Suicidio a crédito. Ricardo Bosque

Siempre hay alguien a quien toca hacer el trabajo sucio y revelar lo que todos saben y ocultan. Mucho me temo que, en esta ocasión, es a mí a quien corresponde desempeñar tan desagradable tarea y, poniendo a Dios por testigo, clamar a los cuatro vientos para quien pueda interesar, que Ricardo Bosque anda detrás de amores que, si no son prohibidos, sí inusuales; si no ilegales, sí infrecuentes; si no fatales, tampoco saludables.
Quizá la causa estribe –si las solapas de Suicidio a crédito no mienten– en la tan traída y llevada crisis de la mediana edad que, complicada con un ataque de pygmalionismo rampante, hayan conseguido que Ricardo ande cual profesor Higgins con Eliza Dolittle, y sea, ¡también!, la corresponsal de sus afectos, otra florista tan tozuda y deslenguada como la primera.
Así, si la mujer del interfecto está, por algún azar, leyendo estas líneas, puede remansar su preocupación, dejar de hacer la maleta y devolver el rosario de su madre al cajón de la cómoda de donde nunca debió salir. En dos palabras, Ricardo Bosque está enamorado de Tana Marqués; así que la cosa no es grave, ni inquietante... ¿o sí?
Sea como fuere, como todo amor desbordante y desbordado, y todo enamorado que se precie, ha querido legar a la posteridad el catálogo de virtudes de la amada en Suicidio a crédito, su flamante y reciente novela.
Y es de justicia. En Manda flores... el personaje de Tana Marqués clamaba por -como, con locución cursi y políticamente correcta (es decir, hueca) gustan decir locutores, tertulianos y horteras varios- un espacio propio y Ricardo se lo da con generosidad, talento y oficio en esta historia en la que el lector acompaña a Tana en una road novel en la que emprende la senda de una venganza.
A partir del descubrimiento de un engaño en su, digamos, actividad Gúrtel , la que le proporciona el dinero negro, Tana reacciona, cual Gallina Clueca y Madre Leona, como la ejemplar esposa y madre que nunca deja de ser, protegiendo a su camada (al hijo que, no hace tanto hacía la Primera Comunión, que ahora es junkie del Messenger y de la pizza congelada y el mandilón del manso pregonao su marido por quien siente un irracional apego que le provocan incomprensibles arrebatos de mojigatería virtuosa y misteriosos espasmos de cariño).
Así, la fúnebre florista acopia a Lorenzo (un empleado acampanado, con retranca y disperso) y a su abuela (un ser cercano a un primordial de Lovecraft que aunara el cerebro de Doña Rogelia, el envase de Florinda Chico y la mala hostia de Losantos) como acompañantes en su particular viaje a los infiernos (ums, ahora que me fijo, la tipología del terceto no desmerece del clásico trío formado por el Capitán Trueno, Goliat y Crispín: el guapo, la bestia y el lelo) encarnado en un periplo hasta Madrid, a la caza y captura del traidor que amenaza las bien ganadas estabilidad y placidez pequeñoburguesa de Tana.
Las peripecias del trío les llevan a hacer surfing en el lodo del mundo del corazón, donde sobreviven a encuentros un fotógrafo superviviente y mileuristas, una maitresse justa pero cruel y un tipo torvo y siniestro donde los haya, basado al parecer en un tipo real, de esos que, al verles, es aconsejable no ya cambiar de acera, sino de barrio, ciudad e identidad. Avisados quedan.
La novela, jocosa, regocijada y bienhumorada, respira cariño por los personajes que transitan por una trama ajustada y bien resuelta, armazón suficiente para respaldar las meditaciones, reflexiones y cavilaciones de Tana Marqués: una miaja sensatas, un punto desengañadas, un pizca coherentes, un siempre encantadoras.
Novela de personajes verosímiles, de ley, de verdad: con personajes creíbles y reales por risibles y sinceros, como usted, como yo, como cualquiera.
Destaca, claro, y más arriba quedó dicho y reiterado, Tana Marqués; de quien, su rendido autor no oculta sus miserias que la hacen tan grande como frágil. Creo que debo desvelarlas.
Verán... Tana Marqués es una intelectual. Sí, como lo leen.
No es que desprecie los programas del corazón sino que le producen la mayor de las indiferencias, el más gutural bostezo. Ella transita por las más depurada decantación de la sabiduría...¡oye, de cabo a rabo, El Larguero!.
No solo es un cuerpazo, tiene un corazón de oro sino que, ¡encima!, es una erudita.
No solo no me extraña que Ricardo esté enajenado con ella, es que me parece poco...
Mira editores. 2009
Compra en Estudio en Escarlata
Luis de Luis
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