Un gran ensayo


Relato de Roberto Malo, el más -y mejor- cuentista de la banda.


De pronto todo cambió. La pistola dejó de estar en mis manos al recibir un tremendo puntapié y cayó al suelo con todo su peso. Antes de que pudiese reaccionar, ya estaba en poder de ella. El cañón me apuntó y me recordó con su negrura lo fácil que es morir. La mujer sonrió resollando nerviosamente y sus dedos apretaron el gatillo. Como un rayo, me eché hacia un lado y sentí que la bala me arrancaba el lóbulo de la oreja izquierda de cuajo. Rodé como un perro asustado por el asfalto del desierto callejón y me asusté todavía más al ver que la “débil” mujer me apuntaba de nuevo. Al parecer, no se conformaba con arrancarme un trozo de oreja. Disparó sin pestañear y sentí que la bala pasaba silbando al lado de mi pecho. Me tumbé detrás de un gran automóvil que estaba aparcado en la acera y llevé la mano diestra a mi bota derecha, sacando de ella mi navaja automática. “Te voy a matar, hijo de puta”, masculló la mujer mientras rodeaba el coche. Era la primera vez que oía su voz. Al pedirle, a punta de pistola, que me entregara todo el dinero que llevase encima, se había limitado a propinarme una patada digna de la mejor karateka del mundo... Mierda. Era una mujer dura. Una psicópata peligrosa. Perra suerte la mía. Se plantó al momento delante de mí, sosteniendo la pistola con ambas manos cual policía de película –recortándose su silueta contra la noche negra como si fuese la muerte en persona-, y me apuntó al mismísimo corazón. Salté del suelo hacia un lado y le lancé la navaja con todas mis fuerzas. Ella disparó a la vez. La bala atravesó mi antebrazo izquierdo; grité al sentir el dolor y la sangre bañó el pavimento de la acera. La navaja pasó rozando su costado, sin tocarla siquiera. Sonrió, me apuntó de nuevo y disparó. Yo di un violento respingo y creo que esquivé la bala. Caí al suelo, me incorporé como impulsado por un resorte y salté sobre la mujer. Ella apretó el gatillo, sonó un “clic” ahogado, recordé aliviado que sólo había metido cuatro balas y le pegué un fuerte puñetazo en plena cara. Su cabeza se volteó hacia un lado, como si su cuello pudiera girar más de 180 grados, y su cuerpo se tambaleó bruscamente, pero al recuperar la estabilidad me lanzó con furia la pistola descargada a la cabeza. La esquivé por un pelo y, mientras escuchaba el seco y débil sonido del arma al chocar contra el suelo, solté mi puño derecho contra su vientre liso. Se encogió retorciéndose, como si la hubiera dejado sin respiración, y aproveché su aturdimiento para estamparle la suela de mi bota derecha en su cara. La mujer era bastante hermosa, pero con dos o tres patadas como la que le había propinado dejaría de serlo rápidamente. Su mandíbula crujió como una figura de arcilla al quebrarse, y el sonido me encantó. Le estampé otro puntapié en toda su jeta y sentí que su nariz roma se quebraba como una nuez. Cayó al suelo tras semejante impacto y se llevó las manos al rostro bañado en sangre. Le pisé entonces sus manos y su rostro con mi pesada bota derecha, haciéndola girar sobre ella como quien apaga un gran cigarrillo. Sus dedos crujieron como frágiles varillas de barro y su rostro se desencajó todavía más. Creo que intentó gritar, pero mi suela ahogó toda queja. Sólo sus brazos y piernas patalearon y se agitaron en clara señal de dolor. Despegué entonces mi bota de su rostro y la descargué contra su cráneo, golpeándolo como si fuera una maltrecha pelota roja. Casi me extrañé de que su cabeza no saliera volando por los aires, de que siguiera unida a su tronco. Y decidí separarla. Corrí hasta donde estaba mi navaja y la recogí del suelo en cuestión de un segundo, volví presurosamente y la dejé caer con fuerza sobre el cuello de la mujer, como un hacha diminuta sobre un tronco carnoso. Ella borboteó sonidos guturales y empezó a escupir sangre: lo bueno comenzaba. Por primera vez en toda la noche me alegraba de estar en un desierto callejón. Tras varios “hachazos” conseguí separar la cabeza del tronco. La cogí por los cabellos, la lancé al aire suavemente y, cuando caía al suelo empujada por la gravedad, le propiné un tremendo puntapié. La cabeza de la mujer voló como un cometa de cabellos sanguinolentos, se estampó contra la terraza en penumbra de un cuarto piso y se quedó aplastada en su interior. Sonreí por mi gran ensayo y miré a un lado y al otro, cerciorándome de que no había nadie a la vista. Recogí mi pistola del suelo y me alejé corriendo de allí, perdiéndome en la noche. Es curioso. Olvidé robarle la cartera.
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