39 escalones: historia de una escalera

Del origen literario a la adaptación cinematográfica, a manos de un joven y orondo Hitchcock, para llegar al montaje teatral. Más escalones de los que puedes subir...
Excéntricos y pirados

Allá por 1915, John Buchan, diplomático, aristócrata, miembro del parlamento, publicó como divertimento banal Los 39 escalones, una breve novela de espías en la que -con humor condescendiente, ceja arqueada, y mueca divertida- narraba de manera creíble e irónica las inverosímiles peripecias de Richard Hannay, un ingeniero al servicio del Imperio (Británico, of course) que, recién arribado a la capital del ídem se ve involucrado, de chiripa, en una tremebunda conspiración fraguada por innominadas potencias extranjeras que se ve, claro, obligado a desmontar.

personajes siniestros y pintorescos,
 luz expresionista, escenas de vodevil,
 historias de amores y desdenes...

El asunto corre a cargo de "Los 39 escalones", una organización correveidile dedicada a enredar y mangonear lo suficiente para que el sufrido Reino Unido se empotrase, de aquella manera, en el conflicto bélico internacional que, a la sazón, tenía lugar con el Viejo Continente, con la denominación de origen de I Guerra Mundial.

Pues, mira tú por donde, la intrascendente novelita (poco más que un bolsilibro con ínfulas) va y resulta un fenómeno de ventas (como tantas veces ocurre con aquello que se hace exento de trascendencia y ausente de pretensión). No es, quizás, complicado aventurar una explicación del éxito: difícilmente el lector medio podría resistirse al breve texto, elaborado con prosa sencilla e irónica, expurgada de toda retórica que pudiera proporcionar tedio y causar bostezo, que narra las desventuras de un hombre medio sometido al juego del gato y el ratón, acorralado por un variopinto casting de excéntricos y pirados (gañanes, lords, ociosos, coleccionistas...) en una carrera desbocada por los páramos de las altas tierras escocesas.

Si, además, se tiene en cuenta que a ese hipotético lector medio se le ofrece, por el mismo precio, una explicación más o menos razonada e inteligible de las causas, orígenes y motivos de la I Guerra mundial, se exaltan (sin fanfarria o tabarra) lo valores patrios, se le desvelan de primera mano inverosímiles conspiraciones (este recurso, aún hoy, da mucho juego a efectos lista de ventas) y gana el héroe (que, casualmente, desborda atractivo y simpatía)... lo raro es que este thriller de espías “a lo Graham Greene” sin angustia cristiana ni remordimiento católico, no hubiera sido un éxito, aún mayor.

La popularidad de la novela la convertía en el perfecto material para que en 1935, un joven y rotundamente orondo director inglés, un tal Alfred Hitchcock diera el primero de sus grandes saltos a la popularidad al mando de una de las primeras superproducciones del cine británico.

Las expectativas eran, claro, muy elevadas, y el futuro Sir Alfred no era tipo proclive a dar puntada sin hilo, ni a dejar nada al albur de la inspiración del momento, la creatividad espontánea y demás sandeces en las que emulsiona el Genio Creador que podrían desbaratarle su proyectado peliculón. Así, no le tembló la mano al podar la novela, hasta reducirla a una mera excusa argumental a la que incorporar una brillante y meticulosa planificación, personajes siniestros y pintorescos, luz expresionista, subvertir escenas de vodevil, una historia de amor y desdenes, recrearse en el tema del falso culpable, dar la alternativa a un galán irreprochable (el gran Robert Donat) y la primera rubia gélida (la exquisita Madeleine Carroll, a quien se dice que motivaba mediante la depurada técnica actoral de abrirse la bragueta entre tomas: puro Stanilsavsky) y, hasta un toque de perversión (tuvo esposada a la pareja protagonista durante el rodaje).

Para conseguir todo lo anterior, tuvo que prescindir, claro, de chorradas tales como la precisión y coherencia argumental. Detalles menores que no impidieron que la película no sólo se convirtiera en el esperado taquillazo sino que, aún hoy en día, la cinta sigue siendo considerada una de las diez mejores películas de la historia del cine británico: un carrusel de persecuciones y de suspense fresco que funciona al milímetro quizás porque sirvió de prototipo para dos de sus mejores, influyentes y dispares thrillers de su etapa norteamericana: la oscurísima Falso Culpable (The Wrong Man,1957) y la festiva y descarada Con la muerte en los talones ( North by northwest, 1959).

Quizás fuera la indudable vigencia de la película la que decidiera al dramaturgo y actor inglés Patrick Barlow a intentar, en 2005, un más difícil todavía con una adaptación de la película para las tablas. La propuesta no dejaría de llamar la atención de curiosos e impertinentes, dada la aparente imposibilidad de cuajarla con mínima solvencia la propuesta. Tras un año de representaciones se estrenó en Londres, donde no tardó en atraer al público que da dinero, es decir, el que pisa el teatro en contadas ocasiones y para ello tiene que estar (más que) seguro que el dinero “tirado” en la entrada va a justificar no invertirse en pintas y fútbol. Y el público dio dinero y la versión teatral de los “39” inició un periplo internacional que le llevó a recalar desde el mismísimo Broadway al teatro Maravillas del madrileño Malasaña, donde se estrenó el pasado 28 de agosto de 2009. Pedro Larrañaga ha producido en el teatro el montaje hispánico.

La obra sigue fielmente, por inverosímil que parezca, la película del gran Sir Alfred (a quien, dicho sea de paso, se rinden homenajes –a veces obvios, a veces inesperados– durante la función) a base de convertir las limitaciones del medio teatral con ingenio, complicidades entre el elenco y guiños al espectador con un ritmo veloz y un montaje con un aire estudiadamente amateur de función de fin de curso en COU, salpicado de estratégicas morcillas y reconocibles tics heredados de Lina Morgan y de Martes y Trece ( no es crítica; son, guste o no, referentes del humor popular).

Jorge de Juan, Diego Molero y Beatriz Rico forman un eficaz reparto cómico, asumen sus personajes con un saludable sentido del humor, tienen una saludable vis comica y, sobre todo, sirven de extraordinarios costaleros de Gabino Diego, que se da un festín interpretando a ¡nada menos que 13 personajes! unos como Groucho, otros como Chico y otros como Harpo, sin perder ese aire de estudiante zangolotino a punto de catear, que es su marca de fábrica. Ni que decir tiene que texto y montaje tan astutos y hábiles no dejan a nadie indiferentes y que le público sale del teatro absolutamente convencido de que esto del arte de Talía no es cancerígeno y totalmente decidido a repetir la experiencia el año menos pensado.

Luis de Luis
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