Un diamante al rojo vivo. Donald Westlake

No podemos llegar a otra conclusión cuando leemos este clásico de la novela negra norteamericana: Los ladrones son gente honrada

Llorar, sí, pero de risa


Imaginemos un escritor que realizara sus novelas con una permanente mueca de sorna y satisfacción cruzándole la cara. Un escritor no aquejado de tormentos creativos, ajeno a la tortura de las Musas, inmune al dolor de la invención y sólo atento a disfrutar.

Su meditada estructura y su acertada prosa
 nos acercan a las andanzas de unos infelices
 que sólo sirven para divertirse robando

No consigo ver a Donald Westlake de otra manera después de haber leído Un diamante al rojo vivo (The Hot Rock, 1970), pues no es novela que se pueda escribir sino poseído por un gran descaro e ironía.


Así, la historia de una recua de delincuentes a cargo -o, mejor, bajo la tutela- del impagable Dortmunder -un genio del robo con paciencia benedictina y resignación franciscana, que resiste los reveses de la Diosa Fortuna- no pudo suponer otra cosa que un banquete de alegría, animado por los inverosímiles ardides ideados para apropiarse de un escurridizo diamante. Estratagemas tan disparatadas en su invención, tan efectivas en su planificación como infelices en resultados.


Bien pudiera pensarse que el libro es una extravagancia dislocada, escrita con despreocupación y desgana. Nada más lejos de la realidad: se trata de una novela cuya estudiada estructura, cuya prosa funcional sirven para graduar, contener y, a la vez, resaltar la comicidad de un puñado de apacibles, hogareños y entrañables criminales cuya única desdicha es haber elegido una profesión tan incomprendida socialmente como el robo.


Afortunadamente, para todos aquellos que aún mantengan prejuicios y aviven incomprensiones contra el gremio de los amigos de lo ajeno, está el gran Donald Westlake. Para abrirles los ojos. A carcajadas.


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Luis de Luis
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