Peter Lorre: el Hombre Perdido

Peter Lorre volvió a Alemania en 1950, después de pasar bastante tiempo en Estados Unidos. Luis de Luis se pregunta, y no sin fundamento, si lo que el histriónico buscaba era hacer las paces con su pasado 

Su desamparado personaje


Es 1950. Peter Lorre ha alcanzado el éxito, y se ha convertido en la sonrojante autoparodia y la humillante caricatura: una débil, lacrimosa y temblequeante comadreja que, mientras sirve de frontón eficaz a estrellas  como Cary Grant y Humphrey Bogart, hace las veces de lucrativo jackpot a su cuenta corriente. Es 1950. Peter Lorre vuelve con las alforjas llenas a una Alemania devastada para hacer las paces con su pasado, con su país, y quién sabe si consigo mismo. Entonces se pone tras la cámara, dirigiendo, escribiendo y produciendo El Hombre Perdido (Der Verlorene), película financiada por las sobras de un dinero malgastado en divorcios y drogas legales.

incómodo thriller sobre las culpas, miserias 
y mezquindades que toda la sociedad alemana 
consintió como válidas  

Esta vez, un Peter Lorre ensimismado encarna con gesto sobrio y mirada hueca a un doctor, ex colaborador de los nazis, secreto asesino y obseso sexual que, a partir del reencuentro con un antiguo colega, rememora las culpas y miserias que le han llevado a sobrevivir en una neblina alcohólica absolutamente necesaria, en los barracones de las afueras de Berlín.


Administrando con sabiduría lo mejor de lo visto y vivido en su carrera, el Lorre director filma historias paralelas con flashbacks que beben de la estilización noir de la Warner Bros, el neorrealismo entonces en boga y el exacerbado suspense hitchcockiano, para trazar en un gris brumoso un inquietante e incómodo thriller sobre las culpas, miserias y mezquindades que toda la sociedad alemana consintió como válidas.


No creo que Lorre buscara ajustes de cuentas o venganzas postergadas, ni parir la escuela de Nuevo Cine Alemán o sandeces por el estilo. Quizás, tal vez, imaginara ingenuamente que esta sobria, y contenida película fuera una mano tendida, un símbolo, una parábola sobre la aceptación.


No sé.


Ni supo, en su momento, el público de aquel entonces, que rechazó tan firmemente esta extraordinaria película que sólo pudo estrenarse en las salas comerciales de Estados Unidos, cuarenta años más tarde y aquí, en las provincias de Imperio, pasó directamente al vídeo.


Quizás ese injustificado y largo anonimato sea el mejor elogio y homenaje que se le pueda hacer a este hombre perdido que debió ser Peter Lorre.

Luis de Luis
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