Los espías de Varsovia. Alan Furst

Apta para todo aquel que esté dispuesto a disfrutar, sin complicaciones existenciales ni pretensiones que le son ajenas, de una limpia y entretenida partida de ajedrez. A eso cualquiera se apunta


¿Cómo no se me ocurrió a mí antes...?


Quizás el éxito de las buenas novelas de espías tenga algo que ver con su similitud con buenas partidas de ajedrez, plagadas de escaramuzas, jugadas maestras, anticipación, sacrificio de piezas, intercambio de peones, amenazas ocultas, un trabado e indeterminado juego medio, maniobras distractorias, celadas inverosímiles... El lector sólo puede ser espectador privilegiado, asumiendo el papel del protagonista, pero sin participar de las interioridades de los ejércitos. Los errores, contratiempos, intrigas y contraataques de ambos bandos le conceden el papel del caballo, capaz de saltar entre líneas y recorrer los distintos niveles y ambientes en los que se desarrollan las batallas que vertebran la obra.

Alan Furst honra la tradición marcada
 por autores como  Graham Greene,
 Lé Carré
 y Ambler

Mucho me temo que Alan Furst no sólo sabe lo que se hace, sino que sabe hacerlo bien. Todo cuadra en esta novela, ya desde la elección de Mercier como protagonista, un noble francés venido a menos, melancólico y comprometido militar que zigzaguea entre Varsovia y París. Estas ciudades esperan  desconcertadas el inicio de la II Guerra Mundial.

El lector no puede por menos que dejarse llevar por esta narración tan hábilmente cuajada, en la que se administran con eficacia los elementos históricos y sociales para no estorbar ni el ingenioso argumento de espionaje, ni la sentimental trama amorosa, entre el protagonista y Anna Szarbek, una periodista de irresistible belleza y personalidad.

Los espías de Varsovia es una novela de espionaje que, apuntando a los grandes del género y despojándolos de lo que les hace reconocibles (el drama moral de Graham Greene, la reflexión desencantada de Lé Carré y el artificio de Ambler) consigue honrar una ilustre tradición y conseguir una resolutiva, eficaz e irresistible narración apta para todo aquel que esté dispuesto a disfrutar –sin complicaciones existenciales, ni pretensiones que le son ajenas– de una limpia y entretenida partida de ajedrez.

Y a eso cualquiera se apunta. De ahí el éxito tan comprensible como obvio de Alan Furst.

Lástima que no se me hubiera ocurrido a mí primero.

Seix Barral. 2008
Compra en Estudio en Escarlata

Luis de Luis
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