Pero sigo siendo el Rey. Carlos Salem


Novela itinerante, apasionada y cabal, descarada y sensata, tradicional y disparatada…


En el metro, me miraban perplejos...

Uno de los entretenimientos para distraer los tediosos trayectos en Metro es cotillear, con mayor o menor disimulo, las lecturas de nuestros compañeros de travesía suburbana. Comparamos nuestras lecturas y hacemos un análisis sociológico apresurado, de eso que los cursis vienen a llamar los “hábitos lectores”, que resulta ser bastante más veraz y cotidiano que el reflejado en listas de ventas, campañas publicitarias y otras fanfarrias al uso. Viene esto a cuento de que durante el transcurso de los viajes, a lo largo y ancho del subsuelo, que he dedicado a la lectura de Pero sigo siendo el Rey, la extraordinaria novela de Carlos Salem, autor también de Matar y guardar la ropa. Y he disfrutado cual gocho, recaudando las miradas de extrañeza, perplejidad y asombro de los viajeros que, con mayor o menor disimulo o torpeza, se arrimaban a curiosear si era cierto que el monarca del título y la ilustración de portada se referían, nada más o nada menos, a ese Rey: el doblemente Borbón. 

Dada la imperante y mojigata censura que envuelve todo lo que concierne a la Real Familia, la segunda mirada de los pertinentes curiosos iba, claro, dedicada a mi humilde persona, intentando adivinar, supongo, en mis molientes facciones y en mi banal atuendo, algún rastro que delatase a un peligroso radical, un chismoso periodista del corazón o, tal vez, un turbulento monárquico... Valga como muestra este botón para constatar que la novela de Salem viene, ya por la cara, llamando la atención del común de los mortales. 

Mayor hubiera sido el pasmo de los cotillas subterráneos de leer la contraportada y percatarse de que el itinerante argumento consiste en la búsqueda (y hallazgo) de la más Alta Representación del Estado quien, a su vez, es un co-protagonista. Tengo para mí que proponiendo este brillante punto de partida, Salem, con sana inconsciencia de novato, se ha planteado un reto, proclamando un saludable “aquí estoy yo”, reescribiendo muy, pero que muy a su manera, un híbrido entre El Príncipe y el Mendigo de Twain, On the road de Kerouac y el Lazarillo de Tormes. Y de ese reto ha salido tan vivo como coleando. Esta larga y complicada tarea de escribir la novela está acertadamente contada con tono chandleriano, en primera persona, exacto y descriptivo, romántico y cínico, escéptico y descarado a la vez que concluyente y sabio. De esta manera, evita que en las zonas del texto más absurdas o sentimentales, el texto se despeñe incurriendo en el más obvio jajajiji o la más temible cursilería. 

Carlos Salem va y construye Pero sigo siendo el Rey en tres alturas. Una primera parte, madrileña y callejera, en que el lector debuta conociendo a Arregui -un detective nacido, sin rubor, de la costilla del mismísimo Marlowe, sentimental exasperado, filósofo de barra, patético irresistible- y a sus asociados -secretaria afable, socio comprensivo, clientes entrañables- quienes, entre bares, callejones y tugurios, van, vienen y se entretienen. Hasta que en la segunda parte aparece Don Juan Carlos I, como el tarambana resabiado, atolondrado y adorable que tantos sospechan que es. Con naturalidad narrada sin golpes de efecto ni teatralidad, acompaña al desventurado Arregui en un viaje por una España eterna, ajena, atemporal y onírica, a la caza de una infancia, mientras se cruzan con personajes cervantinos, de esos que, a la usanza del Ingenioso Hidalgo, ahorman la realidad a mayor gloria de su antojo, fantasía y capricho. 

En la última parte, definitiva, no solo se resuelven todos los cabos sembrados a lo largo del texto, si no que el lector asiste a una fabulosa farsa, digna de los Hermanos Marx: un disparate sensato y feliz. Empalidece la novela, por supuesto, esta reseña. Es mejor leerla. Me queda, por el camino, poner de relieve el acierto en el manejo de los materiales, la prosa exacta, el respeto y cuidado al lector, el equilibrio de su estructura... de una novela itinerante, apasionada y cabal, descarada y sensata, tradicional y disparatada y tan a su irreverente y respetuosa manera– monárquica, como los peep toes de Leticia, el coñazo de Froilán o ¡y esto es mucho decir! los impagables pantalones de Marichalar. A poca sensibilidad que tenga la Casa Real, el Gran Ducado de Bukowski está al caer. Al tiempo.

Salto de Página, 2009
Compra en Estudio en Escarlata


Luis de Luis
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