¿Alias? Yo mismo

Cuando les preguntan, ¿por qué publica usted novela negra con un alias o seudónimo?, muchos responden: todo el mundo sabe que soy yo

Sí. A la pregunta "¿Por qué publica usted novela negra con un alias o seudónimo?", el autor, ciertos autores contemporáneos -con la ayuda, en condición de cómplices más que culposos, de sus representantes y sus editores- responden con una falta de pudor -es decir, con una jeta que se la pisan; como sólo saben pisar, según la canción, con garbo las morenas que pisan; vale decir, los novelistas negros que se la pisan o, perdon, que se la cogen con papel de fumar; eso sí, con garbo-, el autor, ciertos autores contemporáneos, decíamos, escribíamos, de novela negra, a la pregunta de por qué publican con un alias o seudónimo sus novelas negras "u polisíacas", que soltaría un personaje de Arniches, responden, suelen responder en la práctica, con una evidencia que se quiere exculpatoria: "Todo el mundo sabe que soy yo".
Noveloncios / Migajitas
Benjamin Black es John Banville, se destaca en los libros del irlandés, y en los policíacos de José María Guelbenzu una entradilla biográfica se encarga de informar al lector de que el tal José María -no confundir, por favor, con el famoso bandolero "El Tempranillo"; la cosa literaria es de un José María finolis-, una entradilla, sí, puede que hasta autobiográfica, "uséase", volvamos a Arniches, redactada por el propio autor, reza en las alturas -qué coño pintará aquí don Pedro Altares; como no sea que los dos, Pedro y José María, compartieron trabajos en "Cuadernos para el diálogo" no me lo explico-, la entradilla, biográfica o autobiográfica, vamos a ello, dice así, con rezos o sin rezos: "bajo la firma de J. M. Guelbenzu ha trasladado parte de su mundo literario al género policíaco".

Puede que disfruten con el jueguecito, 
pero, ¿a quién creen que engañan?

Adviértase el matiz: "parte de su mundo literario". La totalidad del tal mundo literario se supone que debe encontrarse, faltaría más, en las novelas del autor que no son policíacas.
Aquí, en lo policíaco, migajitas para Carpantas; en los noveloncios serios, platicos o platazos, según el número de páginas para los buenos gourmets, esos con estómagos todavía no estragados por la impostura.
¿A quién engañan? ¿A quién creen engañar? Ellos, los autores, y sus cómplices, son como esos niños que, cerrando los ojos, se dicen: "Ya no estoy aquí". Y, los muy mamoncetes, van y se lo creen. ¡Qué criaturas más inocentes!
Se lo creen, y quieren que los demás nos lo creamos también. ¿Disfrutarán, no ya los niños de los ojos cerrados, sino los Benjamin Blacks y los J. Emes de turno, de su exhibicionista clandestinidad al publicar con un seudónimo con forma de luminoso, que ni siquiera hay que molestarse en descifrar?
Sí, ¿disfrutarán al echarnos a la boca -a nuestra boca de aficionados al género policíaco- el pienso de sus obritas más o menos negroides, mientras, al mismo tiempo, piensas en sus obrazas maestras por venir, ésas en las que Benjamin Black será John Banville, y J. M. Guelbenzu volverá a su condición de José María?
Puede que sí, que sí disfruten con el jueguecito. Sin embargo, a uno, lector, el disfrute que le queda -si es que de un disfrute se trata, y no el de una venganza, ¡ay, qué pena!, inofensiva- es el de pensar que los tales autores se comportan como esas señoras y señoritas, llamadas putas, que a lo largo de los tiempos se han exhibido y ejercido su profesión, con un nombre de guerra, sabiendo como sabían todos los clientes del lupanar -en nuestro caso, literario- que la rubia Banville se llamaba -qué chochona paradoja- Black, y que J. M. sólo eran las iniciales del slogan con el que intentaba atraer a sus pardillos clientes, los lectores policíacos, esos masoquistas: "Jódete Mucho".

X. Gómez Marinero (Marzo 2009)


-A propósito de El otro nombre de Laura, de Benjamin Black (Alfaguara, 2008), y La muerte viene de lejos, de J. M. Guelbenzu (edición de bolsillo, Punto de lectura, 2009)-
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