Maigret, todo un descubrimiento

El curioso modus operandi de este comisario, que indaga en la personalidad y pensamiento de la víctima, dota a la novela de una gran carga psicológica

     
Georges Simenon era un autor defenestrado hace algún tiempo por mí desde el momento en el que comencé a leer su novela Cartas a mi juez. Por avatares del destino, este autor se ha vuelto a cruzar en mi camino de lector en la figura de Maigret, su personaje más carismático.
Desde las primeras páginas tomé simpatía por este comisario, entrado en años, seguramente también en kilos, audaz y con una psicología poco común en personajes de estas características que nutren la novela policial. En la lectura de El difunto filántropo, El hombre del banco y sobre todo en Liberty bar he descubierto al personaje y he redescubierto al autor.
Los dos primeros libros me han transportado a un mundo similar y en ambos nuestro protagonista se muestra en toda su esencia. Bajo unos mismos elementos (móvil del crimen, personajes y argumentos similares e incluso una misma trama) el autor nos consigue transmitir un mundo en el que la apariencia, la mezquindad, la picaresca, el engaño constituyen todo un modelo de vida. Los personajes están definidos desde su aparición, con leves pinceladas va descubriendo la personalidad de cada cual, resaltando los defectos sobre las virtudes, porque a través de ellos consigue expresar magistralmente, desde mi punto de vista, la hipocresía que fundamenta la sociedad que al personaje, y por extensión al autor, le ha tocado en suerte vivir.
En Liberty bar va más allá. No se queda únicamente en mostrar esos elementos que, huelga decir, están también presentes en sus páginas, sino que además de todo ello recrea un ambiente sórdido de los bajos fondos de un lugar de provincias, el último antro donde veteranos de una vida de sinsabores duermen asidos a una botella, con unos personajes que utilizan el chantaje como medio para sobrevivir en un mundo donde sólo el más fuerte, o más bien el más inteligente logra su objetivo. Y ahí es donde aparece la figura maternal de la vieja y antaño atractiva Jaja como alter ego de todas esas vidas a la que todos los demás se aferran como tabla de salvación, pañuelo en el que enjugar las lágrimas y hombro en el que apoyarse para no derrumbase, alguien en apariencia fuerte, todo corazón, y paradójicamente, será el corazón el que la arrastre a su triste final. Una novela en la que los celos, el engaño, la doble vida, el chantaje, la ambición son una clara muestra de la debilidad del ser humano.
Y en todos ellos un Maigret imponente, serio, respetable, inteligente, afable y tranquilo que poco a poco va atando todos los cabos sueltos que encuentra en su camino y va encajando las piezas del puzzle que conforma cada caso. El curioso modus operandi de este comisario, que indagará en la personalidad y pensamiento de la víctima hasta hacerse uno sólo con ella y así entender mejor su proceder, dotan a la novela de una gran carga psicológica. Con Maigret, Simenon consigue la humanización del género policiaco a la vez que todas sus novelas gozan de una innegable calidad literaria.

Pedro J. Barras
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