Ramata. Abasse Ndione

La fuerza del destino escapa a nuestro control, y no podemos hacer nada por poner freno a los acontecimientos. Ramata recoge la riqueza de la tradición oral, y gracias a unos diálogos frescos y vivos, nos acerca a la cultura de Senegal


   

Antes de leer este libro, supe que Abasse Ndione era un escritor muy popular en su país, Senegal. Desconocía y desconozco qué cosas atraen a los senegaleses, y tampoco sé nada de ese país. Despues de leer Ramata no puedo decir que haya enmendado esas ignorancias. Sospecho que si uno quiere encontrar Senegal, en este libro lo encontrará sólo en algunos personajes secundarios: el portero Ngor Ndong, situado oportunamente en las paginas iniciales; el gigantesco Jackson; el aterrador Ndiaye Diop Seck, que mereceria un libro solo para el… Pero, pese a todo, no puedo dejar de recomendar el libro.

Ramata guarda un secreto: 
nunca le ha satisfecho ningún hombre

Ramata, la heroina, es la mujer de Matar Samb, fiscal general del Estado, que llega a ser ministro de Justicia. La novela abarca varias decadas, llegando desde los años 60 hasta la actualidad. A primera vista, son una pareja ejemplar. Viven rodeados de exito, dinero y prestigio.
Pero Ramata tiene un secreto, que ha guardado toda su vida: nunca le ha satisfecho ningun hombre. Resulta hermosa y atractiva, tanto a los veinte como a los cincuenta, pero también es voluble y caprichosa, y además tiene mal humor. Son estas características las que ponen en movimiento la trama, pero lo que la hace desarrollarse es dicha insatisfacción. Es capaz de acostarse con quien sea, en busca del clímax que nunca alcanza. Pero, por fin, aparece alguien. Y en ella se desata el deseo más terrible…
Su sufrimiento es de índole sexual. En eso contrasta con Emma Bovary, con la que se la ha comparado. El personaje de Flaubert vive en un ansia constante de realización, llegando a comportamientos que muchos juzgarían triviales. El cambio en ella es progresivo, hasta que se llega a su terrible y grotesco final. Ramata es una balsa de aceite en comparación, aunque cambiará cuando descubra al hombre adecuado, en uno de los mejores momentos del libro. Es entonces cuando algo se desata en ella. Su cambio es más brusco y no se termina de explicar.
Si no quedan claras las razones de ese cambio, es porque en Ramata, la fuerza del destino, como algo que escapa a nuestro control, resulta más acusada, como corresponde a un relato de este tipo, popular, transmitido de forma oral. En la obra de Flaubert, los elementos introspectivos y el romanticismo estaban presentes. Y aunque resultaran inevitables, estaban sometidos a cierto control, matizados por los escrúpulos de orfebre de su autor. En Ramata, los desastres ocurren porque sí, y no podemos hacer nada por ponerles freno.
Es destacable la espontaneidad de los dialogos. Habiendo leído una traduccion, vemos que conserva el color local y la frescura de expresión, que es lo que primero tiende a perderse cuando se media una historia de cualquier manera.
La cualidad visual es otro importante atractivo. Visual en el plano y en el movimiento, que no en el detalle, como si contempláramos deleitados un bodegon literario decimononico.
Un defecto: y que quede constancia de que lo llamo defecto a regañadientes. Cuando se es crítico, imagino que la pejiguería y el dogmatismo son moneda común. El autor, o en todo caso el narrador, llega a mencionar a personajes de la vida política de su país, e introduce elementos de crítica social. Estos comentarios, estos párrafos y a veces estas páginas enteras, aparecen con frecuencia, y se perciben como una molesta añadidura, aunque por suerte no desbaratan la novela.
Si es cierto que una historia traducida, que no conocemos por nosotros mismos, sino porque alguien nos la hace llegar, puede perder parte de su esencia, entonces, querido lector, te recordaría que el comentarista, por penitente que sea, es un mediador como otro cualquiera. Abandone -¡inmediatamente!- este texto y hagase con Ramata. Léalo por sí mismo. Y tenga muy felices paginas.

Roca, 2009
Compra en Estudio en Escarlata
Miguel A. Monjas
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