La lista negra. Antología de relatos

    
El del relato es un medio escurridizo porque nada está claro, ni en términos de extensión, ni de densidad, ni de estructura. Ello motiva que muy a menudo se llame relato a un texto de treinta o cuarenta páginas al igual que se puede considerar relato otro de cinco, diez o quince, y ello conlleva ciertas dificultades que en el caso de una antología pueden tener extrañas consecuencias si los antólogos no andan listos en las concesiones y hábiles en la selección.

Hay relatos en La lista negra que realmente lo parecen, es decir, textos escritos ex profeso para ser publicados en una antología o similar. Frente a ello, hay otros textos que por su extensión y estructura tienen poca pinta de relato y más bien parecen descartes, apuntes o esbozos de novelas, bien planteados, desarrollados con cierta eficacia, pero cerrados en falso para la ocasión a fin de enmascararse como relatos. Por supuesto, muy a menudo no logran su objetivo de camuflarse como lo que no son, y se nota.

Lo antedicho se hace especialmente perceptible, además, por la poco eficiente distribución de los textos a lo largo del libro. Un reparto nada hábil pues en lugar de aprovecharse los auténticos relatos como píldoras vigorizantes para, una vez espolvoreadas a lo largo de la obra, mantener la tensión en el lector y relanzarle hacia delante invitándole a seguir leyendo, ocurre que tienden a aparecer juntos, irregularmente repartidos, lo cual provoca que la antología en general tenga prolongados momentos de lectura monocorde y anodina.

Lo precedente desemboca en una segunda fuente de extrañeza que toma la forma de una desigual calidad literaria en los textos que se ofrecen al lector. Frente a los relatos auténticos, que se muestran tensos, con buen pulso, vigorosos, aquellos otros que parecen retales de historias mayores –no podemos decir si mejores o peores en la medida que desconocemos como serían llevados a su final natural– se ofrecen raros, forzados y falsos. Con autores excesivamente presentes e historias a menudo artificiosas. Esto –bien lo saben los lectores– sucede a menudo en las antologías, pero en el caso que nos ocupa no es la necesaria excepción sino una molesta tónica. Por supuesto, no quiere decirse con ello que La lista negra sea necesariamente una mala antología, pues hay elementos muy salvables en ella, sino tan sólo que hay en sus páginas demasiados factores prescindibles para lo que sería normal en un libro de estas características.

Pero hay más cosas extrañas: es dudoso que alguno de los relatos que aparecen en La lista negra puedan ser calificados como literatura negra, criminal, o similar. A lo mejor, y sin ánimo de ofender, dado su carácter experimental es dudoso que puedan ser considerados propiamente como literatura en la medida que toman el aspecto de bocetos. Textos raros, extravagantes, sin pies ni cabeza, escritos con ánimo de epatar al lector, que bordean el surrealismo más ramplón y tratan de jugar a la posmodernidad. Esto no sería malo en sí mismo si no se nos trataran de vender como relatos en clave negra, cosa que ni son, ni están a mil años luz de ser.

Debemos suponer que este es uno de los daños que viene provocando en el género el encumbramiento de determinadas tendencias por parte de los críticos, la permanente búsqueda del grial en la que parecen embarcadas las editoriales, y el reiterativo interés de los jurados de los certámenes literarios por premiar lo dudoso. Entiéndase bien: no están mal pretensiones como la originalidad y la creatividad, y deben ser valoradas en su justa medida, pero no se puede vivir anclado de la torpe idea de que ser creativo y original es necesariamente equivalente a la charlatanería. Tampoco puede culparse a los autores de esta enfermedad y, de nuevo, se echa de menos un trabajo más concienzudo por parte de los antólogos que, creemos, se amparan con cierta frivolidad en la idea de que se trata de una antología “amistosa”, precepto que no ha de confundirse con el “todo vale”.

Terminaremos con un apunte terminológico al prólogo que nos introduce en la antología: es evidente que vivimos días de palabrajos largos, compuestos, con muchos guiones de por medio que tratan de reinventar lo que no hacen más que complicar, pero nunca hemos sabido qué cosa sea la “literatura negrocriminal”. Si ya nos desenvolvemos en un submundo literario en el que ha costado tremendos esfuerzos establecer terminologías unívocas y etiquetas identificativas homogéneas –algo que podrá parecer tonto, pero que resulta imprescindible si se quiere obtener respetabilidad–, lo que menos se necesita es reinvención, cambalache y confusión.

En definitiva, y como suele suceder en estos casos, no puede decirse que La lista negra sea una mala antología, pero sí rara e irregular. Jalonada de buenos momentos, que merecen la pena para el lector, pero demasiado adicta al altibajo. Lo dicho, una extraña antología. No es bueno –ni deseable– hablar de porcentajes en el ámbito literario, pero bien podríamos hacer la excepción para establecer un corolario: aprovechable en un cincuenta por ciento.

Salto de Página, 2009
Compra en Estudio en Escarlata
Francis P. Fernández
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