Clint Eastwood. Carlos Aguilar

Eastwood supo convertir el western americano en una corriente más pesimista, en la que las placas de los sheriff no brillan tanto, y los protagonistas, antes que héroes flamantes, son personajes dudosos

¡Alégrame el día!
El sentido común aconseja no dar mucho valor a las frases hechas, esas coletillas que acompañan al nombre de un cineasta o escritor, por lo que tienen de exageración o, simplemente, de frase promocional más o menos inspirada. Sin embargo, cuando escuchamos una y otra vez que Clint Eastwood es “el último cineasta clásico”, deberíamos pararnos a pensar al menos en un instante, en la fuerza descriptiva de este afortunado lugar común.
Carlos Aguilar debe opinar que sí, que con el autor de Million Dollar Baby tenemos al representante de un Hollywood que ya no existe más que en la retina de un puñado de cinéfilos. Y en este estudio crítico sobre su obra, resalta la idea de que ese clasicismo, en lugar de encorsetar al autor, en lugar de condenarlo a repetir fórmulas ya conocidas, le convierte en un cineasta que nada a contracorriente, y construye una obra propia y fácilmente reconocible, que destaca en el panorama actual de forma única.
En poco más de 300 páginas, Aguilar despacha, con esa capacidad para la síntesis a la que nos tiene acostumbrados, la vida y obra de Eastwood, aportando una documentación precisa y abundante, a la vez que enmarcando al autor tanto en su época como en el contexto social que le ha tocado vivir.
Sus dos maestros fueron Sergio Leone y Don Siegel, y a este respecto, cabe reseñar que el cineasta ha sabido conjugar lo mejor de cada uno de ellos. Por un lado, Eastwood supo convertir el western americano en una corriente más pesimista, naturalista, cabe decir, en la que las placas de los sheriff no brillan tanto, y los protagonistas, antes que héroes flamantes, son personajes ambiguos o, cuando menos, dudosos. De Siegel asumió la economía de recursos y la agilidad en el rodaje.
Por otro lado, Aguilar se resiste a ensalzar al cineasta de manera incondicional. Resulta muy interesante la manera en que conjuga el respeto a su obra con una crítica ponderada a sus opiniones y actividad política. Ya sabemos que Eastwood es un personaje controvertido, y en Europa no han faltado los que le tacharan de fascista. Visto de otro modo, y sin quitarles del todo la razón, coincidimos con el autor de este ensayo: con Harry, el sucio, el hombre de cine supo captar, quizás de forma visionaria, el malestar que se estaba implantando en las grandes ciudades.
Concluiremos el comentario señalando que, con el paso de los años, el propio Clint Eastwood asume plenamente el papel que, dentro y fuera de la pantalla, ha representado durante estas últimas décadas. Lo menos que puede decirse de la excelente Gran Torino es que se trata de una obra puramente reflexiva, en la que nuestro hombre asimila con humor el paso del tiempo, y que él, en cierto modo, pertenece al pasado. Lo que no es óbice para que espectadores de toda edad y condición sigamos disfrutando, emocionándonos, con sus películas. No en vano, decíamos, con él tenemos al último cineasta clásico.


Cátedra. Signo e imagen/cineastas, 2009


David G. Panadero
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