Maleficios. Boileau-Narcejac


Supieron mantener la ambigüedad entre lo real y lo imaginario, cultivando argumentos criminales que evocan un ambiente esotérico, aunando el misterio con la trama policial


Como si una fuerza invisible lo guiara


Tampoco en la literatura existen las casualidades. Fueron los franceses los que bautizaron a la novela gótica inglesa como roman noir. Pasado más de un siglo, en 1945, Marcel Duhamel creó la Série Noire de la editorial Gallimard, que se convertiría en la colección de novela negra más prestigiosa del mundo. Poniendo tal nombre a su colección, Duhamel acabó asociando de manera definitiva el género que antes se conocía como policíaco con el color de la mala suerte. Y lo que es más importante: quizás sin darse cuenta, señaló la hermandad entre dos géneros que, si bien pueden parecer opuestos, a menudo se conjugan para ofrecer resultados que, cuando menos, son de miedo.
La pareja de escritores Pierre Boileau y Thomas Narcejac así lo entendieron. Desde que se conocieron en 1948, formaron una pareja de hecho literaria que cultivó grandes éxitos, y escribirían más de treinta y cinco novelas policíacas, hasta que falleció uno de los dos, Narcejac, en 1998. A lo largo de su carrera, supieron mantener la ambigüedad entre lo real y lo imaginario, cultivando argumentos criminales que evocan un ambiente esotérico, aunando el misterio con la trama policial.
Desgraciadamente, en nuestros días, el mercado editorial ha olvidado a estos autores, y apenas podemos encontrar ejemplares de sus novelas más celebradas, como Celle qui n´était plus (La que no existía) y Sueurs froids (Sudores fríos). La primera serviría de base a un clásico del cine francés, Las diabólicas, que llegó a contar con un remake norteamericano. La segunda daría lugar a Vértigo (1958), de Hitchcock.
Esta vez comentaremos otro título que va muy en la línea de los ya citados, que, dicho sea de paso, hemos conseguido rescatar después de arduas búsquedas en librerías de viejo. En efecto, Maleficios (1961) es una obra menor de estos dos artesanos.
Destaca el clasicismo con que está escrita. El grueso de la novela consiste en una interminable carta que dirige el protagonista, el veterinario François Rauchelle, a su abogado. El tono de la carta es abiertamente sentimental, y en ella se describe a la perfección el ambiente bucólico de los pueblos franceses. Pero ese sentimentalismo será cada vez más mórbido. El estado de ánimo de los personajes y el paisaje acaben siendo uno reflejo del otro. El torrente de pasiones convertirá los elementos de la naturaleza en una amenaza, y las aguas del mar acabarán revelándose, exigiendo su tributo.
Desde la primera línea sabemos que algo terrible ha sucedido, pues con tono fatalista, el veterinario cuenta al abogado lo que sucedió. Un buen día conoció a Madame Heller, una bohemia procedente de África, pues tenía que cuidar a su guepardo. Él vivía un matrimonio feliz, pero que amenazaba con estancarse en la rutina, y no pudo evitar sentirse fascinado por esa extraña mujer. Se sentía atraído por ella como si una fuerza invisible lo guiara, como si hubiera caído presa de un maleficio.
La economía de recursos de la novela –pocas localizaciones, una nómina reducida de personajes– nos hace pensar en muchas películas de la época, y resulta referencia obligada La mujer pantera (1942), de Jacques Tourneur, porque también en Maleficios se plantea la citada ambigüedad y confusión entre lo cotidiano y lo sobrenatural. Los escritores nos acercan a la pregunta definitiva: ¿todo está ocurriendo en realidad, o sólo se encuentra en la mente obsesiva del personaje?
Al igual que sucedía en los primerizos autores de novela gótica, cada detalle de la novela encontrará una explicación racionalista. A Boileau y Narcejac les interesa más estudiar la psicología de los personajes que adentrarse en lo paranormal.
A fin de cuentas, Maleficios nos conduce a una parábola moral que tiene mucho de tradicionalista. Con todo, a lo largo del misterio, los autores plantean una acertada reflexión sobre el matrimonio, analizando la obsesión y la culpabilidad del marido infiel.
Son muchas las virtudes de esta pequeña novela: brevedad, intensidad… De veras, se lee de un tirón, gracias al oficio que derrocha la pareja de autores. Sirva este comentario de guiño a los editores, para que apuesten sobre seguro con este título. Valdría la pena.

David G. Panadero