A timba abierta. Óscar Urra

En Tirso de Molina...

Buscavidas que se conforman con un paquete de Ducados, poder leer un libro de poemas, y tener pasta suficiente para apuntarse a la próxima timba

A menudo se ha comentado que el origen de la novela negra anglosajona se remonta a la novela de caballerías. Por eso  encontramos detectives con nombre aristocrático, como Philip Marlowe. Esos detectives creen en la Justicia con mayúsculas, y poseen una entereza moral que les condena a la soledad, y les hace ser únicos y míticos.
Sin embargo, si tuviésemos que buscar un origen de la tradición de la novela negra española, sería la picaresca lo que tendríamos más a mano. Porque en nuestras novelas abundan los buscavidas que sólo aspiran a seguir paseando por su barrio, salir del paso haciendo chapucillas, para escuchar boleros con el transistor, como el Toni Romano de Juan Madrid.
Otros se conforman con tener un paquete de Ducados en el bolsillo, poder leer un libro de poemas, y encontrar en sus bolsillos la suficiente pasta como para apuntarse a la próxima timba, para jugar a tumba abierta. Es el caso del detective Julio Cabria, creado por el novelista debutante Óscar Urra, al que podemos seguir la pista en Impar y rojo.
Al igual que en las novelas de David Torres o Antonio Jiménez Barca, en A timba abierta (2008) se acusa el paso del tiempo. Sus personajes, desde Cabria hasta el policía Goyo Meléndez, pasando por César, el camarero, viven en un Madrid que el tiempo está volviendo irreconocible. La plaza de Tirso de Molina ya no es lo que era, y por más que el Ayuntamiento se esfuerze en embellecerla, no consigue erradicar a los que siempre la han poblado: indigentes, putas y yonquis. Los cines de sesión continua han desaparecido, y sólo nos quedan salas de versión original, donde el público asiste con un fervor religioso, perdida ya la diversión inocente de antaño, del cine de pipas y bocata.
Siguiendo los pasos de autores ya clásicos, como Carlos Pérez Merinero, Jorge Martínez Reverte, o, sobre todo, Juan Madrid, Urra plantea una trama policial que sólo podría transcurrir en Tirso de Molina, que carecería de sentido si la trasladamos a otro barrio, a otra ciudad. Para otorgarle este sello único, inequívoco, combina el sentimentalismo y el culto a la acción de Raymond Chandler con el tono achulado y madrileño de un Edgar Neville, sin olvidarnos del humor negro de un, pongamos por caso, Fernán Gómez.
Urra nos cuenta su historia con desparpajo. Y puede que esa historia no sea excesivamente original –un detective recibe un encargo que sería mejor desatender, pero no podrá dar marcha atrás, y serán tantos los interesados en resolver el misterio, que acabará colaborando con personas que, por decirlo con finura, no son de su total agrado–. Pero el autor disfruta fabulando, y nos contagia ese disfrute, a la vez que despliega una sorprendente riqueza estilística, donde abundan los dobles sentidos, las metáforas más inesperadas, incluso las imágenes surreales. De muestra un botón: “Cabria encendió un ducados y expulsó el humo intentando formar en el aire un enorme signo de interrogación”.
Conforme el detective Julio Cabria y sus compañeros van pelando capas de la cebolla, descubrirán, quizás a su pesar, que lo que parecía un simple asunto de venganzas, se convierte en una trama de dimensiones mundiales. Quizás a Cabria todo esto le venga grande, porque lo suyo es el juego, jugar a timba abierta. Y pasar las tardes en el bar, para que César le recomiende alguna película de estreno. Y, por encima de todo, seguir moviéndose por su barrio, Tirso de Molina, que conoce como la palma de la mano.

Salto de página, 2008
Compra en Estudio en Escarlata

David G. Panadero
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