Vestida para matar (Dressed to kill, 1980)

Voyeurismo, fetichismo, travestismo, prostitución, un doble o triple final... ¿Quién da más?

En vista de los resultados, es imposible pensar que Brian De Palma aspirara a ser un imitador destacado de Hitchcock. Algo de eso hay, no cabe duda, pero el sentido del delirio, la desmesura, el talante macarra y esa capacidad para resultar tan grosero como entrañable hacen que De Palma resulte más cercano a cineastas de serie B como Larry Cohen o Dario Argento, gente que busca la truculencia con la misma dedicación con que los mendigos recogen colillas del suelo.

Lejos queda la flema puramente británica del maestro del suspense, y encontramos mucho más cercano ese sensacionalismo, la exaltación de lo tremendista tan propia de esos cineastas que consagran su carrera al cine de terror más exhibicionista. En efecto, la puesta en escena de Brian De Palma deja de ser clásica y contenida para resultar orgiástica y exaltada, a la manera de cineastas italianos como el ya citado Argento.



Teorías psicoanalíticas al límite de lo posible


Si bien determinados títulos de Hitchcock han envejecido, no sólo por el descuido de ciertos trucajes visuales, sino por lo forzado de sus explicaciones psicoanalíticas, en el cine del autor de Hermanas, esas teorías psicoanalíticas son llevadas al límite de lo posible, de manera que, una vez resuelta la trama, hace falta que un psiquiatra se siente a atar cabos para contarnos la complejidad del caso, llegando a extremos rocambolescos, que el espectador mínimamente avezado recibirá con un humor cómplice, incluso condescendiente. Y la cosa no acabará ahí: seguramente nos espere un falso desenlace, seguido de un doble o triple final. Y De Palma seguirá haciendo juegos malabares, para mostrarnos más y más secuencias de sexo depravado y traumas insalvables.

Ese es uno de los principales atractivos de su cine, que funciona por acumulación, como si los responsables de Aterriza como puedas hicieran un thriller basándose en los traumas infantiles, en los conflictos sexuales, dando paso a un festín desmelenado donde todo –voyeurismo, fetichismo, travestismo, prostitución– tuviera cabida. Tal es el caso de Vestida para matar.

Como es costumbre, en esta película vamos de menos a más, de situaciones reconocibles a otras desmesuradas del todo. Y a cada minuto va subiendo el valor de la apuesta: Kate Miller (Angie Dickinson) sueña que un hombre desconocido la fuerza sexualmente en la ducha. En realidad, se trata de una fantasía compensatoria, que le saca de su aburrida rutina conyugal, porque su marido no sabe ni arrancarla un orgasmo. Ya despierta, tiene algo de sexo con su marido, pero se ve obligada a fingir una pasión que está muy lejos de disfrutar.

Entonces va a ver a su psiquiatra, al que da vida Michael Caine. ¡Y le propone que se acuesten! En vista de la negativa de éste –asunto extraño, cuando ya sabemos todos que es muy habitual eso de tener sexo desmadrado con los psiquiatras–, decide pasear sola, y llega a un museo, donde flirtea con un desconocido. La secuencia es un verdadero fuego de artificio que alarga exageradamente –y de forma cómica– la acción. La mujer y el desconocido se siguen por largos pasillos, buscando y rehuyendo el contacto, acercándose uno al otro y escondiéndose como quien juega al “tú la llevas”.

Como vemos, De Palma es un pintor de brocha gorda, y ahí reside su gracia. También hay que valorar su capacidad para orquestar secuencias técnicamente complicadas, y salir airoso de ellas. En definitiva, si ahora nos dijeran que fue él quien dirigió Máxima ansiedad, esa desmelenada parodia que hizo Mel Brooks del cine de Hitchcock, no deberíamos extrañarnos demasiado.

Finalizamos con una anécdota: en la resolución del caso de Vestida para matar, juega un papel esencial la prostituta de lujo Liz Blake, encarnada por Nancy Allen, que era entonces la mujer de Brian De Palma. Podríamos hablar y no parar, pero nos parece más elegante no sentarnos a psicoanalizar a De Palma, que da este tipo de papeles a su legítima esposa.

David G. Panadero