Diez negritos

La novela está escrita con la técnica exacta, narrada con frialdad y minucia de relojero

  
Es extraño que Diez Negritos sea la novela más conocida y citada, y, tal vez con la excepción de Telón y El Asesinato de Roger Akroyd, más atípica en la producción literaria de Lady Agatha Christie.


Un psicópata esteta administra
 la única justicia posible


Extraña novela en la que la autora no solo renuncia, deliberada y conscientemente, a sus señas de identidad más reconocibles (detective providencial, ambientes aristocráticos, cándidas historias de amor, finales de pirotécnicas cascadas deductivas) sino también a elaborar una trama inocua, amable y bienhumorada; un argumento tolerado y servicial para sus agradecidos lectores a quienes, habitualmente, Miss Christie reafirma, con suave ironía, en que esto de la literatura policíaca no deja de ser una inocua distracción sin pretensiones y tan cotidiana, saludable y británica como el té de las cinco, el entierro de la Princesa Diana, una pinta de Guiness o las obras completas de Sid Vicious.


Cabría, quizás, aceptar Diez Negritos como una novela problema exasperada, llevada al límite o, acaso, a la perfección. La irresistiblemente atractiva premisa argumental –diez personajes encerrados en una isla desierta ya anticipa al lector que no está ante una texto formulaico.


Esos diez personajes se presentan, inicialmente, como respetables miembros de la sociedad. Una sociedad que, como se va desvelando al lector con mano maestra, ha permitido que sus leyes, costumbres y prejuicios hayan amparado los crímenes, miserias y cobardías.


La novela está escrita con técnica exacta, narrada con frialdad y minucia de relojero. Las acciones, diálogos y reacciones de los personajes están medidas con estricta precisión. Personajes que expían su pasado y acusan y reniegan de su presente mientras aguardan como un horrorizado rebaño, gradualmente desamparado y, a la postre, resignado a aceptar sus ejecuciones tan implacables como inevitable, mientras tararean una canción infantil.


El lector asiste con perversa fascinación a cada vuelta de tuerca argumental aceptando, también el, mientras pasa las páginas, que no aparecerá el detective redentor ni se ofrecerá una solución complaciente. Que la única justicia posible será la administrada un vigilante psicópata y esteta.


Desolador libro, cuajado de aristas, que libera la desesperanza y desolación que la dulce abuela del crimen ocultaba bajo sus sangrientos pirotecnias criminales.


Extraordinario, extraordinario libro.


Luis de Luis


   

   

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