.

Éste de mi amigo Mariano no va a echarlo de la mía, de mi memoria, ni el casero más desalmado, dickensiano y desahuciador del mundo. Se va a quedar ahí para los restos. Aunque esos restos sean, tal como van los tiempos, los del naufragio.


MERINERO

(Merinero, sí, pero ¿de qué barco? ¿Del Potemkin o del Titánic?)

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