El castigador (The Punisher) (2004)

Frank Castle es un agente especialmente entrenado para misiones de alto riesgo. En el transcurso de éstas van muriendo narcotraficantes y delincuentes. No tardarán en llegar sus enemigos 

¡Procure no enfadarme!

El personaje del Castigador nació hace ya tres décadas, en un momento en que una generación entera de norteamericanos sufría el trauma del Vietnam, mientras crecía la inseguridad ciudadana. En este contexto, la figura del policía violento, del vengador obsesivo, estaba más presente que nunca.

hampones malencarados, personajes corruptos
 y violencia irracional como única alternativa

Uno de los iconos de ese cine tabernario que exigía el ojo por ojo fue Harry, el Sucio. Pero una mirada atenta nos muestra que el policía de Chicago se podía arropar bajo una curiosa ambigüedad; mientras en Europa se tildaba de fascista a Clint Eastwood y a su personaje, en Estados Unidos se le contemplaba como a un individualista obsesionado por la justicia y capaz de atacar a sus superiores, enfrentándose al sistema.
Esa obcecación maníaca y peligrosa es el soporte de multitud de cintas de género negro y policial, pero hemos de reconocer que no siempre se sirve para abrir conflictos ideológicos; antes bien, este tipo de cine suele representar una catarsis violenta para espectadores ávidos de imágenes sensacionalistas.
Visto el contexto que rodea al Punisher/Castigador, debemos aclarar en primer lugar que su película no intenta en ningún momento cuestionar el poder o la Justicia; antes bien, se sirve de tópicos y frases hechas de supuesta trascendentalidad, para dar pie al Castigo oportuno. Y es uno de los puntos en los que el film traiciona al cómic original: si estábamos acostumbrados a un reaccionario neurótico dotado de un sentido del humor socarrón y provocador, el Punisher, con las facciones de Thomas Jane, se presenta como personaje taciturno y meditabundo, calculador y paciente, capaz de urdir complejas tramas en las que caerán sus adversarios.
Y quizás sea el peor defecto del film el tratar de dulcificar a un personaje tan despreciable. Ese afán lleva al Punisher a entablar amistad con unos vecinos adolescentes muy pintones: una chica aficionada a los maltratadores, un devorador de pizzas y un amante del piercing.
Con todo, hemos de reconocer que el cineasta Jonathan Hensleigh ha optado por una postura arriesgada y original dentro de las últimas adaptaciones de personajes de la Marvel. En lugar de caer en el goticismo de bolsilibro de Daredevil, la ironía gamberra de Spider-Man o la suntuosidad del díptico de X-Men, con El Castigador, Hensleigh se aparta de manera llamativa del mundo de la viñeta, despojando a la cinta de todo referente comiquero. De hecho, si viésemos el film con otro título, posiblemente pensaríamos que se trata de un policial crepuscular y violento, que narra el enfrentamiento vertical e inhumano del protagonista con un mafioso, al que presta rasgos John Travolta.
De hecho, no podemos decir que el personaje llegue a tener un uniforme, al menos en el sentido marveliano; si acaso, en momentos puntuales, luce una camiseta con calavera, a la vez que va vestido de negro.
Resulta habitual en adaptaciones de cómic un tratamiento sofisticado y elegante de la violencia, pero no es así en este caso: aquí duelen los golpes, duelen los balazos, y las agresiones son mostradas con estilo naturalista. Las luchas pueden recordar más a las de films como Yo soy la justicia que a los enfrentamientos entre Daredevil y Elektra. Hensleigh rehuye el color, recreando una estética apagada, atonal, de cierto clasicismo, servida en un ritmo algo ceremonioso. Ahí radica el sentido del riesgo del cineasta: ofrecer unas aventuras de manera algo pausada, con acompañamientos jazzísticos y melancólicas melodías de piano.
Podemos incluso hablar de secuencias ejemplarmente resueltas. El film alcanza un gran clímax en los momentos previos a la matanza de la familia Castle. Mientras éstos celebran su reunión en una playa tropical, un grupo de mercenarios se acerca de manera imparable: la simultaneidad de ambas acciones crea una gran sensación de tragedia y peligro.
Por lo demás, pese a las inconsistencias ideológicas del film y pese a unas interpretaciones anémicas, podemos apreciar una voluntad de estilo por parte del cineasta, que recupera ese aire sórdido y sucio de hampones malencarados, personajes corruptos y violencia irracional como única alternativa a unos personajes desbocados.

David G. Panadero
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