La muerte del decano. Gonzalo Torrente Ballester

La ironía del asunto, no se le debió escapar al viejo zorro. Al contrario, se debió recrear en ella tras entregar a la imprenta esta novela...
  
Es bien sabido que el comportamiento de esa entelequia llamada Público Lector es de difícil gobierno. Puede ser, paradójicamente –y así lo demuestra la experiencia–, tan independiente como aborregado; tan fácil de manipular como desconfiado; tan agradecido como cabrón... y siempre, ganarse sus favores depende de factores tan inesperados como injustos e imprevisibles.

La ironía del asunto no se le
 debió escapar al viejo zorro

Algo de eso debía saber Gonzalo Torrente Ballester, autor de una obra tan exigente como atípica en el ámbito de la literatura española, vio premiado con el silencio su hoy celebérrima trilogía Los gozos y las sombras (1957-1962), la vuelta de tuerca de Don Juan (1963) y el inclasificable delirio fantástico-galaico La saga fuga de J.B. (1972). Ese ostracismo al que tanto lectores como –todo hay que decirlo– crítica le condenaron, le obligó a no poder vivir de su literatura y a trabajar como un mulo para sostener a su numerosa prole (11 hijos en dos camadas diferentes) y a crear una obra, un mucho a ratos, un poco a vuelapluma.

Y mira tú por donde, allá por 1982, cuando en el solar patrio solo se disfrutaba de dos cadenas de televisión (solo una de facto; en aquel entonces la 2 se veía tanto como ahora, es decir, nada) y se estilaban las grandes producciones televisivas al más puro talante BBC (adaptaciones de obras de prestigio, actores consolidados y populares, clasicismo en la puesta en escena ...); le tocó al turno a la añeja Los Gozos y las Sombras. Las pugnas entre clanes y caciques de una aldea gallega en los años precedentes a la guerra civil, los personajes perfectamente interpretados por Carlos Larrañaga, Eusebio Poncela y la muy intensa y carnal Charo López, y la tragedia moral y humana entre brumas y orvallo, tuvieron un éxito enorme que excitó la curiosidad del público por conocer al autor de la maravilla, que era un señor de 72 años con “aspecto de vieja galaica”, a decir de Umbral.

Torrente Ballester empezó a aparecer en los medios de comunicación adquiriendo una inusitada popularidad. El interés del público le permitió, por fin vivir de su pluma y mantener un ritmo de publicación intenso para saciar la curiosidad del público, que descubría, maravillado, a un joven valor. La ironía del asunto no se le debió escapar al viejo zorro.

La literatura de Torrente correspondiente al periodo 1982–1988 se podría definir como un puñado de obras fantástico/cerebrales que, si bien no abandonaban su rigor intelectual ni formal, tenían una vocación de accesibilidad que, si bien al socaire del éxito de la serie, le lograron mantenerse en las listas de superventas. Pero esas obras no dejaron de suscitar la desconfianza de los bienintencionados televidentes que no encontraban seriales de luxe (pues no de otra forma se recibió y entendió Los Gozos y las Sombras).

El omnipotente José Manuel Lara enmendó el negocio decretando la edición de 1988 del Premio Planeta para Filomeno a mi pesar, una obra costumbrista, fácil, legible y fabulosamente escrita, ajena a la tendencia de Torrente que ¡mira tu por donde! le devolvió al Olimpo de las listas de ventas.

La ironía del asunto no se le debió escapar al viejo y zorro. Ya tenía 78 años y decidió seguir adelante. Las fuerzas –como a ti, como a mí– ya se derrumbaban, la falta de visión le impedía leer y, paradójicamente, se encontraba con toda una maquinaria editorial a su disposición para difundir su obra. Si el pequeño detalle de su falta de nervio no parecía incordiar ni a lectores ni a la editorial Planeta, no sería él quien se pusiera melindre ni pejiguera.

Así, para considerar los últimos diez años de su vida literaria cabe imaginar a un anciano con los ímpetus desfallecientes quien, después de merendar, dicta unas obras cortas, aparentemente leves hasta que la modorra o la inminencia de la hora de cenar o el deleite de un recuerdo hasta entonces olvidado reclaman su atención.

Fue en esos ratos donde pergeñó una serie de ficciones cortas y deslavazadas que la citada editorial convertía en esos libros de temporada, ineludible para el Público Lector, que no quiere perder cuerda.

La ironía del asunto no se le debió escapar al viejo zorro.

Así, en las tardes salmantinas del ocaso de su vida, el viejo escritor fue capaz de dictar ficciones de género fantástico (Las Islas Extraordinarias); infantil (Doménica); costumbrista (La Boda de Chon Recalde); metaliterario (La novela de Pepe Ansúrez) y policial (La Muerte del Decano), que fueron recibidas con aplausos del mismo público y la misma crítica que rechazaron en su momento sus obras mayores.

La ironía del asunto no se le debió escapar al viejo zorro.

La Muerte del Decano es, en principio, un acercamiento a la novela policial por parte de uno de los incontestables Nombres Mayores de la Literatura Española, y que convertido en una anciano, narra al dictado una historia de asesinato que ocurre en un recinto cerrado (el campus de la universidad). La cuenta de acuerdo con los cánones de la novela problema más ortodoxa para, tras analizar pistas, rastros, indicios y huellas varias, lleguen los lectores a la misma conclusión del autor. Es decir, y tras una meditada burla: a ninguna conclusión.

Es una novela deshilachada y destartalada, que transmite un encanto a principiante resabiado y, en cierto sentido, naif. Es una novela colmada de los lujos que se puede permitir un autor que está más allá del Bien o el Mal: desollar el mundo académico (del que formó parte toda su vida laboral); burlarse de los lectores que convertirían un libro inferior en superventas, y tocar los huevos a los críticos a quienes no les quedaría más remedio que justificarle y ponerle bien.

La ironía del asunto no se le debió escapar al viejo zorro. Al contrario, se debió recrear en ella tras entregar a la imprenta esta novela única y anómala, en todos los sentidos de la palabra.

Editorial Planeta, 1992

Luis de Luis