Submáquina. Esther García Llovet

Esther García Llovet baraja las cartas con suficiente habilidad como para sacarse unos cuantos ases de la manga, regalándonos con fluidez, sin estridencias, unas cuantas sorpresas

Más allá de la mera imitación
 Rara vez el mercado editorial, tan tendente a la uniformidad, nos sorprende con un libro que escape a encasillamientos fáciles. La literatura de género ofrece unas coordenadas que editores, libreros y lectores, aceptamos y asumimos, tanto por gusto como por mera rutina.
Pero la editorial Salto de Página nos ha traído con Submáquina, de Esther García Llovet, una obra que apuesta por caminos menos transitados, y opta por contarnos su historia de una manera personal. Tampoco caeremos en exageraciones –esas a las que somos tan dados los críticos cuando queremos convencer, a veces de forma categórica, de que hay que leer tal o cual obra–. Preferimos no exagerar, y diremos que la autora muestra unas referencias culturales bien claras, de las que se sirve para contar su historia, pero con una voluntad de estilo que va más allá de la mera imitación. Por tanto, baraja las cartas con suficiente habilidad como para sacarse unos cuantos ases de la manga, regalándonos con fluidez, sin estridencias, unas cuantas sorpresas.

Tiffani Figueroa ha pasado por varios matrimonios. 
Le gusta conducir y jugar al póquer

García Llovet debutó en las letras en 2003 con Coda, llegando a ser finalista del IV Premio Casa de América de Narrativa. Con este libro ya dejó claro cuál sería su estilo.
Y ese estilo está marcado por la narrativa cinematográfica, visible en el desarrollo sintético de la acción, la capacidad para recrear pequeños detalles, la agilidad a la hora de combinar historias de diversos personajes –si me apuran, a la manera de Robert Altman–.
También llama mucho la atención la forma de retratar los acontecimientos. Tanto Coda como Submáquina, son obras realistas, pero sólo en apariencia, pero García Llovet sabe dotarlas de un aire indefinido, fantasmal, abstracto, que les dota de una atmósfera taciturna, de ensoñación –seguiremos con las comparaciones cinéfilas: ¿quizás a la manera de David Lynch, o al estilo de David Mamet, que hacen esas películas donde la mascarada, el engaño, la representación, son llevadas al límite?–.
No debía escapársenos que la autora es psicóloga clínica y guionista de cine documental. Quizás de ambas profesiones nazcan tanto esa mirada distante, propia de un voyeur –del voyeur que todo cinéfilo es– como la escasa implicación en lo narrrado. Los personajes parecen abandonados a su suerte, y no pretenden nuestra simpatía. Lo único que podemos hacer es mirarlos con cierta extrañeza.
Respecto a la singularidad de estas novelas, hemos de decir que podría llegar a ser un arma de doble filo, pues si bien sorprenden, también pueden llegar a desconcertar. Sus argumentos llegan a comprenderse, ante todo, de manera intuitiva, y muchas veces la trama no se desarrolla tanto en función de una lógica narrativa como buscando recrear un ambiente, una atmósfera. Dicho en otras palabras: no queda muy claro si Coda o Submáquina son novelas, o más bien libros de relatos que comparten espacios y protagonistas comunes.
Submáquina nos cuenta, de manera fragmentada, la historia de Tiffani Figueroa, una policía retirada que ha pasado por varios matrimonios. Le gusta conducir y jugar al póquer… La lectura de esta ¿novela? entusiasmará a todos aquellos que disfruten con una literatura llena de sugerencias y pequeños hallazgos. Los que prefieran seguir fórmulas establecidas deberían leerla con paciencia. Seguro que, una vez concluida la lectura, conservarán parte del paisaje, de la gente que lo habita, en la memoria, intentando discernir lo leído de lo imaginado.

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David G. Panadero
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