El Lémur. Benjamin Black

Gracias a literatos como éste, que dan un tratamiento inteligente y refinado a la novela negra, el género sale del ghetto al que estaba condenado para que lo disfruten lectores exigentes

Eso es: vendiendo humo
A veces los lectores nos vemos envueltos en extraños compromisos, sintiéndonos moralmente obligados a leer tal o cual libro. Puede ser por su prestigio, porque en el metro toda la gente lo lee, porque los suplementos culturales se deshacen en alabanzas, o simplemente porque alguien nos lo ha regalado, invitándonos a leerlo de forma más que efusiva… Esto último es lo que me sucedió. Así que, por no decepcionar a quien me lo regaló, he acabado leyendo El Lémur, de Benjamin Black.

la solución llega
 cuando el culpable,
 aburrido de la mascarada,
 confiesa por las buenas

El Sr. Black es en realidad un literato de prestigio, que firma su obra “seria” con su verdadero nombre: John Banville. En alguna ocasión hemos hablado de los seudónimos, y ahora insistiremos en la idea. Gracias a literatos como el aquí citado, que dan un tratamiento “inteligente y refinado” a la novela negra, el género sale del ghetto al que estaba condenado para que lo disfruten “lectores exigentes” –adviértase el tono irónico–.

No caeremos en la exageración de decir que El Lémur sea una mala novela. Pero hay algo que no debemos perder de vista: en el fenómeno “Benjamin Black” cuenta más la voz autorizada del autor que las propias obras. La gracia del asunto debe estar en que sea, precisamente, uno de los santones de la literatura actual quien pergeñe estas novelitas. Porque, aunque afinemos mucho, no encontraremos nada que no hayamos visto ya: el retrato costumbrista de Nueva York, apto para turistas y nostálgicos; el ambiente de la comisaría, que poco tiene que envidiar al de cualquier teleserie; el humor complaciente que salpica la trama, evitando que se vuelva demasiado agria para ciertos paladares…

Al margen de estos lugares comunes por los que transita Black, encontramos un defecto que resulta más difícil de tolerar: su protagonista no investiga, en el sentido propiamente dicho, y no se puede decir que sea un hombre de acción; antes bien, son sus continuas omisiones –las del protagonista y también las de Benjamin Black– las que empujan a los demás a actuar. El esclarecimiento de los hechos tendrá lugar cuando el culpable, aburrido ya de la mascarada, decida confesar por las buenas, para sorpresa de todos. Entonces llega el punto y final.

Por lo menos, ese final llega en la página 202, lo cual se agradece. La brevedad es virtud. La cosa se pondría más fea si me regalaran uno de esos tochos de Stieg Larsson. Entonces sí que me vería obligado a quedar mal…


Alfaguara, 2009
Compra en Estudio en Escarlata


David G. Panadero
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