Dogville (2003)

Lars Von Trier escoge, arrogándose el papel de predicador fílmico, esta plúmbea, recia, pretenciosa y teatrera homilía, cuajada de símbolos obvios y lecturas evidentes

     
Quizá, en eso que se viene a llamar los arquetipos, las princesas de cuentos de hadas y las herederas díscolas de la novela negra conlleven un destino similar. Ambas comparten puros corazones y almas inmaculadas que les llevan a renunciar a destinos resueltos y existencias regaladas para encontrar las (con mayúsculas) Honestidad y Sinceridad Más Puras a menudo de la mano de un Príncipe Azul o un Detective Desengañado.

O eso creo, dado que, a los lectores, las más de las veces, se nos oculta la continuación de cuentos de hadas y novelas negras con un sempiternos “y comieron perdices” o fundidos en negro.

En el clásico La llave de cristal, Hammett plantea con la ambigua metáfora de la citada llave la posibilidad de que, quizá, esa idílica huida sea más frágil de lo que a primera vista parece.

Quizás, no sea desacertado convenir que la huida en búsqueda de la felicidad negada de Grace, la hija honrada de un mafioso, fuera el punto de partida de Lars Von Trier para la severa fábula admonitoria que es Dogville.

Así, a partir de un argumento en que la citada Grace –interpretada, con equivocada estolidez trascendente, por una Nicole Kidman post Cruise volcada en hacerse un nombre y prestigios propios– se sumerge en “Villaperro” –un villorrio, que atesora, como en una almendra, el tarro de las esencias de Alma de los USA– al acecho de la Verdad Eterna Americana. Su llegada y aceptación la convierte en una Pollyanna del siglo XXI que aporta bálsamos y consuelos a cada cuitado vecino de la, aparentemente, impecable comunidad donde se lee a Tom Sawyer y se hornean tartas de arándanos.

La película, filmada en clave de dogma artificioso: voz en off que narra con sonsonete paternal, la temblequeante cámara en mano propia del movimiento y un decorado marcadamente teatral (una suerte de Monopoly macrocefálico) se narra el periplo de la protagonista por la ciudad y su consiguiente decepción al convertirse, gradualmente, en sumidero de las miserias, ardores y represiones varias del vecindario, que la usa como desagüe donde ejercer reconfortantes humillaciones y placenteros abusos de poder hasta precipitar la venganza de Grace, reconciliada con sus orígenes mafiosos, que culmina en un saludable orgía de sangre.

Se escapa, sin embargo, a mis cortas entendederas las razones y propósitos de Lars Von Trier al escoger para su desembarco en el mercado americano, esta plúmbea, recia, pretenciosa y teatrera homilía, cuajada de símbolos obvios y lecturas evidentes, sobre el abandono de los sanos preceptos de la moral luterana... salvo que no fuera convertirse en referente de conciencias a la deriva y almas descarriadas que usarían el film, en una usanza de catarsis colectiva, anegando los cines y reventando las taquillas a la caza y captura de una redención masiva.

Para eso, hubiera bastado con un remake de la citada Pollyana que, para esto de la moralina dulce, Walt Disney tenía muy bien cogido el tranquillo tanto a los americanit@s medios como a nosotros, los de las provincias de Imperio y, encima, lo hacía sin dar el coñazo a nadie; algo que, sinceramente, se agradece. Y mucho.

Luis de Luis