Mirar al agua. Javier Sáez de Ibarra

Javier Sáez de Ibarra planea cada relato como el crimen perfecto, siguiendo un plan trazado al milímetro. Con buen pulso narrativo, el autor nos plantea reflexiones sobre la llamada Sociedad del Espectáculo, confiando, como confían los náufragos al sellar sus mensajes dentro de botellas, que lo leeremos con la calma que merece
Perspectiva, detalles, ornamentos...

Hay libros que estimulan, inspiran, invitan a escribir. En ocasiones, uno piensa, ¡cómo no se me ha ocurrido a mí antes! Y tiene que aceptar, quizás muy a su pesar, que el libro ya existe, y que el autor es otra persona. Además, la maquinaria que mueve la ficción es tan precisa que dan ganas de recrearla libremente, adaptarla a nuestras necesidades como escritores, experimentar con ella para llevarla a otro terreno… Todo esto sucede con Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra, que ha ganado el I Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.

queremos ser escritores, cegados por la ilusión 
de que hay alguien al otro lado, pero...
¿alguien sabe dónde están los lectores?

Los dieciséis relatos que componen esta obra tienen un nexo de unión fácilmente identificable: casi todos versan sobre obras pictóricas, incluso alguno de ellos –“Un hombre pone un cuadro” – parece estar escrito conforme a las técnicas que se emplean para pintar: la perspectiva general, el añadido de los detalles, los pequeños ornamentos, nos llevan a la ansiada conclusión.

Si algo sorprende en este libro de relatos es la cantidad de registros, la variedad de estilos, los diferentes tonos… Resulta tan versátil, que no podemos encontrar un relato igual a otro. Breves anécdotas, estampas costumbristas, diálogos imparables, construcciones y deconstrucciones, testimonios…

Da la impresión de que Sáez de Ibarra planea cada relato como si fuese el crimen perfecto, y que con mano de profesional, esculpe cada palabra sin que tiemble el pulso, siguiendo un plan trazado al milímetro. Hay que destacar la perfección de muchas de estas narraciones breves (“Una ventana en Via Speranzella” o “Jerónimo G.”, entre otras), sin embargo, puntualmente, ya sea el rigor de la estructura, ya unas citas culturales algo desmedidas, acaban por saldar un relato algo frío y excesivamente intelectualizado (tal es el caso de “El disfrute de la palabra”).

Tal cantidad de referencias diletantes nos acaban llevando a interesantes reflexiones sobre el acto creativo, que el autor analiza en nuestro tiempo y lugar, dentro de la llamada “sociedad del espectáculo”. Parafraseando una de las citas: queremos ser creadores basándonos en la ilusión de que hay alguien al otro lado, de que queda algún espectador. Pero cuando todos somos creadores, ¿dónde está el público?


Páginas de espuma, 2009



David G. Panadero
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