El juego de Ripley (Ripley´s game, 2002)

La cineasta Liliana Cavani desnuda por completo a Tom Ripley, un personaje para quien la moralidad no pasa de ser una definición de diccionario, con poca o ninguna relevancia en el día a día
Mucho más que un vulgar matón

Ripley se asocia con un vulgar matón para vender obras de arte falsificadas. El asunto se les complica cuando no les queda más remedio que matar a un cliente peligroso; entonces el protagonista huye a Italia.

Pero hay que seguir eliminando a más implicados. Ripley pedirá ayuda a un vecino, enfermo de leucemia y muy humilde, que a cambio de dinero perderá los escrúpulos...

la sobriedad y el regusto minimalista
plantean algo así como una
New Age sólo apta para psicópatas

Cuesta trabajo creer que la misma novela de Patricia Highsmith haya dado lugar a dos films tan dispares: El amigo americano, de Wim Wenders y el presente. El alemán proponía una trama policiaca, pero no sólo dejando a los cadáveres a mitad de camino; también se saltaba la trama para caer en unas complicadas metáforas visuales sobre cómo un personaje seduce a otro.

Por su parte, Liliana Cavani ha dirigido un film puramente policiaco y de intriga, pero a su vez dando una visión muy personal del género y actualizando la trama en muchos detalles, que no son precisamente accesorios.

La primera secuencia hace que los espectadores nos pongamos a la defensiva: Ripley (un no muy convincente John Malkovich) la emprende a patadas con un guardaespaldas hasta matarle, cual hooligan enfurecido. En ese momento, el amoral personaje pierde todo su encanto; podría haber sido interpretado por Steven Seagal o cualquier otro actor. Da la impresión de que vamos a asistir a una historia de ajustes de cuentas sin más.

Y vamos viendo cómo se ha “reinterpretado” al personaje de la Highsmith: no sólo suelta puños, sino que es vanidoso y tiene un orgullo infantiloide (un vecino del pueblo critica el gusto estético de Ripley tachándole de nuevo rico, y éste le devuelve una mirada de “ya hablaremos tú y yo”).

Como vemos, la presentación de personajes deja bastante que desear, y el metraje transcurre a un ritmo demoradamente lento, recorriendo uno por uno los rincones del palacio italiano en el que se retira Ripley.

Ocasionalmente, la sobriedad del film se ve interrumpida por una excelente partitura de Ennio Morricone, de regusto minimalista. Digamos que es New Age para psicópatas.

El ritmo es lento, decíamos, pero sin darnos cuenta nos vemos envueltos por una tensión creciente: Jonathan Trevanny (el actor Dougray Scott, posiblemente el mejor hallazgo de todo el film) acepta casi con nauseas matar por dinero, y en el preciso instante en que elimina al hampón ruso en el acuario, asistimos a una excelente vuelta de tuerca en el film. Ya no hay posibilidad de escape.

Ripley ha sido el mentor de su vecino Trevanny, y éste, aún contra sus principios, aprende rápido el arte de matar. Sus principios morales se van derrumbando sin dificultad, y el aspecto enfermizo debido a la leucemia viene sustituido por una nueva vitalidad; la vitalidad del que ha visto manar sangre.

Y curiosamente, también se opera un cambio en la mente de Ripley: el asocial y excéntrico “hombre de negocios” descubre que tiene un amigo y se humaniza hasta límites insospechados.

La secuencia más estimulante del film es la que transcurre en el interior del tren, donde Trevanny ha de acabar con un capo ucraniano: la acumulación de despropósitos, confusiones y cadáveres erigen un monumento al humor macabro en un momento que directamente bebe de la literatura psicologista, sádica y a la vez divertida de Patricia Highsmith.

En líneas generales, podemos decir que la película tarda en arrancar y da una imagen algo domesticada del sádico Tom, pero todos estos defectos se ven limados por una austera puesta en escena, la casi total ausencia de efectismos, unos personajes conmovedores (en especial Trevanny, ese vecino enfermo que se hunde en ríos de sangre), y, sobre todo, una sorprendente partitura del veterano Morricone, que demuestra una tremenda modernidad pese a que lleva décadas dando a la batuta.

Con tan buena materia prima, sigue molestando un asunto: Liliana Cavani no ha escamoteado detalle, se ha metido hasta en la alcoba de ese personaje misterioso que es Tom Ripley, de manera que no ha dejado margen para la ambigüedad. Y eso es esencial con un personaje para el que el concepto de moralidad es acaso una definición de diccionario sin mucha relevancia en el día a día.

David G. Panadero
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